El Parte Inglés

 

01

 

SEMANA SANTA EN CASA

 

            Entonces no me di cuenta; pero cuando vine a reinar en ello años después, es decir, cuando ya era mayor de lo que lo era en ese momento (sólo tenía trece años), vi que los primeros indicios y advertencias habían estado allí desde bastante antes.  Sólo que yo no logré captarlos; ni ponderarlos debidamente, claro está.  Mis padres, sí, por supuesto.

            Por ejemplo, si yo hubiese sido perspicaz, o más experimentado, más maduro tal vez, debería haber percibido el peligro que se cernía sobre cada uno de nosotros, los que intentábamos hacer una vida tan normal como fuera posible en esta nuestra ciudad la Semana Santa de 1942; no es que el peligro desapareciese entonces, que no desapareció, pero con el paso del tiempo se fue atenuando un tanto la situación.  O quizás la gente aquí finalmente aprendió a evitar conflictos, y se acostumbró al miedo y a la prudencia como habituales e incómodos compañeros que se han de soportar.

            Con los que se ha de convivir.

            Aún recuerdo perfectamente que Joaquín, mi hermano, vino a casa aquella primavera, un par de semanas antes del Domingo de Ramos, diciendo que estaba algo enfermo con gripe; aquel año estudiaba el último curso de medicina en Granada.  No obstante, una gripe bastante rara sí que era:  ni un día siquiera guardó cama, y desde el mismo momento de su llegada anduvo entrando y saliendo a su antojo; lo cierto es que pasaba más tiempo fuera que en casa, pese a todas las advertencias y reconvenciones de mi madre.  Suponíamos todos, eso sí, que andaría cortejando a una muchacha, especie de medio novia, a la que no hacía mucho que había conocido, una actividad esta que sacaba a mi madre de sus casillas pues no parecía gustarle la chica ni tanto así; no sé yo exactamente qué motivos pudiera tener para tal desagrado, puesto que ella sólo la conocía de oídas. Sea como fuere, lo cierto es que mi hermano se había habituado a volver tarde y meterse en cama sin tan siquiera encender la luz, para no despertarme, dado que compartíamos un dormitorio en el primer piso.

            Así llegó Semana Santa.

            No éramos nosotros una familia estrictamente católica, no; ni siquiera moderadamente practicante en unos tiempos en los que no ser así de prudente era asunto peligroso aquí, en España.  En Almería, más:  estábamos empezando los espantosos años cuarenta del siglo veinte, y Almería era una pequeña capital de provincias entonces, con no más de treinta mil almas, muchas de ellas paciente y silenciosamente comunistas.  Cuerpos también, aunque consumidos y debilitados, hambrientos, demacrados; pero al mismo tiempo astutos e ingeniosos, como si el haber podido sobrevivir a lo largo de aquellos tres años, oscuros y terribles, les hubiese dotado del aliento necesario para soportar los tiempos de la postguerra, angustiosos como estaban resultando ser.

            Aquella Semana Santa hicimos lo mismo que desde el final de la Guerra Civil, es decir, lo celebramos a nuestra manera:  mi madre, contenta por tenernos a todos en casa, se aplicó sin descanso a preparar las recetas que había aprendido de su madre para estas ocasiones; y así, el sereno arroz con leche y los inquietos huesos de santo invariablemente danzaban su presencia sobre la  mesa en aquellos exquisitos platillos que durante el resto del año dormían su olvidado reposo en el aparador del comedor.

            Además, casi cada día algún que otro invitado solía aparecer, traídos todos ellos por mi padre y relacionados con su negocio.

            Mi padre se dedicaba, siempre lo había hecho por lo que sé, al negocio de la exportación:  las famosas uvas de Ohanes, ese precioso pueblecito encaramado en un cerro dando vista al valle del Andarax; y las naranjas de Gádor, tan imbuido en sí mismo y pomposo él, y que se asienta río abajo, allá donde el valle se ensancha y extiende un par de kilómetros a cada lado del lecho seco del río.

            Siendo ese el trabajo de mi padre, la mayoría de las veces los invitados solían ser propietarios y comerciantes, rudos y tímidos ellos pero también sumamente astutos, como finalmente vine a darme cuenta; o alguno de los más respetados funcionarios de la Junta del Puerto, bastante activo éste entonces. Incluso de vez en cuando venía algún que otro oficial de los barcos que tocaban en él; y ellos trataban a mi padre con respeto y deferencia, y a veces, como un agradecido final a una excelente comida, lanzaban en la sobremesa fantásticas narraciones de viajes hasta que yo caía dormido en medio de algún mítico país maravillosamente lleno de princesas y tigres y dagas y junglas y peligros y eso.

            El anochecer anterior a la reanudación de las clases en el Instituto de Enseñanza Media (que entonces estaba entre las plazas de Santo Domingo y del Marqués de Heredia) mi padre apareció en casa acompañado por un hombrecillo calvo y sonriente, de unos cincuenta años, regordete y sonrosado, y que parecía hablar un español muy particular.

            Cuando mi padre le presentó a mi madre, él inclinó cortésmente la cabeza, la luz brillándole en toda la calva superficie de su cráneo, e incluso le besó la mano mientras decía algo que no capté.  Todo ello muy respetuoso y fuera de lugar, a lo que me pareció entonces; luego me di cuenta de que no era fingido, sino que él era así:  chapado a la antigua y eso.  Aunque su mente, aguda y alerta, también estaba allí, como más tarde pude notar.

