El Parte Inglés

 

02

 

UN ALMUERZO HORRIBLE

 

            El almuerzo es una comida importante en España, la que más; siempre ha sido así, por lo que yo sé.  Y así era en mi casa:  cada día, a las dos y media en punto, nos sentábamos a la mesa, mi padre en un extremo, mi madre en el otro; entonces solíamos charlar y bromear con tal libertad y alegría que aún hoy valoro aquellos momentos entre los más agradables de mi vida.

            Estoy seguro de que aquella Semana Santa fue muy feliz para mi madre:  en la mesa solía quedarse mirándonos fijamente, especialmente a mi hermano, con un resplandor de orgullo y satisfacción asomándole al rostro, iluminándoselo, en tanto que ella seguía y seguía embobada, complaciéndose en tenernos cerca, sin decir ni una palabra no fuera a ser que perdiese lo más mínimo de lo que se hablaba.

            Mi padre, en cambio, se pasaba todo el rato soltando sin parar preguntas y observaciones a su alrededor; la mayor parte de las veces sin dar tiempo a respuesta alguna, sino contestándoselas él mismo en tanto que masticaba y bebía muy rápidamente, y estoy convencido de que sin concederle ninguna atención, lo que le iban sirviendo el silencioso y discreto Daniel y su esposa Isabelita, el anciano matrimonio de Laujar que desde que yo recordaba había estado con nosotros para ayudar con las tareas de casa.

            Por último, mi padre acababa invariablemente el almuerzo echando hacia atrás la silla al tiempo que, mirando cariñosamente a mi madre, le decía:

           —¡Bueno, querida, esto estaba riquísimo!

            Refiriéndose a la comida, claro está; y todos nosotros sabiendo, por supuesto, que si se le hubiese preguntado qué era lo que acababa de comer, no habría dado con la respuesta correcta.  Aún hoy sigo creyendo que era el tenernos a todos nosotros a su alrededor lo que bastaba para ponerle así de contento, de alegre.

            Por eso resultó tan raro verle de un humor tan completamente distinto el día siguiente, aquel lunes tras el Domingo de Resurrección; callado todo el rato, el rostro tenso, la mirada en el plato.  Raro e inesperado, sí, asustándonos como si una repentina amenaza o un peligro inminente nos estuviese acechando desde aquella seriedad contenida, borrando de raíz toda charla y haciendo que el silencio se cerniese sobre la mesa.  Creo que no oí más allá de una docena de palabras hasta bien avanzada la comida; todos mudos estábamos, masticando casi sin ruido en la quietud tan sólo rota por el entrechocar de los cubiertos en los platos y nada más, manteniendo los ojos bajos, mirando un plato y una comida que nos sabía insípida; teniendo, eso sí, los oídos alerta para captar cualquier indicio que nos ayudara a entender por qué mi padre estaba de tan sombrío talante.

            Finalmente fue mi madre la que, con la intención de aliviar un tanto la situación cada vez más desconcertante y tensa, le preguntó:

           —¿Has visto a alguien allí esta mañana?

            Allí, como todos sabíamos, era La Marina, el bar más popular en la zona del puerto entonces, donde aún hoy día puedes echar un trago si te apetece.

            El trabajo de mi padre como exportador no era especialmente duro o fatigoso:  cada mañana se iba al parque limítrofe con el puerto y allí, al principio de la calle Real, se reunía con amigos y no tan amigos, es decir, con personas que querían o necesitaban negociar con él y que estaban igualmente relacionadas con el comercio de la uva y la naranja, de lo más rentable por aquel entonces, lo cual no es el caso ahora como bien sabes.  A veces él nos contaba cosas de esta gente, hombres todos ellos; pero normalmente no nos solía hacer ninguna referencia. Eso era allí.

            Al pronto mi padre no dijo nada, sino que quedó inmóvil unos instantes. A continuación, dejando cuidadosamente tenedor y cuchillo sobre el plato y pasándose la servilleta brevemente por los labios, se volvió hacia mi hermano y mirándole, sin soltar aún la servilleta, que seguía manteniendo inconscientemente asida con ambas manos, le espetó:

           —¿Qué pasó anoche en el Colón?

