El Parte Inglés

 

06

 

ENCARNITA

 

            De repente, el corazón me dio un vuelco:  la presión apremiante de una mano en el hombro y el susurrar de un aliento maloliente cerca de la oreja me arrancaron del sueño en que el cansancio me había sumido.

            —¿No ha vuelto aún tu hermano, Paquito?

            Había estado a punto de gritar, sobresaltado por el inesperado y espectral despertar, nervioso como me sentía, además.  Entonces caí en la cuenta de la ausencia de mi hermano y algo se me agarró en el vientre y me vinieron arcadas convulsivas y silenciosas en la oscuridad; al mismo tiempo, intentaba desesperadamente no hacer ruido.  Durante unos segundos seguí oyendo el ansioso respirar de mi madre, angustiada ella, aguardando una respuesta que seguramente ya conocía; su desagradable aliento cerca de mi cara, la mano helada apretándome el hombro con más fuerza aún, sin parecer importarle el daño que me pudiera estar haciendo.

            Expectante, sí.

            Apenas si adivinaba el bulto que hacía ella recortado contra la negrura que nos rodeaba.  Finalmente, a trancas y barrancas logré articular atropelladamente:

          —No, no sé, madre; aunque no lo creo porque no he oído nada.  Me habría dado cuenta si hubiera venido, creo.

            La sentí tantear hacia la cama de mi hermano en la oscuridad, como si se quisiera asegurar; quizás pensara que me podría haber equivocado.  Luego, su angustiado susurro:

            —¡Oh, Dios mío!

            Seguido por sollozos incontrolados, aunque silenciosos.  Justo en ese momento mis anteriores presentimientos me asaltaron nuevamente, con toda brutalidad:  de golpe sentí como si estuviese cayendo en un agujero muy hondo en cuyo fondo, allá abajo, mirándome sin verme a través de las cuencas negras de sus ojos vacíos, allí estaba mi hermano; la cara rota, el cuerpo mutilado, la lengua sin voz; llevándoselo, que se lo llevaban más y más lejos cada vez...  muerto, sin duda.  Entonces sentí que, de alguna forma, mi madre también lo intuía.

            Notaba incesantes las lágrimas mejillas abajo, sin poder evitarlo, en la densa negrura a mi alrededor.  Incluso el ligero teclear de una lluvia suave en el cristal de la ventana parecía insoportablemente ajeno, distinto, cruel.

            Finalmente, con voz que me esforcé en que pareciese normal, pregunté:

            —¿Dónde está papá?

            —Fuera  —contestó.— Salió apenas acabó de comer y aún no ha vuelto.  Con alguien, seguramente, tratando de averiguar algo de lo que está pasando, me supongo; porque no dijo nada cuando se fue.

            —¿Sabe que Joaquín no está aquí?

            Tardó en contestarme, pero al final reconoció:

            —No he tenido oportunidad de decírselo.

            Desde la ciega oscuridad exterior, desde Santo Domingo, vinieron entonces, laboriosas, pesadas, lentas, claras, las doce campanadas.  El invisible doblar rodó unos instantes por delante de la ventana cerrada, allá afuera, sobre las casas ocultas en su propia negrura, y al momento se desvaneció en la distancia y desapareció, alejándose sobre los bultos amortajados y anónimos de los tejados hacia alguna nada, más negra y remota aún.

            Dije:

            —No tardará ya, madre, no te preocupes.  Llegará en cualquier momento, ya verás; después de todo, ha estado regresando tarde casi cada noche desde que vino de Granada, ¿no?

            Lo había soltado sin pensar, sin darme cuenta de que de alguna forma estaba traicionando a mi hermano.  Ella no lo dejó pasar; al instante ya estaba a vueltas con ello, con toda la tenacidad de la desesperación:

            —A veces he llegado a pensar que se ha vuelto loco.  ¿Cómo es posible que haya cambiado de forma tan asombrosa?  ¡Si alguien me lo hubiese dicho hace un año, incluso hace tres meses, no lo hubiese creído posible en absoluto!  Un chico tan bueno y tan...  Pero  —y aquí su susurro íntimo adquirió de repente una nota de profundo resentimiento; de odio, incluso—, todo fue conocer a esa golfa y mi niño comenzó a hacer todas esas cosas absurdas, a comportarse de manera tan peligrosa, tan imprudente y alocada...

            Se calló; nuestros pensamientos aislados seguían perdiéndose en la íntima oscuridad.  Lentamente.  Sin cesar.

