El Parte Inglés

 

03

 

EL CUERVO

 

            Años después vine en saber lo que había sucedido aquella noche del Domingo de Resurrección en el Colón.  Puede que hoy tenga una idea más clara, pero no mejor; es decir, creo que conozco algo más sobre las ocultas motivaciones que hubo tras todo ello, y por supuesto las consecuencias.  Pero ya entonces supe cómo fue que mi hermano, al salir de casa aquella noche, se fue derecho al Colón para reunirse con algunos de sus amigos, como había venido haciendo cada  noche desde que viniera de Granada.  Todos eran jóvenes y alegres, ruidosos y divertidos; si acaso, inexpertos e ingenuos, eso también.  Y entonces sólo estaba el Colón para pasar una noche más o menos animada y amistosa en la Almería de principios de los cuarenta.  Después me enteré de que aquel era el sitio donde se reunían para charlar y bromear un poco, y echar unos tragos o tomarse un café; más tarde, hacia las diez de la noche, mi hermano acostumbraba a dejarles para ir a casa de Encarnita, allá, en la calle Murcia.

            Aquella noche que te estoy diciendo, ellos ocuparon una de las mesas cercanas a los servicios; no porque desearan aquel sitio en particular, por supuesto, sino simplemente porque era la única que quedaba libre cuando ellos llegaron, al estar el Colón más abarrotado que de costumbre y haberse retrasado el primero de ellos un tanto.

            Mi hermano fue el último en llegar; se le había hecho algo tarde debido a la prolongada sobremesa en casa:  el señor B. había resultado ser un ingenioso conocedor de los múltiples chismes y cotilleos de la ciudad; por otra parte, el tiempo no había parecido importarle en absoluto.

            Según su costumbre cada día, comenzaron por palmear y hacer ruido para llamar la atención del camarero.  Éste era un sujeto bastante competente llamado Guillermo, muy popular entre la gente joven entonces; estaba emparentado de alguna manera con nuestro Daniel, parentesco político y no muy cercano, esto es. En años posteriores le seguí viendo, ya que tomó en arriendo un bar al que me gustaba ir con frecuencia; siempre me mostró la misma deferencia y estima hasta que se jubiló y dejé de verle.  Hace nueve o diez años me dijeron que había muerto; había fallecido unos meses antes y ni siquiera me había enterado.

            Finalmente, percatado de su presencia y cuando encontró un hueco, se acercó a ellos y allí se quedó, de pié, esperando a que le dijeran lo que querían tomar, haciendo las observaciones supuestamente ingeniosas y dejando escapar aquellos ruiditos que ayudaban a mantener los espíritus alegres y que estaban de moda entonces.  Llevado a cabo esto, se dirigió al lugar de la barra reservado  para que los camareros dispusieran de sus pedidos, dejando a mi hermano y a sus amigos charlando ruidosamente y bromeando y riendo como los chicos jóvenes que realmente eran.

            En aquel momento alguien salió de los servicios.

            Era un hombre joven, es decir, de unos veinticinco años; alto, elegante y muy esbelto; serio, grave, taciturno, inexpresivo, con mejillas hundidas y una nariz enorme.  El pelo, liso y brillante, lo tenía cuidadosamente peinado hacia atrás como un apretado casco negro pegado al cráneo, según la moda entonces. Llevaba un severo traje oscuro con la raya del pantalón muy marcada; y bajo la austera chaqueta se distinguía una camisa azul, la que normalmente vestían los falangistas, con el bordado del yugo y las flechas en el bolsillo superior izquierdo, sobre el corazón, ya sabes.  Supongo que el conjunto de su aspecto debía ser a la vez impresionante y siniestro.

            Se estaba abriendo camino sorteando por entre el laberinto de mesas y sillas que era el piso del Colón en aquel momento, esquivando cada obstáculo y teniendo el máximo cuidado de no molestar a nadie, ni siquiera poniendo la mano en el respaldo de las sillas, cuando se oyó a alguien de la mesa de mi hermano decir en voz alta, claramente por encima del rumor de las conversaciones y del ruido:

            —¡Aquí viene Ramoncito Pérez!  —E, inmediatamente:—  ¡Grrahhh!  ¡Grrahhh!

            Como si por un grajo.

            No fue mi hermano, eso lo sé seguro; pero sí fue él quien añadió a continuación:

            —¡Cuervo asqueroso y sanguinario que es el pájaro!  Debe de andar a la búsqueda de más carroña, seguramente.

            Lo había dicho lo suficientemente fuerte como para que se oyese más allá de las mesas más cercanas, haciendo como que hablaba para sus amigos pero sabiendo todos a quien se refería, claro está.

            Al instante se hizo un silencio total a su alrededor.

            Ramoncito Pérez se quedó un momento inmóvil; después, dándose lentamente la vuelta y sin decir nada, miró fijamente a mi hermano.

            Más tarde él, es decir, mi hermano, confió a alguien haber sentido una sensación de aprensión cuando aquellos ojos funestos quedaron clavados en los suyos.

            —¡No había nada detrás de aquellos dos agujeros vacíos que tenía por ojos! ¡Créeme:  no había nada, ni siquiera notabas odio o sentimiento alguno allí dentro!  —parece ser que fueron sus palabras.

