El Parte Inglés

 

05

 

MUERTE DE UN CAMARADA

 

            El mismo sentido de seguridad que el vivir allí, en mi casa, entre personas tan inofensivas, cariñosas y sin maldad, había ido instilando en mí, hizo aún más improbable que me diera cuenta real del peligro que corríamos; así pues, no fue solamente por la edad y la inexperiencia por lo que no supe intuirlo, creo.  Más tarde, por supuesto, cuando fui comprendiendo todos los factores que concurrieron en el asunto, quedé horrorizado.

            A decir verdad, ya que me he empeñado en contarte cómo sucedió todo, comencé a vislumbrar las ocultas y desconocidas implicaciones y variables de todo ello una noche a finales de los cincuenta o principios de los sesenta...  Sea como sea, poco daño me puede hacer el confesártelo ahora, viejo como soy ya y con la Señora llamando a mi corazón con cierto apremio y constancia.

            Principio de los sesenta fue, sí.

            Una noche fría y ventosa en medio del invierno.

           Estaba echando un trago en un bar pequeño y mugriento llamado El Americano, hoy desaparecido, sí, aquí, en la calle de La Bomba, un estrecho callejón que va desde la calle Granada a la de Murcia, como quizás sepas.  Bien. Eran, creo, alrededor de las diez y estaba solo, como era mi costumbre entonces: me había habituado a pasar por aquel lúgubre antro cada día al acabar el trabajo, disfrutando de unos minutos sin que nadie me hablara o me estropeara de alguna forma aquel tranquilo aparte camino de casa.  En aquel tiempo yo había abierto un pequeño negocio, una cristalería en la calle Murcia, a unos cincuenta metros de un bar muy popular entonces llamado Los Faroles, y a ni siquiera cien, en la otra dirección, del pequeño callejón sin salida donde Encarnita vivió.

            En realidad El Americano no era un bar ni medio concurrido, nunca lo fue; más bien uno bastante solitario que un viejo taciturno y poco comunicativo había abierto aprovechando para ello la única habitación de su casa que daba a la calle. Ésta pudo haber sido la razón que me llevaba allí en lugar de a Los Faroles, más elegante y de moda:  menos gente, menos ruido.  El dueño, un viejo antipático y silencioso, cadavérico y reservado, y que era también el único camarero, solía servirte sin ser agobiante; pronto aprendía las costumbres de los pocos habituales y a partir de ese momento te atendía sin decir ni una palabra, ni tan siquiera un saludo, sirviéndote lo mismo salvo que previamente le indicases lo contrario. Nunca supe por qué, pero era así.

            Esta noche que te digo, apenas había comenzado a mordisquear la tapa que te ponía con el chato de vino, cuando noté que abrían la puerta y un enano de mediana edad que llevaba un abrigo pequeño incluso para él y unas horribles gafas con montura de concha entró en la habitación.  Era un espectáculo chocante: él, tan pequeño; y al mismo tiempo tan increíblemente engreído y seguro de sí mismo.  Parecía totalmente a sus anchas desde el mismo instante en que apareció: para empezar, no se molestó en cerrar la puerta inmediatamente, sino que se tomó su tiempo inspeccionando el interior, un viento helado entrando despiadadamente detrás de él, el muy imbécil; luego, por fin, la cerró y se dignó saludarnos a los que estábamos dentro, y que éramos tan sólo el Americano y yo, (yo, maldiciéndole silenciosa e intensamente, y no sólo por el frío que nos había metido en la habitación); a continuación, y como pavoneándose, se acercó al mostrador, puso ambas manos en la barra, a la que apenas llegaba, y golpeó con fuerza en ella mientras demandaba autoritariamente:

            —¡Eh, viejo, un chato del mejor tinto, y de tapa un americano!

            Esto, un americano, era el nombre que tenía la única tapa que te ponían allí y que era, aún lo recuerdo, una especie de pasta tiesa y misteriosa hecha con ajo y con algún otro ingrediente desconocido y extendida sobre un pequeño trozo de pan frito.

            Mientras el viejo se aplicaba a preparar lo que el enano había pedido, éste se volvió hacia mí, los labios extrañamente torcidos como si estuviera sonriendo, que en efecto lo estaba.

            —Esto debemos celebrarlo, amigo mío  —me dijo; y antes de que yo hiciese por preguntarle qué era eso que había que celebrar, él me lo explicó:— Hace unos meses cogimos a otro de esos asesinos, un rojo cabrón; esta mañana temprano lo hemos fusilado.

            Sin dejar ni un instante de sonreír torcidamente.

           Ahora veía claramente que era exageradamente bizco, aunque lo había sabido desde el mismo instante en que le vi entrar:  habría reconocido aquella figura inconfundible en cualquier sitio.

