El Parte Inglés

 

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LA CONFERENCIA DE NUESTRO DIRECTOR

 

            La mañana siguiente estaba profundamente dormido cuando mi madre vino a despertarme, insistiendo en que debía prepararme para ir normalmente a clase  al Instituto, en donde en aquellos entonces yo estudiaba tercer curso de Bachillerato.

            Al pronto, ni siquiera supe dónde me encontraba.  Habíamos oído dar las cinco de la madrugada en Santo Domingo antes de que finalmente mi madre se calmara un tanto, después de que Isabelita apareciera con una tila bien cargada y casi la obligara a tomársela.

            Pero pronto, progresivamente, todo me fue viniendo a la mente, sobrecogiéndome de pena, miedo y desesperación:  el silencio inmóvil de la cama vacía de mi hermano, allí, a mi lado; el aspecto angustiado de mi madre además, por más que ella se empeñase en querer ocultarlo; luego también, la ausencia de mi padre que, como descubrí poco después, ya había salido:  se fue apenas se quedó más o menos convencido de que mi madre parecía haberse tranquilizado algo y empezaba a recuperar en parte al menos su sensatez.  Y la inmensa quietud que se cernía sobre toda la casa.  Todo se me asemejaba un presagio de mal agüero aquella mañana, que era una de esas tan claras y radiantes, muy comunes aquí tras una noche ventosa.

            No obstante, sí que era cierto que ni madre estaba haciendo un esfuerzo por parecer más sosegada:  se había arreglado y llevaba un bonito vestido, uno azul que solía ponerse cuando mi padre la sacaba de paseo; pero fácilmente te dabas cuenta de que todo había sido un tiempo perdido cuando mirabas a su rostro:  aquellas dos manchas encarnadas por debajo de los ojos, y las arrugas en las comisuras de los labios, era algo desgarrador de ver y mostraban la tensión a que estaba sometida.

            Yo no había sido capaz de salir de la cama enseguida; hizo falta que mi madre viniese un par de veces más para que finalmente lograse hacerme bajar al comedor a tomar un desayuno que realmente no quería:  lo único que tenía era sueño, eso sí; me sentía incluso un poco mareado, además.

            Daniel estaba allí; llevaba un gran parche de gasa blanca que le tapaba toda la mejilla izquierda, y atendía la mesa con manos temblorosas.  Pero a Isabelita no se le veía por ninguna parte; pienso que estaría en la cocina preparando el desayuno.  Así pues, sólo éramos dos a la mesa, es decir, mi madre y yo, ya que los dos sirvientes no solían tomar sus comidas en el comedor sino en la cocina y después de que nosotros hubiéramos acabado.

            —No me lo digas más veces; tu padre dejó dicho muy claramente que tienes que ir a clase.

            De esta manera tan tajante mi madre acabó con mis quejas y pretextos  para no ir al Instituto.  No sé con seguridad por qué mis padres decidieron que debería asistir a clase, pero ten en cuenta que aquellas fueron unas horas particularmente duras para ambos; tal vez no acertaran al considerar las circunstancias adecuadamente, cosa que sí habrían hecho en otro momento; o quizás pensaron que estaría más seguro en un sitio público, como era el Instituto, que en una casa, la nuestra, que había atravesado por la dura prueba de la noche anterior.  O, por qué no, lo pudieron planear así por ser la forma más sencilla de librarse de mí; de esta manera ellos tendrían libertad para aplicarse en cuerpo y alma a intentar liberar a mi hermano sin la molestia que tal vez pensaran que yo podría ser.

            No sé.  La verdad, no sé.

           Lo primero que recuerdo de aquella mañana mientras me dirigía hacia el destartalado edificio de la Plaza de Santo Domingo, es la apariencia de completa  y total normalidad, una impresión que ya recibí apenas salí de casa y eché a andar a lo largo de la calle Gerona.  Había tanta gente como de costumbre, la mayor parte chicos y chicas en su camino hacia las distintas escuelas de la zona o el único Instituto de la ciudad; charloteaban, reían, bromeaban, incluso de vez en cuando chillaban como de costumbre en tanto no cesaban de pasar a mi lado en ambos sentidos.

            Mientras esperábamos a que abrieran las puertas, no oí ni una palabra sobre ninguna redada política o visita desagradable e inesperada recibida la noche anterior; por el contrario, todo el mundo parecía estar de buen humor, como era usual siempre que no había exámenes, los cuales los habíamos hecho inmediatamente antes de la Semana Santa.

            Más tarde ya no pareció tan normal la ausencia de uno de mis profesores. Aún recuerdo su nombre, don Alfonso Fábregas:  un señor casi jorobado y muy serio que, según me enteré años después, estaba locamente enamorado, (y sin esperanza, por añadidura), de una mujer grande y con cara de caballo que trabajaba allí, en Secretaría, y que una y otra vez le rechazaba tan sólo porque, según decía, el mero hecho de que fuese soltero era ya indicio infalible de su egoísmo y depravación.

            La hora en que nos tocaba clase con don Alfonso, nos llevaron al salón de actos, en donde el Director nos dio una larguísima charla que versaba principalmente sobre nuestra Patria y la necesidad de esforzarnos en la perseverancia de la inquebrantable y excelsa glorificación de nuestro invicto Caudillo, Francisco Franco Bahamonde; todo esto venía a fundamentarlo en el agradecimiento y veneración que le debíamos por lo mucho que por nosotros había hecho y continuaba haciendo sin tregua ni descanso.  O algo así.

