El Parte Inglés

 

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VUELTA A CASA

 

            Una noche, varios años más tarde...  supongo que sería bien entrados los cincuenta, es decir, allá por el 57 ó el 58, ya que esto fue al final del periodo (casi quince años) que pasé viviendo en Granada, en casa de mi tío Eduardo, el hermano mayor de mi madre, ya sabes...  y después de eso regresé a Almería inmediatamente; estoy seguro de que alquilé la vieja casa de la calle Restoy a principios del 59, es decir, el mismo año en que abrí la cristalería de la calle Murcia, sí...  de manera que sí, debió haber sido entonces, en los últimos días de aquel año.  Del 58, digo.  Seguro.

            De todas maneras, aquella noche en Granada a la que me estoy refiriendo vine a casa para encontrarme con que había alguien hablando con mi tío.  En el momento en que pasaba por delante de la puerta abierta de su despacho camino  de mi habitación para arreglarme para la cena, intentando no llamar la atención, eso sí, para no molestar a quien o quienes estuvieran allí, oí que él me llamaba:

            —Sobrino  —que es como él solía dirigirse a mí—, entra un momento, por favor.  Hay alguien a quien le gustaría saludarte.

            De manera que tuve que volverme y entrar en la habitación.

            Había un hombre allí con él; bajo y rechoncho, como de unos sesenta años más o menos, muy limpio y elegante en un inmaculado y veraniego traje a rayas, lo cual era raro en unos años tan duros como los que estábamos padeciendo entonces.  Desde el momento en que entré en el despacho, no dejó de mirarme con gran atención y una sonrisa indefinida bailoteándole ligera por los labios, como si estuviera esperando algo de mí y al mismo tiempo no supiera con certeza qué pudiera ser ese algo.

            —Ha pasado algún tiempo desde que nos vimos por última vez  —dijo—; no espero que me recuerdes, claro está.  Además, las circunstancias no son exactamente las mismas.

            Pero yo le había reconocido desde el mismo instante en que le vi allí de pie: había sido él quien había ayudado a mi padre a rescatarnos de las garras de Ramoncito Pérez aquella azarosa noche en Las Adoratrices; y el mismo cuyo consejo y ayuda ellos habían buscado con desesperación, y hallado por entero también, en cierta ocasión tras el juicio de mi hermano.

            Además, ya conocía algo más sobre él; información que había ido recogiendo aquí y allá a lo largo del tiempo.

            Durante aquellos aciagos meses, en casa normalmente nos habíamos referido a él como “el amigo del tío Eduardo” o como “el señor Manzano”; siempre con una nota de respeto en la voz de mi padre o de mi madre.  Entonces ya llegué a intuir que era un importante jefe de Falange en Almería, aunque no puedo decirte exactamente qué rango tenía o qué puesto ocupaba.  Más tarde descubrí que era uno de los de la Vieja Guardia, que quiere decir que había sido uno de los primeros en pertenecer a FET y de las JONS, o Falange, es decir, el partido político de José Antonio Primo de Rivera, y que incluso había llegado a conocerle y tratarle; la conjunción de ambas circunstancias en una persona, o sea, la pertenencia temprana y la relación personal, suponía un inmenso prestigio entonces, lo cual confería a la persona en cuestión una gran influencia y autoridad cuyo fundamento no he llegado a comprender del todo pero sí sé que estaba relacionado de alguna manera con el conocimiento de las personas adecuadas y con el sistema de los favores-inter-pares.

            Por supuesto, todo ello le había investido de una apabullante auto-confianza.  Aún me parece estarle viendo ahora, en este mismo instante, cuando ya han pasado más de cincuenta años de todo ello, y cuando ya él lleva muerto bastantes...  sí, aún me parece estarle viendo, te digo, en el momento en el que irrumpió en el enorme vestíbulo de Las Adoratrices, procedente de alguna dependencia interior, por una puertecita medio oculta en el rincón derecho, al fondo de la habitación:  eficiente y tajante, soberbio, sobrio e impresionante en la camisa azul con el yugo y las flechas bordadas en el bolsillo superior izquierdo, el inmaculado pantalón oscuro, los correajes de cuero y el cinturón con el mismo símbolo en la hebilla grande y de metal brillante.

            Sin embargo, no vi que llevara ninguna clase de arma.

            Aunque sí era seguido inmediatamente por cinco falangistas más que, silenciosa y rápidamente, ocuparon los puntos estratégicos en la habitación, quedándose allí con las piernas separadas, los brazos en jarras, y unos enormes pistolones que colgaban de fundas abiertas y bien a la vista; la mirada, alerta, amenazadora, recorriendo hasta el último rincón.

            Y date cuenta, apenas habían pasado cinco minutos desde que habíamos llegado.

            Nada más entrar, Nariz Grande se había ido, no sé dónde, dejando al cuidado del enano y de otros dos falangistas el vigilarnos y mantenernos atemorizados.  Tan absortos estaban en molestar a mi madre y meterse con ella que no se dieron cuenta de la entrada de los otros hasta que Manzano, como te he dicho que se llamaba, preguntó en voz alta y dura como el pedernal:

            —¿Qué está pasando aquí?

            Allí, en un rincón, vi a mi padre, medio oculto en las sombras del vano de la puertecilla, asomando la cabeza, atisbando todo con expresión asustada.

            Más tarde, mientras íbamos para casa en el cochecito que había aparecido de repente como por encantamiento a unas palabras de Manzano, los cinco apretujados en aquel espacio tan pequeño, con Daniel e Isabelita delante junto al silencioso conductor, un falangista a quien no había visto antes, escuché que mi madre susurraba a mi padre:

            —¿Dónde está el niño?

            Al pronto no entendí a quien se pudiera estar refiriendo, ya que no había “niño” en casa; luego caí en la cuenta, cuando la voz de mi padre le contestó con un murmullo aterrado:

            —Está detenido.  —Y luego:—  He intentado por todos lo medios llegar hasta él, con la ayuda de Manzano.  —Y luego:—  Ni siquiera hemos podido verle.  —Y luego:—  No sé ni dónde lo tienen.

            A continuación, un ruidito que me heló la sangre como nada en mi vida lo ha vuelto a hacer:  sus incontrolados, angustiosos, sofocados sollozos.

            Estábamos bajando por el Paseo del Generalísimo.  A través de ojos húmedos distinguía, allí, a la izquierda, los Almacenes El Águila quedándose atrás en las aceras semioscuras por las que no se veía pasar a nadie.

            Allá arriba numerosos nubarrones negros cabalgaban a toda prisa masas oscuras de copas de árboles por un cielo en el que se empezaba a insinuar una leve claridad.

            Arrastrados por el viento iban.

 

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