El Parte Ingles

 

09

 

PASEO NOCTURNO

 

            Hoy creo que todo el rato que nos llevó ir desde la calle Gerona, en la parte baja de la ciudad, a Las Adoratrices, en el otro extremo de ésta y al pie del Cerro de San Cristóbal, y que sería de unos quince minutos, mi madre mantuvo la esperanza de que encontraría a mi hermano allí.  Ya entonces me dio la impresión de que no le importaba demasiado a dónde nos llevaban, a pesar de que no teníamos ni idea de cuál podía ser ese lugar; ella parecía ausente, como si estuviese concentrada en otra cosa, seguramente deseando saber de Joaquín, y confiando tal vez en que la estaban llevando a un sitio en donde le sería posible reunirse con él.  O saber de él, al menos.

            Realmente, para entonces ella debía de haber intuido con bastante certeza que algo muy serio y muy peligroso estaba en juego; seguramente supuso que era mejor no arriesgarse a decir algo que pudiera irritar a alguien en un mal momento, o tal vez indicar inadvertidamente cualquier cosa que pudiese ser interpretada de manera perjudicial, Dios sabe cómo,  hasta que supiese algo más de lo que estaba pasando.  El caso fue que no pronunció ni una palabra mientras estuvimos cruzando el centro de la ciudad en el traqueteante cajón de la camioneta, agarrándonos con manos ateridas a los varales que formaban los laterales en tanto que el enano y dos falangistas más nos vigilaban atentamente y ni un instante dejaban de apuntarnos con las pistolas.

            No obstante, fue un paseo tranquilo y agradable, dentro de lo que cabe, aquel trayecto a través de calles desiertas, pacíficas; incluso a pesar del viento: la luz de los focos de la camioneta delante de nosotros; la oscuridad cerrándose apenas habíamos pasado; el trabajoso runruneo del motor, que sólo se percibía a intervalos irregulares por entre el ulular del viento.

            Allá, enfrente de mi madre y de mí, en el lado opuesto de la caja de la camioneta, a veces distinguía el bulto formado por las figuras apretadas de Daniel e Isabelita, pegados el uno a la otra, me supongo que en un intento por salvaguardarse tanto del frío como de las caídas por las sacudidas de los baches y las curvas.  Callados los dos estaban.

            Y durante todo el trayecto, el espectral desfile de puertas cerradas, desconocidas, de ventanas ciegas, mudas, de paredes a ráfagas, sucias, de luces y sombras de árboles girando, movidos por el viento.  Saliendo de la oscuridad, bailoteando tontamente allí delante unos instantes fugaces, y cayendo de nuevo  en la oscuridad más completa.  El oculto ladrido de algunos perros allá también, al otro lado, muy lejos y, al momento, idos también.  Una vez y otra.

            Creo que fue al tomar la calle Regocijos cuando mi madre pareció adivinar cuál era el sitio al que nos dirigíamos.  Miró al enano, que era el que estaba más cerca de nosotros, y le dijo, como tanteando:

            —Vamos a Las Adoratrices, supongo.

            Desde entonces he aprendido algo sobre este sitio, Las Adoratrices:  un viejo convento que la Iglesia Católica perdió a causa de la desamortización de Mendizábal; más tarde, durante nuestra Guerra Civil, se utilizó, primero por las fuerzas republicanas para encarcelar a los secuaces de Franco y a la gente de derechas en general, junto con otros que no tenían ni idea de qué iba la cosa pero que sí tenían el enemigo adecuado en el sitio correcto y en el momento oportuno; después, acabada la contienda, sirvió a sus oponentes para el mismo propósito, es decir, para tener en sitio seguro a los perdedores de izquierdas y, en general, a aquéllos por los que no se sentía especial afecto, en tanto se decidía qué hacer con ellos.

            O cómo, o cuándo.

            Es este edificio, que aún hoy permanece intacto, uno rectangular, grande y de piedra, mirando a levante, lo cual es casi la única cosa buena que se puede decir de él:  su mole, deprimente y oscura, todavía hoy parece estar irradiando algo de la angustia y del sufrimiento que tanta gente padeció allí.

            El camarada enano comentó, como si respondiendo a mi madre:

            —¡Este es el mejor sitio para todos los jodidos hijoputas como vosotros, comunistas de mierda!

            Te lo aseguro:  pocas veces he notado tanto odio en tan pocas palabras. Incluso cuando quizás haya dado motivo para ello.

            Entonces la camioneta se detuvo y oí el abrirse y cerrarse de una de las puertas de la cabina; a continuación vi a Nariz Grande caminar hacia el cerrado portón de acceso al edificio.

            Mi madre no había dejado de abrazarme en todo el rato, al mismo tiempo que intentaba mantener su propio equilibrio y darme algo de consuelo.

            —¿Estará papá ahí?  —le pregunté, por encima del viento y del ruido del motor al ralentí.

 

HOJA DE HOY
HOJAS DE AYER
NOVELAS por entregas
anterior: 08
02-X-12
sigue: cap. 10