El Parte Inglés

 

11

 

LA REDADA

 

            Había sido mi padre el primero en darse cuenta de lo desesperada que era la situación de mi hermano; supongo que él, por sus relaciones comerciales y eso, sí tenía un conocimiento fundamentado de las circunstancias que concurrían en España en aquel momento; además, había visto tantos cadáveres en los años inmediatamente anteriores como para llegar a tener una intuición sustancial de cuál era el valor que se le daba a la vida humana aquí entonces; por añadidura, habiendo sido avisado ya de las delicadas compañías y relaciones de mi hermano, agravado todo ello por el incidente del Colón, su inquietud había ido acentuándose más y más.

            Con el propósito de buscar algo más de información, él había salido aquella tarde, tras tener la discusión con mi hermano en el almuerzo; luego supe que, después de varias visitas de las que apenas te puedo decir nada, fue a dar en casa del señor Manzano, que era donde estaba ya bien entrada la noche cuando una llamada telefónica a aquél les puso sobre aviso.  Inmediatamente ambos, junto con algunos camaradas leales que el señor Manzano juntó apresuradamente, se dirigieron a Las Adoratrices, el sitio al cual les dijeron en principio que habían llevado a mi hermano, y se las arreglaron para conseguir acceso al edificio, cosa que de entrada les negaron y, sólo gracias a la relevancia del señor Manzano, en última instancia se les permitió.

            Éste era el hombre al que estaba mirando aquella noche en casa de mi tío, en Granada.  Sí.

            —Sí, la verdad es que voy camino de Jaén  —dijo.  Es decir, Manzano dijo.

            —Le acaban de nombrar Gobernador Civil de allí  —me explicó mi tío.

            —Hace poco le estaba comentando a tu tío cuánto me habría gustado haberte visto otra vez, cuando él me indicó que estabas a punto de llegar del trabajo; de manera que decidí esperarte.  —Hizo una pequeña pausa y, fíjate, su rostro era amable, bondadoso incluso, mientras me miraba—.  Esta vez en circunstancias un tanto diferentes, sí.

            Si no es porque había visto a este hombre agradable y cortés dando órdenes tan secas, firmes, categóricas, tajantes, aquella noche quince años antes, no le habría creído capaz de ello.  No obstante, allí estaba, hablando con aquel tono tan suave, tan amistoso y comedido.

            —Le decía a mi amigo aquí  —me explicaba, pero refiriéndose a mi tío—, que lo cierto es que voy a necesitar un ayudante en mi nuevo destino, es decir, en Jaén.  Yo confiaba  —mientras hablaba no apartaba los ojos de mí—, quiero decir, esperaba que accedieras a venir conmigo a Jaén.

            Y allí estaba, mirándome sonriente, esperando mi respuesta.

            —Como su ayudante o algo así, me supongo.

            —Exactamente.  Sé que no lo lamentarás; nos llevaremos bien, te lo aseguro.

            Aquella misma noche, después que el señor Manzano se hubo ido, comuniqué a mi tío que le dejaba:  me volvía para Almería.

            Pienso que él estaba esperando algo así, habiendo estado yo tan callado y eso.

            —¿Estás enfadado conmigo?  —me preguntó.

            —¿Por qué iba a estarlo?  —intenté tranquilizarle—.  Sabes que lo llevo pensando hace tiempo; regresar, quiero decir, que hace ya que lo tengo decidido. Me parece que ahora es un buen momento para volver.

            El atardecer del mismo día en que llegué aquí, a Almería, me fui a la calle Gerona.  Estuve allí, enfrente de mi antigua casa, mucho rato; contemplando aquellas luces extrañas encenderse y apagarse a través de los cristales de las ventanas, mirando las sombras de personas desconocidas moviéndose por  aquellas habitaciones tan queridas; escuchando cada ruido pequeño, amortiguado, inaudible casi, que proviniese de aquel lugar, ahora prohibido para mí; incluso percibiendo en mi imaginación los olores tan añorados de los guisos de mi madre y de Isabelita.