            Por supuesto, creí que exageraba.

            Finalmente, Ramoncito habló; se dirigió a mi hermano.  Dijo:

            —Sé muy bien quién eres, jovencito.  Y también sé quién es tu familia.  —Y, de seguido:—  Estáte seguro de que esto no lo olvidaré, amiguito.

            Sólo eso.

            Mientras él se estaba dando la vuelta, se oyó a mi hermano decir:

            —Éste sería un mundo infinitamente mejor si pudiéramos encontrar la  forma de librarnos de gentuza como tú y tu maldita casta, so hijo de puta.  —Y al mismo tiempo se puso de pie, dispuesto a respaldar sus palabras.

            Date cuenta que esta observación acerca de que Ramoncito era un bastardo y eso, era una cosa discutible, cuando menos, ya que su madre jamás dio pie a habladuría alguna:  casada, preñada, parida y muerta en tan breve lapso que apenas le dio tiempo a dejar otro rastro de su paso por este mundo que su Ramoncito.  Sin embargo, y para que te hagas una idea de la clase de nido del que procedía el pájaro, debes saber que don Ramón Pérez, el padre de Ramoncito, había sido un personaje ampliamente conocido en la Almería de antes de la Guerra:  una persona excelente y equitativa como nadie, según solía auto calificarse.  Y lo era, indudablemente:  un individuo honrado y trabajador, sí señor, que solamente vivía para su ardua y sempiterna búsqueda de mujeres fáciles, lo cual era la mitad de su vida, su habitual tertulia de bebedores empedernidos, que era la otra mitad, y su hijo y su duro trabajo como administrativo del Ayuntamiento, claro está.  Siendo viudo, y lo había sido en los últimos quince o veinte años, se había aficionado a frecuentar ciertas casas a las espaldas de la Plaza de Santo Domingo, donde era fama que algunas de las más acreditadas putas de la ciudad se aplicaban a sus tareas; por allí sí que era muy apreciado y considerado, en esos círculos, incluso respetado, llegándose a decir que en alguna ocasión hasta se le vio sobrio.

            No obstante, todo eso había sucedido años atrás, ya que los Rojos, como se les solía llamar a los comunistas entonces más que ahora, le habían fusilado en la carretera de Turón una radiante mañana de primavera de 1938.  Su muerte, mediada la Guerra, había pasado desapercibida en el desconcierto que recorría el país aquellos días; sin embargo, aunque esta acción fue por supuesto infame, nadie pareció sentir su muerte como algo especialmente doloroso, siendo las circunstancias las que en aquel momento eran, cuando no tenía sentido pensar en otra cosa o atender sino que a la propia salvación y supervivencia.

            Su hijo, nuestro Ramoncito, muy joven todavía, fue entonces muy hábil y astuto escondiendo sus sentimientos, que en realidad eran de un odio profundo e integral hacia las hordas comunistas que habían asesinado a un padre que él idolatraba; más aún, se había aplicado en rendir tal vergonzosa y disimulada pleitesía a los asesinos de su padre que los engañó por completo, de modo que escapó no sólo indemne sino incluso aclamado.  Luego, cuando la situación cambió y todo comenzó a adoptar la apariencia que iba a tener en los siguientes treinta y cinco años o más, allí estaba él:  nuestro Ramoncito Pérez, en lo más alto del camión falangista que recorría la ciudad, una vez y otra y otra más, arriba y abajo sin pausa alguna durante todo aquel desgraciado Día de la Victoria, aquel  11 de Abril de 1939.  Él había sido quien se había revelado como el primero, el más radical, el que más fuerte gritaba mientras blandía la bandera nacional sin recato ni descanso, sí señor, allí, valientemente sentado en lo alto de la berlina ahora, cuando ya no había peligro alguno en hacerlo.  Allí estaba:  para que veas qué estúpidos animales somos las personas, los hombres somos.

            Entretanto, todo el rato, por toda la ciudad, los otros estaban intentando olvidar:  la mitad de ellos en su duro intento por perdonarse; la otra mitad buscando con desesperación un escondrijo para poner en cobijo su pánico y su aliento.  Su vergüenza también, a veces.  Y allí seguía estando nuestro Ramoncito, más feliz que nunca:  cada amanecer en el que cualquiera era llevado a las tapias del cementerio, que era donde se les solía fusilar al romper el día, allí estaba él, nuestro Ramoncito Pérez, formal y serio, muy atildado, impecable, elegante, en su camisa azul y sus pantalones negros, completamente borracho aunque fuese en el más crudo amanecer del frío invierno o al comienzo inminente de un tórrido día de verano.

            Sin decir nada, ni palabra, sino mirando a los hombres a punto de ser fusilados, escuchando sus gritos y maldiciones, sus llantos y oraciones.  Sus ruegos.  Una sombra alta, siniestra, tras las luces cegadoras de los lúgubres faros de las camionetas.

            Escupiendo en la tierra hambrienta, de vez en cuando; echando tragos silenciosos de un frasco que volvía a guardar inmediatamente en el bolsillo trasero del pantalón.

            Emitiendo risitas cuando los tiros sonaban.

 

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