El Parte Inglés

 

14

 

EL CURA

 

            Al principio no había forma de que nos enterásemos de nada.  Nadie parecía poder dar a mis padres pista alguna de lo que estaba sucediendo:  había quienes, simplemente, no lo sabían; otros, la mayoría, tenían miedo.  De esta manera tan dura mis padres vinieron a aprender lo que es realmente la amistad; lo que son los seres humanos, eso también.

            Lo primero que hicieron fue intentar localizar por alguna parte a un cura que estuviese altamente considerado por el régimen.  Siendo Almería en aquel tiempo una ciudad pequeña, esto no era difícil en absoluto; especialmente para mi madre, cuya familia siempre había sido más o menos de derechas, aunque no tanto como para haberse declarado abiertamente de esa tendencia cinco años antes, cuando los hermanos Del Águila y otros pájaros del mismo dudoso nido mataban con aquella gracia, aquella abundancia y aquel donaire tan suyos a quienes tal imprudencia cometían.

            No obstante, sí era cierto que algún miembro de la familia de mi madre, creo recordar que una prima solterona de ella o algo así, había ayudado a esconder, y en consecuencia a salvar la vida también, a un cura.  El nombre de éste, como más tarde me enteré, era padre Alberto Gómez, y estaba al cargo de la parroquia de La Magdalena, por aquellos días una de las más importantes, si  no  la que más, de toda Granada.  Así pues, aquella misma tarde mis padres se dirigieron a la oficina de teléfonos, que estaba en la calle Navarro Rodrigo como sabes, y allí pasaron un rato considerable intentando que les pusieran en contacto con este cura, este don Alberto que te digo.  Y date cuenta:  mi madre se había mantenido insistiendo terca e inflexiblemente en que ella acompañaría a mi padre a telefonear; así pues, él había tenido que ceder al final, cuando se dio cuenta de que no iba a poder convencerla de lo contrario.

            Cuando volvieron a casa aquella tarde, ambos parecían algo más tranquilos:  el padre Alberto les había asegurado que haría todo lo posible para que el recién nombrado Obispo de Almería en persona (un tal José María, que ése era su nombre), que apenas llevaba tres meses aquí, les recibiese y les atendiese favorablemente, ya que resultó que le conocía.  Ellos deberían volver a telefonearle a las diez aquella misma noche y el padre Alberto les diría entonces la fecha y hora exactas para la entrevista; de manera que a las nueve y media allá que se fueron de nuevo a la Telefónica.  No supe a qué hora regresaron, porque  yo ya me había acostado; pero debió de ser bastante tarde puesto que ya llevaba  en la cama un rato cuando oí las campanadas de las once, y no había notado que ellos hubiesen vuelto aún.

            La mañana siguiente recuerdo que me levanté alrededor de las ocho, y ya mis padres se habían ido a su entrevista con el Obispo José María.

            —¿Cuándo regresaron mis padres anoche?  —le pregunté a Isabelita mientras desayunaba apresuradamente en la cocina, tarde como iba ya para el Instituto.

            —Volvieron pasadas las dos de la madrugada  —contestó—.  Estuvieron hablando con el padre Alberto y él les dijo que el Obispo les recibiría esta mañana a las ocho; ahí es donde han ido ahora.  Además también les dio las señas de otro sacerdote al que él había telefoneado y que era posible que pudiera hacer algo para que tus padres vieran a tu hermano, creo.  De manera que anoche también fueron a ver a este otro cura.

            Al momento me sentí nervioso y excitado:

            —¿Vieron a Joaquín?  —le pregunté—.  ¿Cómo está?  ¿Está bien?  ¿Cuándo va a volver?