            Desaparecido todo ya hacía tanto tiempo.

            De todas formas, allí me quedé.  Soñando.  Anhelando que todos aquellos seres a los que tanto había querido estuvieran allí dentro, esperando, aguardándome, para decirme entre risas que mi vida desde aquellos lejanos días no había sido sino una absurda pesadilla de la que ya era hora de despertar.

            Sí.

            Entonces, justo cuando las campanas de Santo Domingo, tan familiares como siempre, comenzaban a dar las doce, se abrió la puerta y salió un hombre al que nunca había visto en mi vida; se subió el cuello del gabán para protegerse del vientecillo helado y, frotándose las manos con brío, tomó hacia la Plaza Circular con paso vivo.

            En aquel momento, de pronto, caí en la cuenta de que si quince años antes alguien hubiese estado en el sitio donde estaba yo ahora, igualmente podría haber visto a través de aquellas mismas ventanas, divertido quizás, la azarosa discusión que siguió a nuestro regreso de Las Adoratrices, después de que Daniel, siendo el último en entrar, cerrara la puerta tras sí.  Mi silencio angustiado, el mirar callado de Daniel desde un rincón, la discreta retirada de Isabelita.  La torpeza de mi padre mientras respondía a mi madre.

            Y la desesperación de ella.

            Apenas le había dado tiempo a mi padre a encender la luz cuando ya mi madre se había dado la vuelta, encarándose con él y asaltándole a preguntas, sin darle tiempo casi para contestarlas.

            —¿Qué quieres decir con eso de que no le has visto?

            Y como mi padre masculló algo acerca de que había sido la Guardia de Asalto junto con la Guardia Civil los que habían detenido a mi hermano:

            —¡Y tú te lo has creído!  —le espetó ella, asombrada y como irónica al mismo tiempo; y de seguido:—  ¡Todo ha sido cosa de ese malnacido de Ramoncito Pérez, y tú lo sabes muy bien:  ha sido él!  ¡Todo ha sido una asquerosa mentira urdida por él!

            A esto que mi padre comenzó a decir algo que no alcancé a entender; y  allá que estaba ella de nuevo:

            —¡Por supuesto que ha sido inventado por él!  ¡Lo sé y basta:  a mí no me engañan con tanta facilidad!  ¿Te has enterado al menos de qué le acusan?

            Y mientras hablaba, ni cuenta se daba de que estábamos allí, ansiosos, llenos de angustia, oyendo todo con ojos espantados y el corazón en la garganta.

            Finalmente, y a pesar de las incesantes interrupciones de mi madre, mi padre logró medio explicar que había habido una gran redada por toda la ciudad, sacando a muchas personas de sus hogares y llevándolos a no se sabía qué sitio para interrogarlos; pero no sólo por la policía, fíjate bien, sino por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil también.  Entre los detenidos se encontraban dos o tres de los pocos médicos que había aquí entonces, varios maestros y algún profesor del Instituto, farmacéuticos, carpinteros, pescadores, albañiles, peluqueros, y no recordaba quiénes más.  Alguna mujer parece que le habían dicho que había también.  Tremendo, repetía una vez y otra; la ciudad entera estaba horrorizada, estremecida, aterrorizada.

            La impresión era, dijo, que todo había sido planeado cuidadosamente; aunque nadie parecía saber con seguridad qué estaba pasando.  Había oído por dos o tres sitios distintos, eso sí, que era algo que tenía que ver con el Parte Inglés; aunque en realidad no podía decir exactamente qué era ello.  Además, había rumores que apuntaban a que había sido ideado por los militares, que eran quienes estaban realmente dirigiéndolo todo, nadie sabía por qué tampoco.

            Y lo peor era que esto último tenía toda la apariencia de ser cierto.

 

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