El Parte Inglés

 

07

 

EL CUERVO EN CASA

 

            Unos segundos después, supongo que debió de ser cuando Daniel llegó a  la puerta y la abrió, oí unas voces repentinas seguidas de un gran tumulto y chillerío, fuertes golpes como si estuviesen derribando todo, junto con gritos agudos; al momento noté que el alboroto se iba acercando e, inmediatamente, el horrible estruendo de muchos pies atronando ensordecedora y atropelladamente escaleras arriba.

            No me atrevía a salir al corredor, de lo asustado que estaba, pero atisbando desde la oscuridad de mi habitación a través de la rendija de la puerta les vi llegar al rellano de la escalera:  cuatro o cinco hombres con oscuras camisas azules y correajes negros con grandes hebillas relucientes; todos blandían pistolas en las manos, pistolas descomunales que no cesaban de mover apuntando aquí, allá y a todas partes en tanto que por las bocas abiertas y enormes rugían gritos y órdenes que yo apenas entendía; los rostros rojos, los dientes a ráfagas, sus miradas recorriendo sin parar hasta el último rincón, como si estuviesen buscando toda clase de peligros desconocidos que desde allí les acecharan y no lograran dar con ellos pese a todo.

            Allí, en medio de ellos, se veía a uno más alto que los otros, con el cabello negro y brillante cuidadosamente peinado hacia atrás, los labios cerrados en una línea casi invisible, y ojos como dos trocitos opacos de cristal, medio abiertos y sin expresión; y por encima de todo, una nariz descomunal:  era lo primero que veías cuando mirabas aquel rostro tan terriblemente serio e impasible.  Mostraba, por lo demás, un aspecto distinguido, inmaculadamente ataviado con la camisa azul falangista de mangas cuidadosamente enrolladas hasta medio brazo a pesar del frío, pantalón oscuro con la raya perfectamente marcada, y correajes de un negro que resplandecía y con una gran hebilla reluciente.  Eso sí, parecía estar supervisando todo y a todos, apenas dejando ver sino signos casi imperceptibles que eran órdenes tajantes que los otros se apresuraban a cumplir.  Y mientras tanto sin dar la más pequeña muestra de estar afectado en absoluto, sino tan sereno e imperturbable como si estuviese realizando una visita de lo más placentera.

            Para entonces mi madre estaba ya delante de él, seguramente en un intento por obstruirles el camino y que no llegaran a mi habitación; su voz era mucho más aguda y chillona que de costumbre, pero por lo demás parecía estar manteniendo la calma, como si estuviese haciendo un esfuerzo por permanecer serena e intentando no exteriorizar ninguna señal de miedo, sino de irritación semi-contenida.

            —¿Cómo se atreven a entrar de esta manera en esta casa, asustando y amenazando a los que vivimos aquí como si fuéramos criminales que...?

            Nariz Grande no la dejó acabar:

            —Pero si es que lo son, querida mía.

            Y ni siquiera por un instante dejó de mirarla, ahora con una sonrisa levemente insinuada.

            Mi madre siguió moviendo los labios unos momentos, aunque sin emitir ningún sonido; era evidente que se había quedado estupefacta.  Y date cuenta, que esto lo digo porque lo vi:  no observé que él hiciera ningún tipo de señal, ni siquiera el más ligero parpadeo; a pesar de ello, algo debió de ser, seguro, ya que de repente dos de ellos agarraron a mi madre por los brazos al unísono y comenzaron a llevársela a la fuerza hacia el rellano y después escaleras abajo, haciendo caso omiso de sus protestas y forcejeos.

            Nariz Grande se quedó allí, ajeno a los gritos y la ruidosa oposición de mi madre, a quien ya arrastraban escaleras abajo.  Durante un instante permaneció inmóvil, mirando alrededor; me imagino que estaría haciéndose una idea de la disposición de las habitaciones en el piso de arriba.  Éstas se abrían a un pasillo acristalado que iba rodeando un patio central, cosa bastante habitual en las casas acomodadas en la Almería de entonces:  nuestro dormitorio, el de mis padres, otro que permanecía desocupado salvo por algún ocasional invitado de vez en cuando, un gran cuarto de baño, y un trastero de tamaño considerable y a pesar de ello abarrotado por toda clase de chismes viejos y rotos la mayoría de ellos.  Éstas eran todas las habitaciones.

            De pronto sentí como si una sacudida me recorriese, y supe de seguro que me había visto ya que él mantenía los ojos sin parpadear, fijos en el mismo punto, y que era desde donde yo estaba oculto observando.  No se movió, ni yo tampoco, nuestras miradas unidas durante lo que me pareció una insoportable eternidad. Finalmente, aunque pareció no mover apenas los labios, le oí decir claramente:

            —Antoñito, ven aquí, pequeño.

            Al instante allí estaba, junto a él:  una persona increíblemente chica, la más pequeña que te puedas imaginar, materializada de no sé dónde, seguramente habría estado cerca de él aunque yo no le había visto; sin embargo, allí estaba, mirando a Nariz Grande a través de unas gafas grandes de concha como si aquél fuese su dueño y señor.  Y, date cuenta, a lo mejor piensas que su aspecto era ridículo, siendo tan pequeño y eso; pues bien, no lo era:  con ambas manos sostenía una pistola que en un entorno tan diminuto parecía enorme.

            —Allí, pequeño  —dijo Nariz Grande, esta vez dirigiéndole con un mínimo gesto de la barbilla.

            Yo estaba paralizado viendo como el enano se agachaba al instante y entonces procedía a avanzar en cuclillas, moviendo lentamente los diminutos  pies, tal y como los soldados hacen en las guerras, muy cauteloso y alerta, casi escondido tras el pistolón descomunal que seguía manteniendo asido con ambas manos ante sí.

            Cuando llegó a la puerta casi cerrada se detuvo un instante, miró nerviosamente alrededor y, siempre en cuclillas, la abrió de una patada mientras chillaba lo más fuerte que podía:

            —¡Fuera!  —y:—  ¡Fuera todo el mundo!

            Como quiera que le había dado tan violento puntapié, la puerta se abrió de par en par, no golpeándome por un pelo ya que instintivamente me eché hacia atrás; a continuación aquélla rebotó y se cerró con un fuerte portazo.  Quedé unos segundos totalmente a oscuras; allá fuera, en el pasillo, oía a Nariz Grande diciéndole al enano:

            —Abre la puerta de nuevo, pequeño.  Y ábrela en debida forma esta vez, por favor.  —Lo cual era más de lo que le había oído decir de un tirón hasta ahora.  E incluso no sonaba irritado en absoluto:  si acaso, divertido.  Quizás.

            Entonces la puerta se abrió y allí estaba él, mirándome desde el umbral, las manos a la espalda, el enano a su lado aún con la pistola empuñada, apuntándome amenazadoramente.  Tras ellos distinguí a otro falangista, mirándome, vigilante también.

            Nariz Grande dijo:

            —Así que tú eres el hermano de Joaquín, ¿verdad?

            Permanecí en silencio.

 

 

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