¡LA CLAVE PARA CONQUISTAR EL MUNDO!
 
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         —Hola, Lili, ¿qué haces? —me pregunta mi hermana Eli por teléfono.

         —Estoy tomando un vinillo con Javi y preparando el viaje a París —respondo—. ¿Cómo estás?

         —Pse, regular. Tengo muchas náuseas —pobre; está en su tercer mes de embarazo y no se le pasan.

         —En el Vogue leí algo sobre eso hace un par de números. ¿Has probado con infusiones de...

         —No, no me digas nada. Quitando la marihuana, he probado con infusiones de todo.

         —Cómo mucho te quedan seis meses —le digo optimista—. Eso no es nada.

         —Créeme, Lili, seis segundos con esta angustia ya son algo; seis minutos son difíciles, seis horas son una eternidad —y añade:— ¡Seis meses son un infierno!

         —Ay, Eli, no sé qué decirte. Si te puedo ayudar en algo…

         —Sí que puedes —contesta Eli, veloz como un rayo—. Tengo clase de catequesis en una hora y no puedo ir. Es en la Iglesia de Santa Teresa y hoy toca la Santísima Trinidad. Gracias, Lili, te debo una.

         —¿Qué? ¿Catequesis? ¿Yo? ¿Eli?... ¿Eli, estás ahí?... ¿Has colgado?... ¿¿¿Eli???

         Soy tonta. Definitiva y completamente tonta.

         —¡No me lo puedo creer! —Javi me mira con sorpresa—. ¿Será posible? —me bebo de un trago la copa de chardonnay y pido otra al camarero—. ¿Qué sabes de la Santísima Trinidad? —le pregunto a Javi.

         Lo piensa un segundo y niega con la cabeza.

         —Nada —contesta—. ¿Y tú?

         —Tampoco —¡ay, madre…!

         Una hora y tres copas de chardonnay después me siento más segura. Es cierto que yo no sé nada de la Santísima Trinidad pero, y he aquí el dato trascendental, estos niños que me están mirando y esperan de mí que sea un pozo de sabiduría tampoco.

         —Veamos, niños. La Santísima Trinidad es importante —hasta aquí está claro—. Muy importante —eso es, recalcando la idea. Mejor me apoyo en la mesa, que parece que estoy un poco mareada—. De las cosas más importantes. —Vale, me siento… sí, mucho mejor—. ¿Por dónde iba?...

         —Decía que la Santísima Trinidad es importante, señorita —responde una niña de la primera fila y en ese momento decido que es mi preferida: lo de llamarme señorita en vez del horrible señora me ha llegado al corazón.

         —Eso es, muy importante. ¿Cómo te llamas, ricura? —le pregunto.

         —Pilar, señorita —contesta, y me vuelve a llegar al corazón. ¡Dos “señorita” seguidas es algo… maravilloso! ¡Que niña tan mona!

         Un niño con pecas levanta la mano.

         —¿Sí?

         —¿Y por qué es tan importante, señorita?

         ¡Tres “señorita”! ¡Guau, estos niños son increíbles! ¡Se merecen lo mejor de mí! Nada de Santísima Trinidad, voy a contarles algo mucho más valioso; algo cuyo descubrimiento marcó un antes y un después en mi vida. Cuando alguno de ellos sea presidente, recordará este momento y dirá “Lili me indicó el camino hacia el éxito”, y entonces me entrevistarán y puede que el Vogue…

         Claro que todo sería más fácil si el aula dejara de dar vueltas, pero… ¡yo puedo con todo!

         —Bien, niños, vamos a dejar la Santísima esa para otro día y os voy a explicar el secreto de… —espero un poco y siento los diez pares de ojos centrados en mí—… ¡las rebajas! —los diez pares de ojos se abren sorprendidos y yo me lanzo de inmediato:— El error más común que cometen los poco iniciados es pensar “ya lo compraré la semana que viene, que empiezan las rebajas”. ¡No! ¡Fallo gordo, porque cuando llegues puede que no lo encuentres!

            Miro hacia la puerta y veo una monja que me escucha con interés; le hago un gesto con la mano para que pase y continúo:

         —La clave está en comprar lo que te gusta una semana o dos antes y cuando empiecen las rebajas, si lo encuentras lo vuelves a comprar y devuelves lo que compraste primero. Si no lo encuentras —la monja está cada vez más cerca y veo el interés en su mirada: casi ni parpadea—, puedes hablar con la dependienta y decirle que te haga el descuento.

         La monja ahora me dirige una mirada entre desconcertada y mosqueada; imagino que se habrá encontrado en esa situación y no ha sabido reaccionar. Le dedico una sonrisa comprensiva y afirmo con la cabeza:

         —Sí, hermana, muchas veces funciona; en materia de hábitos no sé, que si quiere lo averiguo, pero en Zara sí. —Me vuelvo a dirigir a mi público y continúo:— En el caso de que deis con una dependienta puñetera podéis devolver la prenda y cuando os entregue el dinero, volvéis a coger la prenda del mostrador con rapidez y la compráis. En este caso son necesarios unos buenos reflejos porque a veces la dependienta, en una actitud poco cristiana —y miro a la hermana en busca de complicidad—, coge el jersey o lo que sea y lo pone en una percha. ¡Ahí no tenéis que dudar! —mis pupilos dan un respingo por el énfasis de mi discurso—. Os lanzáis a por él sin pensarlo, y no os de miedo echaros encima del mostrador, que suelen ser bastante resistentes…, excepto en Nekane… Bueno, vamos a hacer un simulacro, para que vayáis cogiéndole el tranquillo.

         Me pongo en pie con cuidado, que el mareo va a más, y llamo a Pilar:

         —Ven, guapa, tú haces de dependienta y tú —llamo al chico de las pecas— harás de comprador. ¡Hip! —hipo. Me ha dado hipo. No importa; siento que mi discurso ha calado. ¡Estos niños están preparados para conquistar el  mundo!

         La monja se ha levantado y me está diciendo algo al oído.

         —Hip…, hermana, perdone pero tengo hipo —la hermana insiste en hablarme tan bajito que no la oigo—. Sí, sí, luego me lo cuenta, que sólo quedan diez minutos y no nos da tiempo a hacer la demostración. Y…, sí…, usted puede hacer de dependienta…, hip, no es por ofender, hermana, pero es que tiene usted cara de mala idea… hip.

         Ya en el coche con JC, éste no deja de repetirme:

         —¡Pero y qué hacías tú en esa catequesis! — y lo alterna con—: ¡Pero por qué me ha llamado una monja con tu teléfono!

         Mejor me callo: el mareo continúa in crescendo.

 

 
06-X-11