LILI Y EL RUBALCABAZO
 
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            Ha sido una mañana terrible la de hoy en la oficina. Todo ha ido mal desde el principio: la blusa blanca que me quería poner tenía un lamparón del tamaño de una manzana; no he encontrado los zapatos negros (después de pasarme veinte minutos buscándolos, he recordado que los llevé al zapatero; mi memoria flaquea más de lo normal los lunes por la mañana), ni los grises (imagino que están en el trastero) ni los beige (esto es más lógico, porque no tengo zapatos color beige, detalle del que me he dado cuenta al cabo de cinco minutos), de modo que he salido con los marrones, que no me pegaban con el vestido negro a topitos blancos que me había puesto, así que me he tenido que cambiar.

            Con tanto lío de ropa se me ha escapado el autobús de las ocho y cuarto, y el de las ocho y media ha llegado a menos cuarto, con lo que yo he entrado en la oficina a las nueve y veinte, con los nervios de punta y sudando como un pollo.

            —¡Lili, llegas tarde! —exclama Mai, mi compañera de laboral (yo soy la contable, que ahora no recuerdo si te lo he dicho) —. Edu está esperándonos en su despacho. ¡Vamos!

            —Espera que deje el bolso —y al soltarlo me fijo que con las prisas he cogido el negro. ¡Y llevo los zapatos marrones!

            Ahí, justo ahí, tendría que haberme dado cuenta de que el universo en general estaba tratando de decirme algo. Pero no lo he hecho y he seguido, inocente, a Mai hacia el despacho de nuestro jefe Edu.

            —Hoy hay que llamarle don Eduardo —me dice por lo bajito, y da dos golpes respetuosos en su puerta.

            —¡Adelante! —grita mi jefe, y Mai abre la puerta antes de que me dé tiempo a preguntarle por qué.

            Edu está sentado en su sillón lujosísimo de cuero del caro con aspecto agobiado.

            —¡Lili, espero que tengas explicación de por qué siempre llegas tarde! —y fija en mí unos ojos pequeños que las gafas hacen parecer aún más diminutos.

            —Sí, Edu, un atasco y… —me callo cuando Mai me da una patadita disimulada.

            —¡Don Eduardo! —y añade—: ¡Si el tipo ese del Skoda y el millón de euros dice que soy rico, a partir de ahora soy don Eduardo! ¡Soluciones, Lili!

            Estoy totalmente perdida; no conozco a nadie con un Skoda. Con un Seat Ibiza sí: el portero. Y con un Golf conozco a un par. A ver si no va a ser un Skoda…

            —¿Seguro que es un Skoda y no un Golf? —pregunto—. Porque no caigo…

            —Rubalcaba —murmura Mai a mi lado—. Habla del impuesto de patrimonio.

            Miro a Mai con los ojos como platos. ¿Pero ese impuesto no había desaparecido? Un momento…

            Sí, algo me suena…, el impuesto para los ricos…

            ¿Por qué no he leído este fin de semana los periódicos? ¿Por qué me he dejado embaucar por el nuevo número del Vogue?

            ¿¿¿Por qué???

            —Me pongo a ello inmediatamente —le digo a Ed…, don Eduardo, con toda la confianza de la que soy capaz.

            —Tengo un chalé en la sierra, y un piso en Madrid, y algo ahorrado, pero de ahí a decir que soy rico…, vamos, que llego a los 600.000 euros por los pelos, y eso si llego —se pasa las manos por la cara y vuelve a mirarme—. Y pago la pensión a mi ex, que eso también contará.

            —Sí, claro, seguro —y yo qué sé.

            —Piensa en algo, Lili: inversiones en el extranjero o algo así, pero mi patrimonio tiene que ser de quinientos mil euros, como mucho.

            Veo clara la solución: si me da a mí cien mil euros, asunto arreglado. Pero, no sé por qué, no me atrevo a planteársela…

            —Y tú, Mai, paraliza los contratos. Nada de aumentar plantilla; mejor despide al último chico que ha entrado en marketing —me clava los ojillos—. A ver si al final voy a ser rico y voy a tener que pagar —el tono amenazador que emplea me hace ponerme a temblar.

            ¿Qué culpa tengo yo?

            De vuelta a mi mesa enciendo el ordenador mientras ruego en silencio a Google para que me dé una solución rápida. Tecleo “cómo deshacerse de cien mil euros” y espero.

            Donaciones, mmmm…, no creo que sea la línea que quiere mi jefe que siga…; ong´s…, tampoco; ayuda humanitaria…

            Creo que el criterio de búsqueda está mal planteado. Voy a cambiarlo: “Cómo disimular cien mil euros”. Sí, así está mejor.

            “La diputación de Alicante destina 100.000 euros al programa Luces y Estrellas”…, no me sirve; ¿de dónde saco yo una diputación?

            “La Junta destinará más de 100.000 euros a investigar la esclorisis”. No sé qué será la esclorisis, ¿esclerosis, tal vez?

            Y no sé qué tiene que ver disimular cien mil euros con juntas y diputaciones.

            Voy a ser más clara, parece que hoy Google está un poco torpe: como estafar cien mil euros a Hacienda:

            “Las sanciones por estafa a Hacienda oscilan entre …”; “Dos detenidos por estafar cien mil euros a …”, “Los lapsus con hacienda tienen su precio…”

            ¡Ay, madre, que mal rollo!

            ¡Al final acabo en el cuartelillo, ya verás!

            Voy a ver la portada de El Mundo, a ver si me aclara algo.

            ¡Eh, que es un millón de euros el mínimo que al final va a estar exento, no seiscientos mil! Voy a verlo en El País, por si las moscas… Aquí no veo nada… Da igual, si El Mundo dice que va a ser a partir de un millón, será a partir de un millón.

            ¡Bien!

            Imprimo la portada y ligera me dirijo al despacho del jefe.

            —Don Eduardo —le digo, respetuosa, desde la puerta—. Tengo buenas noticias.

            El ayer-llamado-Edu levanta la cabeza del informe que está examinando y me mira expectante:

            —Mira —o mire, que ahora estoy hecha un lío. El viernes era “mira”, pero esta mañana ya no sé…

            —¿Qué es esto? —me pregunta, mirando la hoja que le he dado con desinterés.

            —El Mundo dice que finalmente el impuesto de patrimonio, si lo vuelven a instaurar, que no está claro, dejará exento un millón de euros, de modo que no hay problema.

            Me dan ganas de ponerme a gritar ¡Yupi! como una loca, pero me contengo.

            —Ya… —mi jefe guarda silencio unos segundos—. ¿Te he mencionado el yate de Formentera y la finca que tengo en Extremadura?

            ¿Qué? ¡Claro que no!

            —Confío en ti, Lili. Y cómo más vale prevenir, prefiero que dejes mi patrimonio en quinientos mil euros a efectos legales —vuelve a centrarse en el informe y me despide con un gesto de la mano.

            ¿Y cómo quiere que haga eso? ¡Que no soy maga!

            Le estoy cogiendo una manía al del Skoda… ¡Qué poquito piensa en los contables, pero qué poquito! 

 

 
12-IX-11