El Parte Inglés

 

13

 

NUESTRO YUGO

 

            Eran tiempos difíciles, sí; y él debería saberlo, sin duda.  Cagafiero, digo.

            Cuando regresé a casa me encontré con que mi padre aún no había vuelto y mi madre estaba desesperada; Isabelita, a su alrededor por el cuarto de estar, andaba atendiéndola como buenamente podía.

            Como fuere que el contemplar a mi madre en aquel estado me angustiaba y me afligía, pensé que mejor me iba al patio ya que, además, anhelaba estar solo, avergonzado aún como me sentía; traicionado, además de furioso.  Y estúpido, también; no sólo por haber sido humillado por aquellos tres grandullones, sino también por la torpeza de mi conducta, como la reciente entrevista con Cagafiero había demostrado de manera evidente incluso para mí.

            No obstante, cuando pasaba por la cocina vi a Daniel leyendo un periódico abierto en la mesa ante él; supuse que era el diario local, muy apropiadamente titulado Yugo.  La voz del régimen era.  Apropiado, ya te digo.

            —Aún falta un poco para el almuerzo hoy  —me habló él, sin alzar la vista del periódico—.  Tu padre no ha venido.

            —¿Dice ahí algo de lo de anoche?  —le pregunté.

            Levantó la cabeza y vio que estaba esperando que me contestara; sin embargo, no respondió de inmediato, sino que en lugar de ello se quedó mirándome algún tiempo, como si estuviera sopesando la conveniencia de decirme algo o no.  Luego, lentamente, negó con la cabeza.

            —No dice ni una palabra.  Es como si lo hubiéramos soñado todo; como si no hubiera pasado nada de nada.  No se mencionan detenciones, ni tampoco se habla de redadas por la Guardia Civil o por la Policía Secreta ni nada.  Sólo la misma basura de siempre.  No que yo esperara otra cosa, por supuesto; pero esto es...  es...

            No parecía dar con la palabra adecuada.

            Estaba yo ya en el patio cuando le oí murmurar:

            —Absurdo; eso es:  absurdo.

            El año pasado me acerqué a consultar los ejemplares del “Yugo”, que están microfilmados y a la disposición del público allí, en el Archivo de la Diputación, en el tercer piso del remozado palacete de la calle Navarro Rodrigo.  Pasé varias horas viendo, examinando, estudiando los números correspondientes al año 1942, desde enero hasta agosto.  Cuando llegué al del 11 de abril, el mismo que Daniel estaba leyendo aquel día en la mesa de la cocina, claro está que tampoco encontré la más mínima referencia que sugiriera ni remotamente algo relacionado con los acontecimientos de la noche anterior.

            Hice una fotocopia.

            De vez en cuando todavía la saco para volverla a leer de nuevo:  se dedica mucho espacio a una detallada descripción de cómo Alemania estaba ganando la Guerra que tenía lugar entonces, con el hundimiento del “Hermes” como noticia de primera plana y bajo grandes titulares triunfalistas; luego hay unos cuantos artículos supuestamente optimistas y artificiosamente alegres, pero que resultan lastimosos y deprimentes hoy día; un apartado, bastante extenso, se ocupa de las medidas rigurosas adoptadas por el Gobierno para alentar a la gente a no cometer delitos antipatrióticos, principalmente estraperlo; por supuesto, también se puede leer el cotilleo político-social de costumbre, con los consabidos apartados de Falange, Orden Provincial, y Vida Religiosa, o eterna que decían ellos; en lugar destacado, además, hay una seria advertencia dirigida a los camioneros recordándoles el contenido de la ley de 21 de febrero de 42 que prohibía sobrepasar los 40 kms. por hora y el exceso de carga en los camiones; y finalmente, casi una página completa de anuncios que aún me gusta leer:  “Aceyte (sic) Ynglés:  piojo que toca, muerto es”; “Barachol, lo mejor contra la sarna”; “Hidrofosfitos Salud, contra anemia, clorosis y raquitismo”; uno grande de la corrida que tendría lugar el 13; otro más sobre la proyección de la película “Raza” en los cines Cervantes y Hesperia simultáneamente.  Y por ende, varios anuncios de doctores también, todos ellos muertos ya y enterrados hace largo tiempo a pesar de los muchos conocimientos y sabiduría que tenían.

            Ida también la mayor parte de la gente que pudiera recordarlos.

            Sí.

            Ya en el patio me fui a la esquina que dedicábamos a criar unas pocas gallinas y un elegante gallo, hermosísimo, seguro y orgulloso él, y que todos sabíamos que estaba destinado a servir de almuerzo el día del cumpleaños de mi hermano, en el mes de agosto siguiente.  No te puedo decir cuánto tiempo estuve contemplándolas, pero de repente me sacó de mi especie de ensueño un griterío espantoso que venía del interior de la casa.  Antes de llegar a la cocina, ya sabía que era mi madre.

