El Parte Ingles

 

08

 

RISAS Y PATADAS

 

            Me habían llevado al piso de abajo a tiempo de ver a Daniel aún tirado en el suelo del comedor; presumiblemente, le habrían arrastrado en el curso del alboroto anterior y allí habría quedado abandonado y olvidado, confuso y perplejo, totalmente sobrepasado, siendo tan viejo y eso.  Justo en ese momento, sin embargo, intentaba ponerse en pie mientras farfullaba furioso palabras  airadas; y logrando tan sólo, claro está, chirriar como un cigarrón irritado o un pajarito medio idiota:  tan enojado le había puesto el contemplar la afrenta que sufría mi madre.

            —¡Cómo os atrevéis a tratarla así!  —mascullaba.

            Refiriéndose a mi madre, sin duda; quien en ese mismo momento era obligada a permanecer en el lado opuesto de la habitación por los esfuerzos conjuntados de dos falangistas que hacían caso omiso de sus demandas y recriminaciones mientras Isabelita, por su parte, hacía lo posible por asistirla en su angustia y todo lo que lograba era recibir empujones y golpes.

            Oí a Nariz Grande, justo detrás de mí, que se dirigía a Daniel con toda educación, preguntándole, muy considerado él:

            —¿Se refiere usted a esa mujer de la esquina, buen hombre?

            Mientras tanto había pasado por delante de mí y caminaba con toda la lentitud del mundo hacia la esforzada figura de nuestro viejo y arrugado criado; durante esos breves instantes, fíjate bien, durante todo el rato que se dirigía hacia Daniel, Nariz Grande seguía sonriendo plácidamente a pesar de la agitación y violencia a su alrededor:  sonriendo como si tal cosa; aunque, eso sí, vi que en la mano llevaba una pistola ahora.  A pesar de todo, Daniel sacó de sí bastante valor para enmendarle furioso:

            —¡Es una señora!

            Adelantando osadamente el rostro hacia el otro, como si le desafiara.

            Apenas había acabado de decir esto cuando, como un relámpago, salió la mano que sostenía la pistola y cayó con toda la fuerza sobre la mejilla izquierda  de Daniel, golpeándola con violencia atroz.

            De repente allí estaba él, en el suelo otra vez, la sangre fluyéndole a borbotones por una horrible herida en la mejilla, formando un charco alrededor  de la cabeza; los ojos estupefactos, fíjate, me miraban desde allí abajo, a mí, desde el suelo, abiertos e indefensos como los de un pajarito herido que nada comprendiera; la boca se le abría y se le cerraba de forma espantosa, con movimientos espasmódicos, continuados, aunque ni un sonido salía de ella.

            —¡Comunista cabrón, que te jodan, mariconazo!

            Nariz Grande le estaba escupiendo una a una las palabras ahora, con toda perversidad; a continuación comenzó a darle fuertes patadas sin aviso alguno, sin fijarse dónde, sin piedad tampoco, sin descanso, perdida toda su ficticia compostura.

            Aún me parece estar oyendo los horrendos chillidos de Isabelita mientras dejaba a mi madre e intentaba apresuradamente proteger a su marido arrojándose a los pies de Nariz Grande en un intento por obstruirle e impedir que siguiera dando puntapiés.  Con la misma claridad recuerdo el ruido espantoso y apagado que las patadas producían.  Y el silencio de Daniel; como si sólo fuese un saco viejo, como si no fuese una criatura viviente sino una cosa, dando pequeñas sacudidas cuando los golpes le llegaban, interrumpiendo su trabajoso respirar.

            Después, lo único que recuerdo es que yo estaba con la cara pegada al suelo, los ojos fuertemente cerrados, las lágrimas abriéndose paso trabajosamente a través de los párpados apretados, cayendo al suelo mejillas abajo mientras mis dientes aterrorizados me mordían los labios un tiempo que me pareció eterno, en medio de risas y gritos y ruidos en un alborozo horrible que nunca más querría volver a oír.

            Cuando pude abrir los ojos me di cuenta de que mi madre estaba arrodillada junto a mí, abrazándome fuertemente y diciéndome algo que no lograba entender, quizás intentando tranquilizarme, tal vez recriminando a aquellos hombres algo de lo que estaban haciendo.  No sé.

