El Parte Inglés

 

04

 

UN NIDO VACÍO

 

            Aquel mismo lunes en que mi padre había tenido la discusión con mi hermano durante el almuerzo y lo había enviado al dormitorio que ambos compartíamos en el primer piso, enfrente de la habitación de mis padres y al otro lado del patio, cuando yo subí allí más tarde buscando algo, no recuerdo qué, descubrí que mi hermano no estaba.  Había estado, eso sí; lo noté porque sobre la cama se encontraban las ropas que había llevado en la mesa un rato antes.  Pero a él no se le veía por ningún sitio; se había ido sin que nos diésemos cuenta y, era evidente, sin el permiso de mi padre.

            Al momento me sentí inquieto, quizás sin motivo lógico según me parece ahora; pero entonces, con el recuerdo reciente de la violenta discusión, más preocupante aún por ser cosa tan rara en casa, no me lo pareció así.  Y comencé a imaginarme escenas cada vez más angustiosas que me acudían a la cabeza y me parecían más y más reales a cada instante; en todas ellas allí estaba él, mi hermano, sufriendo atrozmente, mirándome con los ojos abiertos, la boca convulsa, siendo el desgraciado objeto de yo no sabía qué oscuras torturas infligidas por un desconocido Ramoncito Pérez.

            Teniendo cuidado de no hacer ruido, para no atraer innecesariamente atención alguna, y sintiendo el corazón golpeándome fuertemente en el pecho, me deslicé al cuarto de baño, más allá de la habitación de mis padres.  Podría ser, me decía intentando sosegarme, que él estuviese allí, avergonzado, cavilando sobre  la imprudencia y estupidez de su comportamiento.

            No había nadie.

            Cuando iba a entrar en mi dormitorio nuevamente, observé que la puerta estaba algo más abierta de lo que yo la había dejado al salir para el cuarto de baño. Inmediatamente sentí que una sensación de alivio me invadía, enorme y tranquilizadora a la vez tras aquel mal rato de inquietud; incluso más relajante  aún porque entonces me di cuenta de lo angustiado que había estado desde que notara la ausencia de mi hermano.  Seguro que a partir de ahora todo iría bien, pensé; ahora que mi hermano estaba allí, sonriente y confiado, esperando a que  yo abriera la puerta de par en par para contarme algún chiste o algo así, o hacer uno de sus divertidos juegos de aquellos con los que solía hacerme reír tanto...  o, al menos, estaba allí, aunque fuese hosco y malhumorado.

            Era mi madre la que, de pie en medio de la habitación, con un aspecto mucho más alterado y ajado de como jamás la había visto, me miraba.

            —¿Dónde está tu hermano?  —preguntó con aspereza.

            Yo no podía apartar los ojos de ella, incapaz de pronunciar una palabra.

            —¿Dónde está tu hermano?  —preguntó de nuevo, esta vez con un asomo de urgencia deslizándosele en la voz; y acercándoseme.

            Logré musitar:

            —No sé...

            De pronto ella pareció perder la cabeza al tiempo que una expresión de rabia le cubría el rostro; cogiéndome por la muñeca con una de sus manos, y por la pechera de la camisa con la otra, comenzó a zarandearme violentamente, estremecida toda ella por algo como desesperación, mientras no dejaba de mascullarme al oído, con un apremio odioso y cruel:

            —¡Tú, loco, dímelo!  ¡Vamos, dímelo, estúpido crío...!  ¡Tienes que decírmelo...!

            Y así.

            Repentinamente, ella debió de notar algo en mi rostro, quizás algo que vio en mis ojos, muy probablemente miedo ya que estaba totalmente aterrorizado, porque pareció caer en la cuenta de lo que estaba haciendo.

            Se llevó ambas manos a la boca, me soltó, susurró:

            —¡Oh, Dios mío!

            Dando traspiés hacia atrás, con las manos aún tapándose los labios, se dejó caer en la cama de mi hermano.  Violentos sollozos la recorrían ahora sin parar.

            Mientras miraba los hombros convulsos moviéndose al ritmo de su llanto, noté las lágrimas que me rodaban mejillas abajo, algunas mojándome los labios, otras cayendo al suelo.

            Pude musitar:

            —Te dije que no lo sabía, madre; es verdad.  Cuando vine hace un ratillo, él no estaba aquí, se había ido, no sé dónde, lo juro:  no sé dónde está ahora, no lo sé...

            Abrió un instante los ojos, anegados que los tenía, y alargando los brazos para cogerme, me agarró salvajemente, con rabia, abrazándome con todas sus fuerzas, perdido el control, manteniéndome asido con una fuerza tal que jamás creí posible que ella tuviera.

            Luego, más tarde, me susurró, el aliento aún caliente y acariciante:

            —Tu padre no debe saber nada sobre la ausencia de tu hermano.  —Me cogió por los hombros para poder mirarme directamente a los ojos, me pasó la mano por la cara para limpiarla y que no quedara rastro alguno de llanto, y añadió:— Debemos ayudar a tu hermano.  Hablaré con él cuando vuelva, ¿comprendes?

            No dije nada; tan sólo asentía en silencio.

            Entonces se levantó, se arregló instintivamente el cabello, y al momento vi su triste silueta mientras salía, recortada un instante en el hueco de la puerta, cerrando cuidadosamente tras de sí a continuación.

            Yo no abandoné mi dormitorio en toda la tarde; me quedé en cama intentando tranquilizarme, buscando explicaciones a la ausencia de mi hermano mientras aguardaba ansiosamente su regreso.  Incluso recuerdo que recé una oración a algún ser extraño, oscuro, desconocido y hermético, por si acaso podía hacer algo por mi hermano; que esto es algo que jamás he vuelto a hacer, por supuesto.  En ello, en lo de rezar, digo, podrás ver cómo de niño era aún, pese a mis trece años.

            Nadie más vino a romper la soledad de aquel anochecer eterno que estoy seguro no se me olvidará en toda mi vida:  aquel aullido continuo de un viento de primavera arrastrándose escondido por los tejados solitarios; la luna que apareció a poco de oscurecer para ocultarse al momento tras las nubes llevadas por el viento; el hueco difuminado de mi ventana que parecía no dejar de mirarme, mudo, ajeno a todo.

            Luego, al rato, la lluvia tableteando con íntimos dedos en el cristal.

            Cuando llegó la hora de la cena y nadie apareció para llamarme, entendí que esa noche cada uno se las iba a apañar a su forma, como con frecuencia ocurría en casa, en donde la cena no era una comida tan formal como el almuerzo, cosa que aún pasa en muchos de los hogares almerienses.  Excepto, por supuesto, cuando había un invitado, como la noche anterior con el señor B.

            Finalmente, al cabo del rato me levanté, cogí un libro de Emilio Salgari  que entonces estaba leyendo, e intenté concentrarme en la lectura para no seguir reinando en mi angustia.  Cuando esto se reveló igualmente inútil, volví a tenderme en la cama, en la oscuridad, absolutamente resuelto a aguardar  despierto hasta que mi hermano regresara.

 

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