PRESIDENTES Y PRESIDENTAS
 
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            No te lo vas a creer pero… ¡Soy presidenta! ¡Estoy realmente emocionada! Voy a implicarme muchísimo y a darle un rumbo nuevo a esta comunidad, más moderno, más…

            ¿Cómo dices?

            ¡¡¡Ja, ja, ja!!!, ¿del gobierno? ¿Pero en qué mundo vives?

            Venga, hombre, ¿cómo yo, con dos carreras y dos idiomas, voy a ser presidenta del gobierno? Para eso me sobran dos carreras y un idioma (requisitos indispensables, obviamente, para cualquier administrativo-dependiente-camarero que se precie).

            No, no, sólo soy presidenta de mi comunidad de propietarios.

            Entre nosotros, mérito, lo que se dice mérito, no tiene (nada de campaña electoral, mítines, banderitas y folletos), porque fui la única que se presentó voluntaria. JC aún no quiere hablar del tema; está impresionadísimo con esta nueva faceta mía. Y…, puede que un poco disgustado: no termina de entender por qué me meto en estos líos.

            —¡Son las circunstancias! —me justifiqué—. ¡Y el destino! —esto se lo dije sin pensar. No creo que mi destino sea ser presidenta de una comunidad; espero mucho más de él—. ¡Y tú, que me dejaste sola!

            —¡Pero Lili, si tú tampoco ibas a ir!

            Eso es cierto…

            Pero estaba aburrida, JC iba a llegar tarde esa noche y entre unas cosas y otras… fui.

            Al llegar al Remarf (el bar de enfrente dónde se celebran las juntas) una señora rubia con un moño descomunal que me sonaba levemente agitó los brazos:

            ­—¡Lili, guapa! —gritó en mi dirección—. ¡Ven, siéntate aquí! —y señaló una silla a su lado.

            Sumisa, le hice caso.

            —¿Aún nada de boda, cielo? —me preguntó—. No te preocupes, que yo sigo llevando los huevos a Santa Clara.

            ¡Ay, madre…! Una luz se encendió en mi memoria e iluminó los millones de huevos que esta buena señora había llevado a la santa esa desde que el primer día que nos vimos me preguntó si estaba casada (sigo sin ver del todo la relación entre una cosa y otra).

            Con desesperación miré a mi alrededor pero ya era demasiado tarde: todas las sillas estaban ocupadas. ¡La función estaba a punto de comenzar!

            Diez minutos después me di cuenta de que no estaba ante una junta normal. No, qué va: ¡era una junta extraordinaria! JC, sin ser consciente de ello, había dado con la clave cuando sacó la convocatoria del buzón.

            —¿Otra Junta? Pero si la última parece que fue hace un mes, ¿y ya ha pasado un año?

            Nada de un año: había pasado justo un mes.

            —… y tenemos la cuenta en descubierto por un importe de cinco mil euros —estaba diciendo el administrador, un señor gris con un traje gris y el pelo gris a juego.

            —¿Pero cómo puede ser? —se escandalizó el chico gay que vive justo encima de nosotros—. Si cuando se aprobó el presupuesto había casi quince mil euros en la cuenta —lo observé con atención: le notaba algo raro pero…

            ¡Madre mía, se había afeitado una ceja!

            —Para ser exactos, dieciséis mil quinientos ochenta y cinco euros con treinta y tres céntimos —puntualizó el moño rubio a mi lado, leyendo una libretita gastada y repleta de anotaciones.

            —¿Y dónde está el dinero, pedazo de chorizo? —le espetó un señor con bigote al hombre gris.

            —Sin ofender, ¿eh? —contestó el hombre gris—. Que lo explique la presidenta.

            Todas las miradas se dirigieron hacia una mujer de unos cuarenta años, morena y llena de joyas.

            —Tranquilos, que está todo justificado —dijo—. He tenido que hacer unas obras extras en…

            —¿Y ésta quién es? —le pregunté a mi vecina.

            —Monikey Alonso, la de la escalera tres, segundo, centro —y añadió con aire de reproche—. Cómo nunca vienes a las juntas…

            —Es que tengo mucho lío… —me justifiqué.

            —… y también he cambiado la reja de la entrada, porque estaba muy suelta, y las farolas del jardín, que consumían una barbaridad, y los bancos de la zona de los columpios, que se estaban astillando, y…

            —¿Tenemos una zona de columpios? —le pregunté sorprendida de nuevo a la de los huevos.

            Movió la cabeza afirmativamente.

            —Se aprobó en la última junta.

