LA PRIMA ESA
 
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            La prima de riesgo me tiene preocupadísima. Hace una semana que mi primer pensamiento al despertarme no es “¿qué-me-pongo-si-no-tengo-nada-en-el-armario-por-lo-que-necesito-ir-urgentemente-de-compras?”, sino ¿alcanzara-la-prima-los-cuatrocientos-puntos-y-se-irá-todo-al-garete?

            Esta mañana se lo he dicho a JC mientras desayunábamos:

            —¿Crees que pasaremos de los cuatrocientos puntos? —le pregunto al tiempo que echo una cucharada de azúcar al café.

            —Puede ser —me contesta somnoliento.

            —¡Eso sería terrible! —afirmo agobiada, casi sin respiración; aún no tengo claro qué papel juega en todo este apocalipsis financiero la puñetera prima, pero los periódicos hablan de ella como el síntoma inequívoco de que se acerca el fin de..., de …, de algo; es complicado el tema, ya sabes—. ¡Vamos directos hacia el precipicio!

            —¡Qué va! —exclama JC, abriendo un poco los ojos; no mucho, que aún tiene los párpados hinchados—. Yo creo que esta tarde es posible que incluso pueda comprarme un rifle. Si alcanzo los quinientos me lo pillo al menos para un mes.

            ¿Un rifle? ¿Pero para qué quiere este chico un rifle? Lo miro por encima de la taza y le veo un brillo extraño en la mirada, de repente asombrosamente clara y vivaz.

            Un momento…,

            ¡Ay, madre! ¿No estará pensando en tener su propio día de furia?

            —¡No puedes hacer eso, JC! —grito asustada—. ¿Qué sería de mí?

            ¡Qué tragedia! ¡Ya me veo yendo los fines de semana a la cárcel a llevarle algo de comer! Tendría que hacerle lentejas, y cocido, con lo poco que me gusta cocinar… ¿Y lo de la lija en medio de la barra de pan se sigue haciendo?

            ¡No, no, no, esto hay que pararlo!

            —¡Estás loco! ¿A quién vas a disparar? —pregunto entre temblores.

            —A cualquiera —responde como quien no quiere la cosa—. Eso es lo de menos.

            ¡Este chico ha perdido la cabeza! ¡Y yo estoy a punto de hacer lo mismo!

            —¡Voy a llamar a tu madre, a ver si ella puede arreglar esto! —¿ves lo que te digo? —.Tú no te preocupes por nada —entre lágrimas trato de marcar el número de mi suegra en el móvil—. Si tenemos que internarte una temporada…

            JC se acerca y me coge del brazo.

            —¡Lili, pero de qué hablas? ¿Para qué vas a llamar a mi madre a las siete de la mañana?

            —¡Para que no cometas una locura! —le digo entre sollozos—. Yo también estoy preocupada, pero ése no es el camino, JC. ¿Cómo vas a disparar a la gente? —JC me mira con los ojos, ahora sí, muy muy abiertos—. ¡Ni siquiera a Zapatero! —y añado, fuera de mí—. ¡Es muy tarde! ¿No ves que él ya no pinta nada?

            —Vale, Lili —dice JC, mientras me coge de la mano y me da golpecitos cariñosos en la espalda—. Respira hondo y cálmate —le hago caso: estoy a punto de sufrir un colapso—. Yo estaba hablando del Battlefield Heroes. ¿De qué estabas hablando tú?

            ¿Cómo?

            ¿¿¿Será posible???

            Me enjuago las lágrimas y me aparto un poco de él, con una dignidad ofendida estilo actriz de los años cincuenta.

            —De la prima de riesgo —contesto altiva. ¿Yo agobiada por la economía nacional y él por un juego de ordenador?

            JC mueve la cabeza preocupado.

            —Estás obsesionada, Lili —afirma, inquieto—. Deberías dejar de leer periódicos unos días.

            —¡No estoy obsesionada! —lo único es que me tomo las cosas muy en serio; me involucro de verdad. Soy una persona apasionada, pero de ahí a decir que estoy obsesionada…

            Comprenderás que la despedida antes de irnos al trabajo ha sido un poco tensa: hace unas semanas se pitorreaba de mí a causa de mi interés por el divorcio de Nacho Polo y Víctor Sandoval (que, por cierto, tengo muy abandonado; igual hasta se han reconciliado y no me he enterado) y ahora considera excesivo mi interés por los asuntos serios…

            —A ver si nos aclaramos y somos un poquito coherentes—le he dicho mentalmente.

            —Eso digo yo —me ha contestado con enojo.

            Vaya, parece que de mentalmente nada…

            Ahora estoy en Zara con mi hermana Sofía.

            —¿Cómo vas a llevarte tres faldas, dos camisas, cinco camisetas y un pantalón? —le pregunto, mirando la montaña de ropa que lleva apilada—. ¿No sabes que la prima de riesgo ha llegado hoy a los 423 puntos básicos?

            —Y a mí qué —responde Sofi, con la feliz ignorancia de una lectora exclusiva de prensa del corazón—. Lili, estás muy rara. ¡Que son las rebajas!

            Lo sé…, las rebajas…, y yo sin poder comprarme nada por culpa de la prima esa de… No soy de decir tacos, pocas veces me oirás uno, pero hoy estoy a punto de soltarlos todos de carrerilla.

            ¿Ves esa chaqueta de allí?

            ¿Cómo dices? Ah…, es verdad, cómo vas a verla… No importa; es preciosa, en un color maquillaje ideal y con manga francesa. Es obvio que la necesito: tú y yo lo sabemos, Sofi lo sabe, la dependienta lo sabe, ¡el mundo entero lo sabe!, pero la prima de riesgo no.

            —Mira que mañana igual llego a los quinientos puntos… —me ha susurrado muy bajito al oído—. Y estoy pensando en llegar en menos de un mes a los seiscientos… Tú verás…

            Y así no hay quien compre, aunque sea en las rebajas.

            —Es horrible, Sofi —le confío a mi hermana—. No dejo de pensar que nos vamos a hundir y que vamos a perder nuestros ahorros y la casa y nos tendremos que ir a la calle y…

            —Lili, cariño, leer esas cosas que lees ahora no te está haciendo ningún bien —responde Sofi—. Te estás obsesionando —y añade:— Que tú eres muy exagerada para todo.

            ¡Y dale con la obsesión!

            —¡Que no! ¡En serio que va todo fatal! Tenías que haber visto la portada de El Mundo y de La Razón. Ponen los pelos de punta…

            —Pues cómprate una temporada El País, que es más optimista —y me pone la chaqueta color maquillaje en el brazo, además de una falda preciosa de encaje beige y unas sandalias marrones increíbles—. En realidad, si te llevas todo esto estás haciendo mucho por nuestra economía; es casi como comprar acciones.

            Eso es verdad...

            —¿Crees que cuanto más compremos más subirá el Ibex 35? —le pregunto esperanzada. De pronto diviso un rayo de luz en medio de tanto desánimo.

            Sofía cavila unos instantes.

            —Seguro —responde con una sonrisa en los labios.

            El corazón se me libera ligeramente.

            —Puede que me haya obsesionado un poco —murmuro para mí.

            —Un poquito, sí —confirma mi hermana—. Pero no hay nada que una buena sesión de compras no pueda curar.

            Mmmm…, me siento tan culpable por la discusión con JC…

            Le llevaré una camiseta para compensarle…, y tal vez un polo.

            Y me declaro O.P.C.P.S. (Obsesionada Por Culpa de los Periódicos Serios).

            Espero que tenga cura…

 

 
08-VIII-11