           —¿No te has enterado?  —siguió—.  Un jodido hijoputa, tal Grimau, asqueroso comunista.  Reventado a tiros esta mañana.  Se joda.

            Dejó escapar un chirrido de diversión; entonces cogió el vaso que el camarero acababa de llenar y, levantando la mano por encima de la cabeza, brindó:

            —¡Por que se pudra en los infiernos!

            Y lo apuró de un trago.

            Yo había estado todo el rato en silencio masticando la tapa; ahora acabé el vino y, dejando las una veinte pesetas en el mostrador, salí sin decir palabra. Estaba atravesando la puerta cuando oí que le preguntaba al Americano:

            —¿Qué le pasa a ése?  ¿Está sordo o qué?

            Refiriéndose a mí, sin duda, aunque creo que no obtuvo respuesta.

            Tan sólo tuve que esperar unos minutos en el callejón solitario, escondido en el oscuro portal, resguardado del viento helado; entonces le vi salir, permanecer un instante en la puerta abrochándose el abrigo, y torcer hacia abajo, hacia la calle Murcia.  Cuando llegó allí, tomó a la izquierda, en dirección al suburbio conocido en la ciudad como Barrio Alto.

            Le di unos diez metros de ventaja y entonces le seguí.

            Al principio distinguía el caminar confiado, vivo y ridículo al mismo tiempo, moviéndose de una manera característica, tan engreído, seguro, rápido; luego pareció como que perdía algo de confianza al empezar a sospechar que era seguido.  Algo debió de percibir a pesar del viento de cara; el sonido de mis pasos o alguna sombra quizás.  Para entonces ya habíamos dejado atrás El Comandante, o sea, el último bar antes del cruce de la Rambla de Belén, oscura y desierta a esa hora, aquella noche más; desde allí ya no había otra zona iluminada hasta llegar  al Barrio Alto, cuyas primeras luces se veían a lo lejos, unos doscientos metros más allá.

            Tosí un par de veces, como para inspirar en él una cierta seguridad y que pensara que yo no era sino alguien que iba igualmente camino de casa; entonces, con unas cuantas zancadas rápidas, le alcancé justo cuando estaba entrando en el tramo oscuro del cauce seco de La Rambla, hoy un magnífico paseo brillantemente iluminado pero en aquellas fechas un sitio olvidado y aislado que todos procuraban evitar después de oscurecer.

            Le puse el dedo tieso en la espalda mientras le amenazaba con la voz lo más ronca que pude sacar:

            —¡Di una palabra y disparo!

            Casi no había luna, pero aún así sentí su miedo; más aún, me pareció oír como el vientre se le soltaba en una serie continua de pequeños ruiditos pero semidistinguibles por sobre el sonido del viento; inmediatamente, un olor desagradable me asaltó en breves ráfagas.

            Casi llorando tartamudeó:

            —¡No dispare, no dispare!  ¡Haré todo lo que me diga!

            Lo llevé Rambla abajo, hacia la fila de moreras que se adivinaban allá, a veinte metros, aguardando en la oscuridad.  No dejaba de hablarle; primero diciéndole quién era yo, luego dejándole bien claro que era mejor que contestase a lo que le preguntara.  Todo el rato guiándole, empujándole con el dedo tieso en la espalda como si fuese una pistola; más hacia las sombras cada vez.

            Así es como supe algunas cosas sobre Ramoncito Pérez.

            El día siguiente ningún titular hacía ni la más mínima referencia a ello en nuestro bien amado Yugo, que este era el nombre que recibía en Almería el periódico del régimen; busqué alguna noticia por todo el exiguo diario y no encontré nada.  Luego, un par de días más tarde, leí al fin algo:  una pequeña nota casi escondida en la parte inferior de la página 7, la penúltima; la recorté y aún la conservo.  Bajo un insignificante encabezamiento que reza Obituario, se leía:

            “Nuestro valiente y fiel camarada, Antonio López Ortega, fue enterrado ayer mañana en el cementerio de San José, de esta capital.  Su muerte sobrevino tras repentina enfermedad que supo sobrellevar con ejemplar resignación cristiana.  Fueron muchos los Camaradas que estuvieron presentes en el funeral y entierro, siendo el Camarada Ramón Pérez quien dio los gritos de ritual.  Descanse en paz eternamente un hombre tan valiente”.

            Una cosa que yo sé y que el Yugo no decía es que no había sido ninguna enfermedad lo que había matado al enano:  lo habían encontrado muerto en La Rambla, colgando de una morera de aquellas, con la correa atenazándole el  cuello. Seguro.

            Otra cosa, y ésta sí que la decía la noticia y todavía hoy cuando la leo aún me divierte, es pensar que alguien allí, en la redacción del periódico, debía de querer tanto a Ramoncito Pérez como para desearle un eterno descanso en paz.

 

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