            Tampoco te sabría decir cómo es que algún tiempo más tarde estábamos sentados en el suelo mi madre y yo, la espalda contra la pared, mirando a los otros, Nariz Grande y uno que tenía un cuidado bigotito, y que eran los que habían quedado allí en tanto que los demás andaban revolviendo y registrando ruidosamente las habitaciones tanto de la planta baja como en el piso de arriba, llamándose a gritos entre ellos cuando uno u otro creían haber encontrado algo, no sabíamos qué pudiese ser:  sólo nos llegaba el sonido confuso de las voces y  los chillidos.

            Su mujer le había puesto a Daniel un pañuelo en la mejilla, aunque ello no había logrado detener del todo la sangre; estaban sentados en el suelo los dos también, apoyados en la pared opuesta a nosotros; quieto y tranquilo él, asistido por una nerviosa Isabelita que no cesaba de murmurarle con los labios muy pegados a su oreja, o de pasarle la mano por la frente, o de cogerle la mano libre entre las suyas mientras lágrimas silenciosas corrían por sus viejas mejillas de cartón arrugado y leche vieja.  No obstante, era evidente que él debía de estar pasando un rato horrible pese a su aspecto sereno:  tal herida en sitio tan sensible era seguro que le tenía que estar doliendo a rabiar.

            Justo entonces el enano bizco irrumpió en la habitación llevando excitadamente un libro abierto que yo al momento reconocí.

            -¡Camarada, camarada!  —anunció—.  ¡Mira lo que he encontrado en uno de los dormitorios!

            Casi venía saltando para así acentuar sus palabras, hablando como si hubiese tropezado con algo de la mayor importancia; aunque sostenía el libro de tal manera que yo no podía ver, ni imaginarme siquiera, a qué se debía todo el alboroto.

            Nariz Grande pasó unos instantes contemplando el libro abierto; parecía estar estudiándolo, como si estuviera absorbiendo hasta el más mínimo detalle, sopesando el significado y la importancia de lo que se había encontrado.  Por fin pareció decidirse.  Se volvió hacia mi madre y con solemnidad anunció:

            —Solamente con este ejemplo de la más cruda pornografía ya tenemos suficiente para meteros a todos en prisión por una larga temporada, so asquerosos. No todo lo larga que cada uno de vosotros se merece, por supuesto; pero sí os aseguro que, de todas maneras, pasaréis allí un tiempo.  Y estoy igualmente seguro de que pronto encontraremos algo más:  lo encontraremos, por supuesto; ya puedes estar segura tú también.

            Mientras decía esto, estaba sosteniendo el libro abierto de tal forma que todos pudiéramos ver cuál era aquel ejemplo de la más cruda pornografía; yo ya había reconocido el libro, como te he dicho:  era el texto de Historia que estábamos utilizando en el Instituto.

            Gustándome el arte, inmediatamente identifiqué la fotografía que había originado tal revuelo, esto es, el horrible ejemplo de la más cruda pornografía:  era la Maja Desnuda de Goya, la cual parecía estar observando todo y a todos con aquella tranquila e irónica expresión suya mientras, perdida en sus pensamientos, nos ofrecía su desnudez por encima de más de un siglo a todos los que estábamos en la habitación.

            Para que más nos escandalizáramos, seguramente.

            Nariz Grande no había acabado aún.  Cerró el libro de golpe y lo puso en las manos del enano, el cual había estado todo el rato junto a él, observándole atentamente con una mirada servil de adoración plena, admiradora, bizca total.

            —Camarada Antoñito, pequeño  —dijo—, te confío esta prueba, que ha de servir para que toda esta gentuza, asquerosa y antipatriótica, reciba algo de lo que se merece.  —Y al momento:—  ¡Llevadlos a todos abajo, a la camioneta!  —ordenó—. ¡Esto es... esto es...!

            Durante un instante pareció perdido, incapaz de encontrar la palabra adecuada para expresar adecuadamente la tremenda conmoción que sufría.

            Entonces oí a mi madre, siendo de su natural tan amable como era, acudir en su ayuda:

            —¿Absurdo quizás, camarada?

            —¡No me llames camarada!  ¡Yo no soy tu camarada!  ¡Yo no soy el camarada de ninguno de vosotros!  —chillaba, ya totalmente enloquecido.

 

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