            —¿Y bancos?

            —Pues sí —respondió con tono de maestra de escuela—. Y tengo que decirte que venir a las juntas es un ejercicio de responsabilidad, igual que leer las actas.

            —Ya, claro…

            —Que para algo se reparten…

            —Sí…

            —Y eso cuesta un dinero, y si luego la gente joven no puede dedicar un segundo a leerlas… —y añadió: — Así va el país.

            ¿Pero será posible?

            —¡Que sí! —exploté; que mujer tan pesada—. ¡Sí, sí y sí! ¡Las leeré!

            Todas las cabezas se giraron en mi dirección y Monikey me miró sorprendida.

            —De acuerdo —respondió—. Pero no es necesario gritar. Aquí las tienes: todas las facturas de las obras de este último mes. Sé que puede parecer una inversión arriesgada, pero con el tiempo se verán los frutos. Las infraestructuras han mejorado muchísimo y…

            Las cabezas volvieron a centrarse en Monikey y un montón de papeles llegó a mis manos.

            Iluminación y alumbrados Alonso y Cía: 9.000 euros.
            Jardín al día Alonso Blanco: 7.500 euros.
            Juguetilonso, S.A. : 8.500 euros.
           Levante la vista alucinando: ¿era una cámara oculta? Monikey seguía hablando a un público cada vez más entregado.

            —… una piscina en el tejado, con zona ajardinada y… —estaba diciendo, la muy flipada.

            —¿Pero de qué hablas? —prorrumpí,  escandalizada.

            Mónica se calló y me miró expectante.

            —¿9.000 euros en farolas?

            —Son ecológicas y a la larga supondrán un ahorro de…

            —¡Y un pimiento! —grité—. ¡Qué ahorro ni qué tontería! ¿Y estas empresas de quién son? —y añadí, echando la cabeza para adelante y empleando un tono de macarra de barrio que ya quisiera Coque Malla en sus buenos tiempos:— ¿Eh?

            Mi mente estaba llena de conspiraciones y amiguismos en las Diputaciones, en las Juntas, en las Comunidades y hasta en el Gobierno; tanto leer periódicos serios quizás me estaba nublando la razón, pero era todo tan, tan, tan sospechoso…

            Monikey obvió mi pregunta y continuó a lo suyo.

            —Es posible que nos dé para una piscina olímpica si quitamos las tomas de ventilación…

            —Monikey, disculpa, pero la señorita te ha hecho una pregunta —dijo el administrador, sonriendo y menos gris que cinco minutos atrás. Parecía estar cogiendo cierto colorcillo.

            ¡Ja! Era mi momento: todos me miraban, excepto Monikey, que se examinaba las uñas con interés.

            —Curiosa coincidencia —comencé, creando un ambiente misterioso a lo Perry Mason—: Iluminación y alumbrados Alonso y Cía, Jardín al día Alonso Blanco, Juguetilonso, S.A. —eché un vistazo a las facturas que aún no había leído—. Cerrajeros Alonso 24 horas; Pinturas Coloralonso, S.L.; Telefonía Alonso —levante la vista completamente asombrada—. ¿No tenéis imaginación en tu familia? ¿O es un exceso de ego?

            Los siguientes quince minutos fueron muy confusos: destitución de la presidenta por caradura y sinvergüenza, solicitud de voluntarios para ocupar su cargo, presentación de un único voluntario y…

            ¡Soy presidenta!

            Monikey abandonó la reunión con la cabeza muy alta y gritando:

            —¡Ya valorareis mi gestión! ¡En un mes he hecho por esta comunidad más que nadie en los seis años anteriores!

            Ahí lleva razón: ojalá no fuera cierto, pero lo es. Llevar a la ruina a la Comunidad de Propietarios en un mes marca un récord difícil de superar. Ni Zapatero ha sido tan rápido.

            Mi vecino de arriba, el chico con una sola ceja, se acercó:

            —¡Enhorabuena! —me felicitó, plantándome dos besos en las mejillas —. ¡Necesitamos gente valiente!

            —Gracias —contesté; no debería…, pero no me pude controlar—. ¿Qué te ha pasado en la ceja? —a lo mejor es una moda que no conozco.

            Se acercó y me dijo al oído:

            —Es una penitencia que me he impuesto —y añadió, aún más bajo—. Por votar a Zapatero.   

            Vaya…

            Lo miré con admiración.

            ¡Eso es responsabilidad política!

            Cuantas ZEJAS deberían aprender de él… 

                       

 
31-VIII-11