            Oí que mi padre decía:

           —Éste es mi hijo menor:  Francisco.  —E, inmediatamente, dirigiéndose a mí:—  Fran, saluda al señor B., el cónsul británico.

            Lo cual hice.

            Después, en algún momento a lo largo de la cena, la conversación derivó hacia la amistad y sus riesgos; no recuerdo exactamente por qué, aunque supongo que fue el hombrecito regordete el que las ingenió hábilmente para ello sin que yo lo notara entonces.  De repente, él se volvió hacia mi hermano como si buscara corroboración o apoyo a algo que hubiera dicho:

            —Decir tú, jovencito, si mí no tener razón:  ¿Tú no creer que si alguna de preciosas amigas de tuyo tener algo mucho peligroso, como bomba o víbora or so, tú no mejor ir corriendo lejos y mucho deprisa, eh, eh?  Tú no ir más por casa de ella, ¿no?

            Durante un instante pareció esperar una respuesta, sonriente y expectante, aunque no obtuvo ninguna:  mi hermano se quedó mirándole, los ojos de par en par, la boca abierta.  Finalmente, el hombrecillo regordete siguió como si mi hermano le hubiese dado su total apoyo, lo que no había sido el caso, por supuesto.

            Luego, durante el resto de la cena mi hermano prestó escasa atención a lo que se le servía, que permanecía en el plato y se le retiraba casi sin tocar a pesar de los gestos preocupados y de la inquietud de mi madre; en lugar de ello, él parecía estar estudiando al señor B., engullendo cada palabra que el sonrosado cónsul farfullaba en su raro aunque divertido español.

           Hacia el final el señor B. observó, no sabría decirte por qué, pero ya sabes cómo son estas cosas, este imprevisible charloteo de sobremesa, de modo que dijo, dijo a mi padre:

            —Todavía haber mucho bueno tintos en este, ¿cómo decir country...?, ah, país, yes, sí, país de tuyo que tú conservar a pesar de guerra.  —Mientras, parecía estar mirando a través del vaso que sostenía en alto, lleno de Laujar, que era el vino que mi padre solía hacerse traer de nuestro pueblo natal.  Entonces, lentamente, deliberadamente, articuló con toda claridad y corrección:— Vino viejo y sangre joven:  es usted muy afortunado, mi amigo, muy afortunado, sin duda. Permítame brindar por que siga siendo tan cuidadoso y afortunado y los conserve a los dos largo tiempo, porque es cosa fácil perder lo que más vale en estos desgraciados tiempos que estamos soportando.  Lo son.

            No añadió nada más; sino que levantó la copa y quedó unos instantes así, mirando embelesado el cristal que sostenía de una manera tan pomposa y solemne viniendo de un hombrecillo tan ridículo que todo ello me pareció absurdamente inapropiado incluso a mí.

            Casualmente miré a mi madre:  tenía una expresión aterrorizada y la cara se le había puesto más pálida de lo que nunca la había visto; los dedos asían el filo del mantel mientras seguía mirando fijamente al señor B.  Entonces me di cuenta que el rechoncho hombrecillo no estaba mirando a su copa, como al pronto me había parecido, sino que su mirada estaba clavada más allá.

            En mi hermano.

            Ahora sé, por supuesto, que todo ello era un aviso muy serio dirigido a mi hermano.  Y que mi padre, al menos, lo sabía; no obstante, aparentemente ajeno a todo y libre de cualquier preocupación, él levantó su copa también y la apuró de un trago.  Sonriendo todo el rato estuvo:  me engañó por completo, lo reconozco. Porque estoy seguro de que ambos debían haberse puesto de acuerdo previamente; quiero decir, mi padre y míster B.

            Más tarde, ya en cama, escuché las campanas de Santo Domingo que desgranaban las horas.  Su lento, dolorido resonar acercándose, expandiéndose, arrebañando la negrura de los huecos para caer rodando sobre los invisibles tejados en la oscuridad, desapareciendo a lo lejos, hundiéndose en la nada más allá del mortecino rectángulo de mi ventana.

            Pero mi hermano no había regresado aún.

            Su cama estaba sin deshacer todavía.

            Se había empeñado en salir al acabar la cena, sin dar explicación alguna para ello, sólo que quería pasar por el Colón.

            Luego, seguramente debí de dormirme, creo, porque de repente supe que mi hermano estaba ya allí.  Su respiración, regular y sosegada como la de un niño...  Y por un rato seguí atento al sereno susurro que procedía de la cama de al lado...  durante largo, largo tiempo...

            Aún no sé por qué, pero en aquel momento me sentí tan feliz y contento como un niño jamás puede sentirse:  la tranquila respiración de mi hermano, la luna que ya se había ido, la calmada y silenciosa oscuridad, aquellos distantes ladridos que parecían proceder de algún horrible lugar allá fuera, bien lejos en el negro vacío...  Fue uno de esos recuerdos tan raros en la vida que se guardan en  lo más profundo del corazón.

            Pensé:  debe de estar soñando en algo muy agradable ya que duerme de modo tan tranquilo.

            La alegría me llenaba el corazón.

            Entonces me dormí.

            Ojalá no hubiera despertado.

 

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