LAS DICHOSAS SUBVENCIONES
 
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            —¡Lili! —grita mi jefe, fuera de sí—. ¡La hemos perdido!

            Tiene el rostro completamente desencajado. Lo miro asustada.

            —¿De repente? —pregunto, en un intento de ganar tiempo. Estas noticias a primera hora del lunes me dejan atontada, sobre todo si no sé de quién habla.

            —Este último mes —contesta, tapándose la cara con las manos—. ¡Ha sido este mes! ¿Cómo no te has dado cuenta?

            De pronto el corazón se me para. ¡Mai! Miro alrededor y no la encuentro.

            —Pero si estaba bien —respondo, titubeando y con las lágrimas a punto de escapar.

            Mai y yo trabajamos juntas desde hace un año, cuando Eduardo nos encerró en un despacho de un metro cuadrado, ella inmersa en nóminas y seguros sociales y yo en números. Es una chica estupenda, listísima…, o era…

            —¿Cómo ha podido pasar? —no me lo creo—. ¡Si ayer estaba bien!

            —¡No! —chilla mi jefe—. ¡Ayer no estaba! ¡Ni bien ni mal! —y alza aún más la voz—. ¡No estaba de ninguna manera!

            ¡Madre mía! ¡Está afectadísimo!

            —¿Y cuándo es el funeral? —susurro con un hilillo de voz.

            —¿Qué funeral? —indaga la voz de un fantasma a mis espaldas. Me giro y ahí está Mai, vestida de rojo y con un café en la mano.

            ¡Y viva!

            —¡Lili! —la voz de Eduardo está a punto de romper las paredes—. ¡Vete al banco y averigua dónde puñetas está!

            Me siento en mi silla, rendida por la presión y la impresión. No tengo ni idea de a qué se refiere.

            —Eduardo, perdona pero no sé…

            —¡Qué te expliquen por qué no hemos recibido la subvención este mes! —y añade—: ¡Que te digan dónde está mi dinero!

            Vale, nada de muertos. En un segundo me adapto a la nueva situación.

            —¡¡¡Quiero mi dinero!!!     

            Me pongo en pie de un salto y cojo el bolso.

            —No te preocupes, que yo me ocupo —afirmo con confianza.

            —¡¡¡No vuelvas sin él!!!

            Dos minutos más tarde, en un ejemplo sin precedentes de viaje a la velocidad de la luz, estoy sentada en el despacho del subdirector del banco.

            —No, no, no —dice, dando golpecitos con el boli en el teclado y negando con la cabeza.

            —¿Cómo qué no?

            Me ignora y continúa mirando la pantalla con desgana.

            —No está —resuelve al cabo de veinte minutos.

            —Lo sé —y añado, para que queden las cosas claras—: Por eso he venido, porque no está.

            Mueve de nuevo la cabeza de derecha a izquierda.

            —Pues no está —y vuelve a mirar los datos. De pronto levanta la vista y fija dos ojillos aburridos en mí—. No está, no.

            —Que ya lo sé —respondo, e intento controlar a la bestia que comienza a despertarse—. Por eso estoy aquí —le digo muy despacio, insistiendo en cada palabra.

            —Aha, claro. Pero si no está, no está —me explica—. Y no está.

            —¿Y no puede buscarla? Porque en algún sitio estará.

            El subdirector hace un ruidillo de quita-quita-no-digas-tonterías y vuelve a mirar la pantalla.

            —Uff, lo malo es que si no está…

            —¡Me importa un pito que no esté! —la bestia está despierta—. ¡Quiero que la busquen, que miren en todos sitios y la encuentren! —la bestia se ha apoderado de mí—. ¡Esa subvención es nuestra, y la queremos!

            El tipo me mira sorprendido y mueve su silla un poco hacia atrás.

            —A veces, con estas cosas de las subvenciones es mejor no mirar mucho, no vaya a ser que encontremos algo que no se quiere encontrar —me dice, con voz calmada.

            —¿Qué insinúa?

            —Bueno, puede ser que Don Eduardo prefiera que no escarbemos mucho, que conozco un poco la situación y por lo que yo sé…

            ¡Es que no me lo creo!

            —¿Está diciendo que no tenemos derecho a esa subvención? ¡Esto es muy fuerte! —me levanto de la silla indignada—. ¡Pero que muy fuerte! ¡Puede mirar lo que quiera, pero le informo que voy a hablar con su jefe ahora mismo! ¡Y con el Banco de España! —clavo mis ojos en los suyo con toda la dureza de la que soy capaz y disparo mi última bala—: ¡¡¡Y con Standard & Poor’s y Moody’s!!! —sé que hay otra agencia de calificación de éstas, pero con los nervios no me acuerdo del nombre.

            El subdirector está inmóvil y pálido.

            —¡Les voy a mandar un burofax, dando cuenta del trato recibido y exigiendo que les bajen la nota! —salgo del despacho sofocada. De repente me acuerdo. Doy media vuelta y vuelvo. El subdirector se está secando el sudor de la frente con un pañuelo—: ¡Y con Fitch! —añado, triunfal.

            —Ya, ya, ya —murmura Eduardo, cuando le cuento lo sucedido.

            —¡Esa subvención aparece! —exclamo, satisfecha—. Aunque tengan que hablar con Gallardón. Mira que decirme que era mejor no mover mucho las cosas…

            —Sí…, bueno…, quizás fuese mejor dejarlo como está. Al fin y al cabo no es tanto dinero —apunta mi jefe como si tal cosa.

            Levanto la vista asombrada.

            —Sí, va a ser mejor. Vuelve al banco y dile al subdirector que efectiva-mente es mejor olvidarse del tema —se ajusta el nudo de la corbata—. ¡Venga, Lili, antes de que hagan nada!

            Estoy paralizada. Esto no puede ser verdad.

            —¡Lili! —grita mi jefe—. ¡Al banco! ¡¡¡Ya!!!

            Dos minutos después, en otro viaje a la velocidad de la luz, vuelvo a estar sentada en el despacho del subdirector, que me mira con superioridad.

            Va a tener que esperar un poco, porque ahora sólo soy capaz de decir una frase:

            —¡Necesito otro trabajoooooo!

 

 
27-IX-11