EL RETORNO
 
7
 

 

            ¡Estamos de vacaciones!

            Sólo una semana, eso sí; ten en cuenta que ni JC ni yo somos ministros, presidentes del gobierno, o líderes de la oposición. Vamos, que no tenemos ninguna responsabilidad que justifique que en esta época de crisis podamos disfrutar de más de siete días de descanso…

            Envidia (de la mala, no te voy a engañar) me da mi vecina del apartamento de al lado, ministra de…, mejor no te lo digo (no vayas a ser uno de los afectados por la crisis del pepino y te dé por hacerle una visitilla y luego me echen a mí la culpa; cosas más raras se han visto), que llegó el día uno de agosto y está tan feliz y relajada.

            —¡Pero si tiene hasta escolta! —le dije a JC el primer día que llegamos y tuve conocimiento de tan ilustre compañía.

            —Hombre, Lili, eso es normal, que estamos en Cabo de Gata —contestó JC, todo lógica—. Por esta zona pocos amigos va a encontrar.

            —¡Parece pitorreo que se venga aquí a veranear! —exclamé enfadada—. ¡Con lo grande que es España, tiene narices! —añadí—. ¡Se merece un pepinazo!

            —¡Lili, me has prometido que te vas a relajar! —JC me miró con severidad—. Tómatelo como una cura de desintoxicación.

            Lleva razón…

            —Nada de política, ni de periódicos, ni de telediarios —continuó—. Sólo sol, revistas de cotilleos y tintos de verano.

            —Mmmm…, vale.

            Aunque mejor cambio los tintos por copitas de chardonnay.

            Hoy es el último día y soy una persona completamente nueva. He pasado estos días sumergida en el feliz soporcillo que dan los cuarenta grados a la sombra acompañados de un vino blanco cabezón tras otro, con tapa de migas entre medias.

            —Creo que me voy a quedar aquí para siempre —le digo a JC somnolienta.

            —Mmmm —responde mi novio, que se ha fundido con el escay del sofá. Difícil saber dónde termina uno y empieza el otro.

            —No puedo pensar en volver a Madrid, con toda esa gente y tanto estrés —insisto.

            —Ya… —juraría que me está contestando entre sueños.

            —Quizás podríamos comprarnos una barca y hacernos pescadores, y vender el pescado a pie de playa…

            Me contesta un ronquidillo.

            —Aunque me veo más en un chiringuito, sirviendo caipiriñas y mojitos y tapas de cocina creativa…

            ¡Qué maravilla vivir aquí, sin agobios ni atascos ni metro ni nada de nada!

            Claro que… no hay ningún Zara, ni Mango, ni tan siquiera H&M. La única tienda en todo el pueblo es una droguería-perfumería-y todo lo que se te ocurra que se llama “Cualquier cosa a veinte duros”.

            Y la nueva colección otoño/invierno ya debe estar a punto de llegar…

            ¡Madre mía, cuanto echo de menos El Corte Inglés!

            —Bueno —le digo a JC—. Si quieres, podemos volver a Madrid.

           En esta ocasión el ronquido es más profundo. Lo tomo como un sí.             Veinticuatro horas después ya estamos en casa; todo parece igual que antes de marcharnos, y sin embargo siento que algo ha cambiado. Quizás sea mi forma de ver la vida: la calma del pueblecito de Almería se ha apoderado de mí.

            —Hoy comienzo las clases de yoga —le digo a JC mientras desayunamos.

            —Me parece genial —responde sin dejar de comer galletas de chocolate—. Seguro que te ayuda a relajarte.

            —Sí, bueno; no es que yo necesite relajarme…

            —No, claro —confirma sin dudar.

            —Pero mejor prevenir.

            Con mi nueva y equilibrada personalidad, al mediodía decido echarle un vistazo a los periódicos. Nada de leer mucho y alterarme, no. Únicamente una hojeada ligera y…

            ¡Pero esto no puede ser! ¿Qué ha pasado aquí?

           ¡Está todo manga por hombro, mil veces peor que cuando me fui! ¡Ay madre, que vamos directos a la quiebra! ¡Si hasta el BCE ha comprado bonos de España e Italia!

            ¿Eso es bueno o malo?

            ¡No lo sé!

            Vale, calma. Trato de inspirar y expirar despacito para dominar la carrera desbocada que ha emprendido mi corazón…

            Pienso en Cabo de Gata, y en las olas rompiendo en la orilla, y en los mojitos…

            ¡Y en la ministra que sigue de vacaciones en el apartamento de al lado! Con su escolta, su guardia civil a la puerta de casa… ¡y tantos y tantos pepinos que pude tirarle y no lo hice!

            No…, mejor olvido todo eso y vuelvo a la oficina.

           Hace tanto calor que decido coger el autobús. Son sólo cuatro o cinco paradas pero mi tensión arterial, después del subidón que ha experimentado con los periódicos, ahora está en caída libre. Me arrastro hasta la marquesina y espero.

            Y espero mucho.

            Pero que mucho, mucho.

            Al fin a lo lejos veo acercarse el autobús. Preparo mi euro para el billete y casi deliro imaginando el aire acondicionado del interior.

            —El billete es un euro y medio, señora.

            Oh…, que fresquito…, ya me encuentro mejor…

            —Perdone, señora, pero el billete cuesta un euro y medio —insiste la voz.

            Abro los ojos y veo al señor autobusero esperando. Decido que me cae realmente mal: tratar de timarme no es de buena gente, aunque he de reconocer que estoy tan morena y tan mona que parezco una guiri. Pero aun así…

            —Soy de aquí —le digo bajito.

            —Y a mí qué —responde, cerrando la puerta y arrancando a traición; me tengo que agarrar de la barra para no caerme—. El billete ha subido a un euro y medio.

            —¡Venga ya! —contesto indignada—. ¡Si cuando me fui valía un euro! —y añado, no vaya a pensarse que he estado fuera medio siglo—. ¡La semana pasada!

            —Pues ahora es un euro y medio.

            ¡Increíble!

            Rebusco en mi monedero y le doy un billete de veinte euros.

            —No —dice, negando con la cabeza.— No tengo cambio.

            ¿Qué?

            —¿Cómo que no tiene cambio? —pregunto sorprendida.

            Eleva los hombros en un gesto de indiferencia.

            —¡Esto es demasiado! —grito fuera de mí—. ¿Cómo que no tiene cambio? ¿Y qué puñetas quiere que haga yo? ¡Que tengo mi euro preparado, pero claro, si suben el precio así, en pleno agosto y…

            El autobús se para.

            —Señora, si no tiene un euro y medio o un billete más pequeño se tiene que bajar.

            —¿Está usted loco? ¡Y una porra me voy a bajar! —¡es que me va a dar algo!—. Tendrá que…

            —¡Abajo! —chilla el muy…

            Sin darme cuenta, estoy de nuevo en la calle, a pleno sol y desquiciada.

            ¿Qué ha sido de mi nuevo yo? ¿Por qué me ha abandonado tan pronto?

            Al final sí que voy a necesitar relajarme… y eso que sólo llevo unas horas de vuelta a la realidad.

            No quiero imaginar qué será de mí allá por noviembre.           

       

 
27-VIII-11