            —No, no pudieron verle  —me cortó ella—.  Sí estuvieron hablando con este otro sacerdote, por supuesto que sí; y él se portó como un buen hombre, así le guarde Dios.  —Se santiguó rápidamente, tal y como solía hacer siempre que pronunciaba el nombre de Dios; y aún se quedó unos instantes moviendo silenciosamente los labios, murmurando algún sortilegio místico o fórmula milagrosa que ella indudablemente conocía, pero que yo nunca llegué a saber; sólo tras haber acabado y haberse santiguado de nuevo, añadió:—  Cuando vio lo angustiados que estaban tus padres, él mismo les acompañó al Gobierno Militar,  a pesar de lo tarde que era, para intentar llegar hasta tu hermano; pero no les dejaron.

            —¿No les dejaron?  Pero...  pero, ¿por qué?

            —Bueno, ya sabes, el ejército es así:  te dicen que tienes que hacer esto o lo otro, o que no hacerlo, quién sabe; aunque no te dicen por qué, o por qué no, ¿entiendes?

            Yo estaba perplejo:

            —No.  Por supuesto que no entiendo.  Me parece totalmente disparatado.

            —Bueno  —concedió—, a lo mejor tienes razón; pero las cosas son así y no podemos cambiarlas.  El ejército es así y ya está:  ridículo por completo, claro; como niños jugando a matar lo único esencial que cada cual tiene en la vida.

            Sus mismas palabras me parecieron entonces un absurdo; tontería femenina o de vieja o algo así.  Luego, más tarde, he podido ir dándome cuenta  de la mucha razón que le asistía; e igualmente he ido aprendiendo a mejor  estimar y apreciar en lo que valen las opiniones de la mujer, como sensatas y muy prácticas en general.  Lástima es, eso sí, que no se las considere como debiera, entre nosotros quiero decir; a las mujeres me refiero:  que no se las considera, digo.

            —Al menos  —dijo—, ahora sí sabemos dónde está.

            —¿Dónde?

            Dejó algo que estaba secando con un trapo de cocina y se volvió a mirarme.

            —Está en El Ingenio  —soltó al final.

            Se quedó callada, mirándome asustada con los ojos muy abiertos.

            Naturalmente, yo no sabía nada de El Ingenio entonces; luego, sí, claro está:  hoy día es tan sólo un enorme y elaborado pórtico de entrada, medio arruinado por la intemperie y el abandono; apenas queda otra cosa sino que montones de escombros de derribos y desechos, eso sí, esparcidos aquí y allá, cubriendo lo que en aquellos días era el gran patio central.

            Estaba éste cerrado entonces en tres de sus cuatro lados por unos grandes cobertizos en donde se mantenía a los presos políticos, hacinados y sin hacer nada, salvo desesperarse, resignarse y aguardar a que se decidiera su destino; en el otro lateral, es decir el frontal y a ambos lados del portón de entrada, se sucedían una serie de oficinas y habitaciones para los guardas y administración.

            Al fondo, más allá de los barracones que te he dicho que lo cerraban, aún entonces se podían ver unas cuantas construcciones desperdigadas y medio abandonadas, pero que un par de años antes habían resultado imprescindibles. Hasta que los fusilamientos, claro está, algunos traslados, y las muy pocas liberaciones de presos las fueron haciendo paulatinamente inútiles.

            —¿Qué es eso, El Ingenio?  —insistí.

            —Cuentan unas cosas horribles de allí  —susurró, una pizca de temblor deslizándosele en la voz.

            Daniel debió de haber entrado en la cocina mientras tanto, pero no fue hasta que habló cuando me percaté de su presencia.

            —No asustes a Paquito, mujer  —que era como solía referirse a mí desde que era pequeño—.  Mejor no hablas sobre lo que no sabes.

            Pero es que, claro, debes darte cuenta de que siempre me vio como si yo fuese un chiquillo; no creo que cayera en la cuenta de que yo ya entendía y empezaba a saber algo de lo que pasaba a nuestro alrededor.

            A todo esto él, fíjate, aún tenía la enorme gasa cubriéndole la herida de la mejilla.

 

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