            Finalmente, acabó animando a todos los allí presentes a descubrir a cualquier víbora antipatriótica sin tener en cuenta cuál fuese el sitio en que la encontrásemos; incluso si el destino hacía que por desgracia, como insistió varias veces, se daba el caso de que este sitio resultaba ser nuestra propia casa.

            Pasaron los años, fíjate, y llegó el día en democracia en el que el nombre de este Director se le dio a una calle aquí, en esta misma ciudad, tiempo después de que él falleciera rodeado por sus seres queridos y en medio del general respeto y consideración, por supuesto.

            Aún puedo leer el insultante letrero que lleva las palabras que forman su nombre, don Félix Góngora, en las pocas ocasiones en que paso por aquel callejón en el barrio del Quemadero.

            —¡España!  —gritó al acabar su charla.

            Y todos:

            —¡Una!

            Y él de nuevo, más fuerte esta vez:

            —¡España!

            Y todos:

            —¡Grande!

            Y él, a grito totalmente pelado:

            —¡España!

            Y todo bicho viviente allí, a la vez:

            —¡Libre!

            Y él:

            —¡Viva Franco!

            Ahora estaba chillando ya tan fuerte que le podíamos ver las venas abultadas en el cuello casi a punto de reventar; y la cara que por el esfuerzo adquiría el color amoratado de la locura total, tan lejos de la compostura y serenidad con que intentaba envolver sus clases y maneras.

            De forma que contestamos.  Por último, él:

            —¡Arriba España!

            Alguno de mis compañeros, no sé cual, se lo debió de decir a uno de mis Profesores, (uno al que solíamos llamar Cagafiero, aunque su nombre real era  don Cristóbal de Haro), porque cuando estábamos a punto de comenzar la última clase de la mañana entró en el aula el conserje, hombre enorme e impresionante a quien todos conocíamos y más o menos temíamos, para sacarme de clase y llevarme a su despacho, es decir, al despacho de Cagafiero, en cuya puerta éste me tuvo esperando más de diez minutos.  Finalmente me ordenó entrar con aquel vozarrón suyo, lo cual hice lleno de aprensión, cerrando la puerta tras de mí y quedando durante algún tiempo de pie ante él; sin decir una palabra, aún me acuerdo.

            Él estuvo mirándome unos segundos, en silencio también.

            —De modo  —exclamó por fin con voz extrañamente delicada—, que tú eres el hijo menor de mi amigo, ¿verdad?

            No dije nada pues no tenía ni la más remota idea de que él fuese amigo de mi padre.

            Siguió manteniendo los dedos cruzados todo el rato y hablando tan amablemente que me costaba trabajo creer que éste era el mismo Cagafiero que solía aterrorizar a sus discípulos vociferando con tanta fuerza si alguno de ellos no daba con la fórmula correcta que le estaba pidiendo.

            —¿Sabes?  —dijo—.  Estos son unos tiempos muy duros, estos que estamos padeciendo, hijo.  Debemos tener mucho cuidado porque no sabemos quién nos puede estar acechando, ¿entiendes?

            Le respondí que lo sentía, pero que no sabía a que se podía estar refiriendo; aunque sí que intuía que lo sabía desde el mismo momento en que el conserje apareció por clase para decir que me llamaban.

            Él pareció no prestar atención a mi respuesta, no obstante, ya que siguió:

            —Otra vez que necesites declarar en voz alta tu deseo de que Franco muera, debes asegurarte que estás:  en primer lugar, completamente solo; en segundo lugar, en un sitio desierto; y en tercer lugar, sin nadie cerca de ti.  Y entonces, e incluso entonces, no debes decirlo en voz alta, sino tan sólo pensarlo, fíjate bien, poniendo además mucho cuidado en que tu cara no traicione tu complacencia ni tu odio.  ¿Entiendes?

            Me daba cuenta de que estaba hablando completamente en serio y de que estaba esperando mi respuesta, a lo que me pareció.  Por fin me las arreglé para tragarme algo que se me había agarrotado en la garganta reseca, y pude murmurar:

            —Sí, señor; por supuesto, señor.

            —Ésa es la única manera en la que puedes ser útil, hijo mío, y por consiguiente ayudar a tu familia.  La próxima vez quizás no tengas tanta suerte y alguna rata despreciable puede llevar su lamentable despojo al sitio inadecuado.

            Cuando salí del despacho de Cagafiero, vi a un grupo de tres muchachos de los últimos años que aparentemente no estaban haciendo nada, sino que contemplaban en silencio mi avance por el pasillo de regreso a mi clase.  De pronto, cuando estaba llegando a su altura, uno de ellos soltó en voz alta, y como  a mi beneficio:

            —Sí, estaba liado con la comunista esa que trabajaba en la Papelería Inglesa.

            Otro, tremendamente serio, añadió:

            —Esperemos que los fusilen a los dos como se merecen.

            El tercero se aplicaba, totalmente concentrado, a una serie de carraspeos con la garganta mientras movía ostensiblemente la boca cerrada, mirándome fijamente todo el tiempo que hacía eso.  Por último soltó un esputo verdoso en el suelo y a continuación puso encima la suela del zapato y la pasó varias veces retorcidamente.  Con fuerza.

            Lentamente.

            Como con mucho odio.

 

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