            Allí no había nadie, Daniel había desaparecido.  No obstante, ahora distinguía la voz discreta aunque nerviosa de mi padre, casi implorante, mezclada con la irritada y exigente de mi madre que le preguntaba algo que no pude entender, ya que las voces parecían venir de más allá de la entrada, como del cuarto de estar.  Según avanzaba angustiosamente por el pasillo comencé a oír lo que decían con más claridad, ya que el alboroto y las voces ahora venían desde el cuarto de estar hacia la entrada:  mi madre primero, mi padre inmediatamente tras ella e intentando impedirle abrir la puerta de la calle.

            —¡Tengo que ir a decírselo!  ¡Tengo que ir a decírselo a todos!  —chillaba ella como loca; y:—  ¡Déjame ahora mismo, Paco, te he dicho que me dejes, que voy a...!

            —Pero, escucha, querida  -intentaba razonarle mi padre al tiempo que hacía por sujetarla con ambos brazos—.  Por favor, cariño, escúchame; no puedes arreglar nada con ir. ¿Dónde vas a ir, dónde...?

            —¡Tengo que decírselo a todos ellos, uno a uno si hace falta!  ¡Él no es ningún traidor, eso es un disparate!  ¡Él es sólo un niño, eso es lo que es, un niño tan sólo:  mi niño!  ¡Dios mío, cómo se atreven a decir que es un traidor, que es...!

            Daniel vino hacia mí por el corredor y cogiéndome del brazo me hizo volver hacia la cocina.

            —¿Qué pasa con mi hermano, Daniel, qué le ha pasado a Joaquín?  —le preguntaba yo entre tartamudeos y medio llorando—.  ¿Es verdad que lo van a fusilar?  ¿Qué es lo que le han hecho?

            De verdad, de verdad, te digo que aquellos fueron unos de los peores instantes de toda mi vida; con una mano grande y fría cogiéndome apretones largos y duros en la barriga, retorciéndome el corazón, atenazándome la garganta y haciéndome tragar sin parar algo amargo que me seguía subiendo del estómago y que a pesar de todo no lograba que bajara.

            Aquellas paredes tan seguras parecían oscurecerse y derrumbarse sobre mí.

            Daniel no paraba de hablarme, trastornado también él, pero amable:

            —No pasa nada con tu hermano, no te preocupes.  Nada.  Tu hermano está bien.  Anda, ven conmigo al patio para que...

            Y así.

            Luego supe el motivo de aquel arrebato tan extremo y desesperado de mi madre:  se acababa de enterar de que mi hermano había sido acusado de traición a la Patria.  Mi padre, completamente desorientado y confuso él mismo, no había podido ocultárselo; sé que esto es algo por lo que él se culpó y que lamentó hasta su final, aunque no veo cómo podría haberlo evitado.

            Yo no, por supuesto; o sea, yo no le echo a él ninguna culpa.  En cierta ocasión estuve hablando con alguien que estaba con él la mañana en que se enteró de que habían acusado a mi hermano de traición:

            —Tu padre supo muy pronto  —me explicó—, quiero decir, aquella misma mañana, ¿entiendes?, que los que habían arrestado la noche anterior habían sido puestos bajo jurisdicción militar; aunque nadie parecía saber por qué lo habían hecho ni qué pasaba ni nada.  Al principio él pensó, bueno, en realidad lo pensamos todos, ¿eh?, que debía de haber algún error.  Fuimos entonces al Gobierno Militar aquí, ya sabes, en la calle San Pedro, que ahora es un caserón grande y casi en ruinas pero que entonces era el Gobierno Militar, ¿sabes?, no creo que te acuerdes.  Bien, pues fuimos allí porque alguno de nosotros era pariente de alguien que estaba destinado allí, en el Gobierno Militar, ¿eh?  Vamos y preguntamos por él, ¿sabes?, y entonces allí que vino este tío, este brigada creo que era, sí, el pariente de nuestro amigo, ¿entiendes?  Sí, y entonces allí que llega y va y nos dice que mejor que nos fuéramos de allí; y que él, es decir, su pariente o nuestro amigo, ¿entiendes?, que debería tener más cuidado de con quién se relacionaba ya que el joven por el que preguntábamos había sido acusado de traición a España.  Y bien, todo esto lo dijo el jodido, ¿sabes?, cada palabra la dijo en voz alta para que todos lo pudiéramos oír; aunque todo el rato estuvo haciendo como que hablaba con este pariente suyo, ya sabes.  Pero sin dejar de mirarnos a nosotros, el muy cerdo.

            —¿Y entonces?  —le pregunté.

            Me miró como extrañado unos instantes antes de seguir:

            —¿Entonces?  —dijo finalmente—.  Entonces, nada, por supuesto.  Que él se dio la vuelta y...  bien, se fue.  Deprisa y brusco, seco, tajante.  La verdad es que ahora que lo pienso me supongo que estaba más que aterrado de que lo vieran hablando con nosotros.  Su pariente, nuestro amigo, todavía estaba dándole las gracias y a él ya no se le veía por ninguna parte.

 

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