            Nunca antes había oído a mi madre llamarla golfa, eso sí te lo puedo asegurar.  A Encarnita, quiero decir.

            Es que, ¿sabes?, ya hacía algún tiempo que mi hermano se había ido aficionando a una preciosa muchacha llamada Encarnita; todos en la familia lo sabíamos, y más o menos le seguíamos la corriente, incluso divertidos, puesto que hasta entonces no se le había conocido ningún amorío a los que tan aficionados son los jóvenes en un momento u otro de su adolescencia.  Todos en la familia... salvo mi madre, quien había dicho muy poco de lo que pensaba en la esperanza  no declarada, o al menos eso creo hoy, de que todo acabaría más pronto o más tarde y, por supuesto, totalmente convencida de que Encarnita no era un buen partido para mi hermano; o tal vez era a causa del padre de ella, encarcelado en  El Ingenio entonces, como resultado de sus tendencias comunistas ampliamente conocidas.  No obstante, hasta mi madre tenía que conceder que la chiquilla era encantadora y alegre, graciosa y divertida, y tal vez la más bonita de la ciudad, por lo que le habían dicho, claro está.

            En aquellas fechas Encarnita trabajaba como dependienta en una papelería situada en el Paseo del Generalísimo, hoy Paseo de Almería, hacia la mitad de la acera de la izquierda según bajas; se llamaba Papelería Inglesa, y en realidad no era ni papelería, sino librería principalmente, ni inglesa, sino española y la única competente de la ciudad entonces.  En cuanto a cómo se las habían apañado para conservarle el nombre, Inglesa, durante la Guerra Civil (siendo considerada Gran Bretaña por los sicarios de Franco el odiado y taimado enemigo, y siendo estos mismos oficiales y secuaces de Franco tan maliciosos, malpensados y alerta como eran y siguieron siendo durante mucho tiempo aún), es un completo misterio; quizás el mismo hecho de estar el letrero tan abiertamente a la vista, y ser un negocio tan competente y aceptado, tuviera algo que ver en ello.

            La Papelería Inglesa no está allí actualmente, como puedes comprobar, porque, en la creencia de que ése era el sitio donde todo se había urdido, que no era cierto, la arrasaron en las primeras horas del día siguiente:  tras unos minutos de frenética actividad la tienda dejó de ser la mejor librería de la ciudad para convertirse en un par de habitaciones quemadas llenas de humeantes escombros,  y dos puertas destrozadas que finalmente serían recompuestas de mala manera y quedarían en ese estado durante los siguientes treinta años o más.  Y hoy día incluso ellas desaparecieron para dejar sitio a un enorme y horroroso edificio  hace unos años, en la época en que Almería fue esquilmada al alimón por los capitalistas fascistoides de la era post-Franco y los mercaderes Felipe-socialistas en sus fructíferos ochenta.  Hay un nuevo banco en la planta baja, no quiero decir su nombre; y donde las viejas puertas metálicas enrollables y los dos escalones, erosionados en el centro por las pisadas de tantos años, daban paso a la habitación amplia y soleada con el largo mostrador al fondo y las paredes con casilleros hasta el techo, hoy sólo se puede ver una entrada acristalada que da acceso a la bulliciosa colmena que es uno de los corazones económicos de la ciudad.

            Durante un tiempo ambos habíamos permanecido silenciosos; yo en parte intentando evitar el desagradable olor de su aliento, aunque procurando que mi madre no se diese cuenta.  Justamente entonces, sobresaltándonos, se oyeron cuatro o cinco golpes fuertes, quizás algo apagados ya que parecían venir del piso de abajo, pero amenazadores en el silencio que los había precedido.

            No le llevó a mi madre ni un par de segundos llegar a la puerta del dormitorio y abrirla; durante un breve instante la vi allí, su silueta recortada contra el pasillo vagamente iluminado, quieta, como si estuviera escuchando. Aunque lo único que pude percibir fue el lento arrastrarse de las alpargatas de Daniel, y su voz suave, tranquila, amable, precediéndole camino de la puerta de casa desde algún lugar de la planta baja.

            —¡Ya va, ya va!

            Seguida de aquel carraspear tan suyo, tan cascado.

            Sólo eso.

 

HOJA DE HOY
HOJAS DE AYER
NOVELAS por entregas
anterior: 05
29-IX-12
sigue: cap. 07