            Sus palabras sonaron temibles:  la irritación saliéndole a borbotones por los ojos, haciéndole tropezar la lengua, el semblante lívido, apenas reprimido; aunque cuál pudiera ser la razón de tal ira seguía siendo un misterio, para mí al menos.

            No obstante, algo raro en su aspecto me chocó.  Sin atreverme a respirar casi, por miedo a que mi padre cayera en la cuenta de mi presencia y me mandara al piso de arriba, le miré a hurtadillas; él todavía con los ojos fijos en mi hermano y esperando una respuesta, sin percatarse de nada más salvo eso.

            Mi hermano, por su parte, se estaba tomando su tiempo para responder: sorprendido con un trozo de carne a medio camino de la boca abierta, permaneció quieto durante unos segundos, el tenedor en el aire, la mirada aparentemente confusa, como si no entendiera a qué se pudiera estar refiriendo él.

            Yo notaba ahora las arruguillas temblorosas en las comisuras de los labios apretados de mi padre, el brillo nudoso de su cuello rígido; y todavía percibía algo desconocido en la manera en que se quedaba mirando a mi hermano.  Al principio no entendía qué podría ser lo que seguía llamando mi atención; entonces, de repente, como un relámpago que me sacudiera, lo vi:  ¡era miedo, puro miedo! ¡estaba angustiado!  ¡pretendía estar furioso, y tal vez lo estuviera, pero no era sólo eso:  estaba horrorizado, muerto de miedo; eso era!

            Finalmente, dejando el tenedor con el trozo de carne en su plato, mi hermano logró mascullar:

            —¿Qué es lo que...  Qué quieres decir...  Anoche?

            —Sí.  Lo sabes muy bien:  anoche en el Colón tuviste una pelea con Ramoncito Pérez.

            No añadió nada más, como si lo dicho fuera suficiente y todo estuviera ahora claro como el cristal.

            En aquel momento yo no tenía ni idea de quién pudiera ser este Ramoncito Pérez que de tal manera asustaba a mi padre.  Hoy sí lo sé; vaya si lo sé.  Por ello comprendo que mi padre tenía toda la razón para estar asustado:  porque mi padre tenía experiencia, había visto muchas cosas en su vida, muchas de ellas en los pocos últimos años.

            Mi hermano, no obstante, aliviado hasta cierto punto a lo que pareció, dejó escapar una risilla nerviosa e hizo como para reanudar su comida diciendo simplemente:

            —Si es eso todo, no merece la pena ni mencionarlo.  De todas formas, tampoco fue una pelea; fue algo sin importancia alguna:  una observación irrelevante que él pensó que tenía que tomar como algo personal.  Lo cual no era, por supuesto.

            Mi padre no parecía aliviado en absoluto.  Su voz seguía teniendo el mismo asomo de histerismo de antes.

            —Eso no es lo que me han dicho.  Todo el asunto parece haber sido mucho más serio.  Según he oído, tú dijiste que él era un cuervo asqueroso que estaba siempre al acecho de más carroña y que...

            Esto debió de haber sido demasiado para mi madre, ya que la oí musitar angustiada:

            —¡Oh, Dios mío!

            Y comenzó a sollozar calladamente, con las manos apretando la servilleta contra la boca horrorizada, escondiendo casi todo el rostro tras ella, salvo los ojos; era lo único que se le veía:  aquellos ojos abiertos, sobresaltados, aterrorizados, clavados en mi hermano.

            Dijo él:

            —Bueno, es un cuervo, es la verdad, de modo que no estaba diciendo ninguna mentira; además, sólo le dije lo que todo el mundo por aquí piensa pero nadie tiene el valor de decirle a la cara.  Se lo tenían que haber soltado, eso y más, hace mucho, mucho tiempo.

            Tenía los ojos retadoramente fijos en mi padre, intensos y desafiantes.

            Mi padre susurró:

            —Vete a tu habitación, loco.

            Sólo eso.

            Mi hermano permaneció aún unos instantes sentado, mirando a mi padre sin parpadear, en una actitud hostil, beligerante.  Luego, sin decir palabra, echó hacia atrás la silla y le oímos subir ruidosamente al piso de arriba, dejando sobre la mesa la comida sin terminar.

 

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