El Parte Inglés

 

15

 

EL OBISPO

 

            En principio, la entrevista con el Obispo fue un completo fracaso, es decir, si hemos de creer a mi padre.

            Cuando regresaron de allí mi madre parecía algo confusa, como si no supiera qué pensar exactamente, o como si quisiera convencerse de que aún cabía esperar ayuda, o consuelo o qué sé yo, del Obispo José María.  Así pues, a cada comentario intencionado que mi padre hizo durante el resto del día, ella contestaba:

            —Él no puede ser así.  —O:—  Él no haría eso.  —Como si defendiéndole; para añadir a continuación, a modo de explicación suficiente:—  Un obispo es un representante de Dios en la Tierra.

            Sólo que a mi padre no se le engañaba tan fácilmente; por ello durante toda aquella tarde estuvo simplemente furioso:  iba mi madre y decía aquello del representante de Dios, o algo similar, y de momento allá que saltaba él, como hablando para sí; aunque en realidad, por la intención y altura de voz, era obvio que iba dirigido principalmente a la consideración de mi madre, y en su beneficio, por supuesto:

            —Un hipócrita de Dios en la Tierra; su charlatán, no su representante.

            A partir de algunas palabras o frases sueltas que inadvertidamente yo  capté aquel día, y de los comentarios que mi padre fue incapaz de callarse entonces y más tarde también, y de los acontecimientos que siguieron, por añadidura, yo pude ir reconstruyendo en gran medida lo que había sucedido en aquella lamentable e inolvidable entrevista, que se dice.

            Aquella mañana mis padres llegaron al Palacio Episcopal, que está enfrente mismo de la Catedral como bien sabes, a las ocho en punto, esto es, a la hora que les habían indicado, pues el Obispo era pájaro madrugador.  Mi madre llevaba un gran bizcocho de chocolate que había estado cocinando a lo largo de gran parte  de la noche porque sabía, como muchos en Almería, que a este hombre, a este Obispo, le gustaban a rabiar, entre otras cosas, este tipo de exquisiteces que tan caras eran entonces.

            Fueron recibidos por otro cura, un hombre llamado Juan Martínez, moreno él, bajo y de sonrisa perenne; además, no solía llevar sotana, cosa que los demás curas sí hacían:  en lugar de ello vestía un traje seglar oscuro con alzacuello blanco; rareza esta que el Obispo no sólo permitía, sino de la que estaba muy orgulloso además, y que apreciaba en mucho, ya que Su Ilustrísima la consideraba como un signo indudable de su propia tolerancia, progresismo y accesibilidad.

            Este cura, notando el plato del bizcocho cubierto por una servilleta en las manos de mi madre, preguntó:

            —¿Es eso un regalo para Su Ilustrísima?  —todo ello al mismo tiempo que lo cogía ya y lo ponía en una pequeña mesita en un lateral.

            —No te dejó ni tiempo para decir una palabra  —se lamentaría más tarde mi padre, ya en casa.

            —Pero, bueno  —replicaba irritada mi madre, ambos ya nerviosos y exasperados como estaban—, de todos modos, ¿para quién era el dichoso bizcocho, eh?  Vamos, dímelo.

            Y la respuesta invariable de mi padre:

            —Para cualquiera menos para él, puñetero gordinflón y fariseo.  ¿Te ha devuelto por lo menos la servilleta con que lo llevabas tapado para que no cogiera polvo por le camino, eh?  Anda, dímelo tú ahora.  Pero mejor te contesto yo:  no, no te lo ha devuelto, qué va.  Ni siquiera te has traído el plato en que lo llevaste; también se quedaron con él.

            —Su Ilustrísima les recibirá ahora  —dijo a mis padres el cura, este tal Juan;  y, con esto, les condujo a una gran sala, precediéndoles a través de la impresionante puerta de madera tallada que parecía recién hecha.

            —De todos modos  —diría después mi padre, siempre que se ponía a pensar en ello—, es absolutamente inmoral:  vivir con esa ostentación.  Una habitación tan lujosa.  ¡En un palacio!  Y mientras tanto, la gente muriéndose de hambre por todas partes, desenterrado cabras muertas para comérselas, cadáveres ya.  Y él, en cambio, ¡venga bizcochos...!

            El Obispo José María estaba reposando medio reclinado en un sillón mullido y grande; varios dedos gordezuelos, que asomaban por entre mangas de un suntuoso tejido rojo, venían a reposar tranquilamente entrelazados por encima de la abultada barriga.  El cuello, corto y grueso, parecía estar medio enterrado por una cabeza redonda y abundante, firmemente asentada sobre él, abermejada y a modo de opulento tapón, en la cual se abrían un par de ojillos glotones que inmediatamente vinieron a reposar sobre mi madre.

            —Es que fue como si yo no estuviera allí:  el muy cerdo sólo tenía ojos para ti  —oí que mi padre rechinaba varias veces—.  Cada palabra que dijo, fue para tu provecho exclusivamente; todo el rato con los ojillos recorriendo tu cuerpo como si...

            —Recemos, hija mía, recemos:  eso es siempre lo primero y lo último, a lo que debemos estar dispuestos en todo momento, el alfa y la omega de todas las cosas.  Ese es el secreto:  la oración, que es lo que hace que este mundo esté como está, para que te des una idea de lo que vale...

            Siguió así durante un cierto tiempo.

            Mi padre seguramente debió de perder la cabeza en algún momento a lo largo del discurso, que ya se prolongaba un tanto de más porque al Obispo, como a tantos otros clérigos, le gustaba oírse; de manera que le interrumpió:

            —Su Ilustrísima, en realidad nosotros hemos venido para hablarle de  nuestro hijo.

            Esta vez Su Ilustrísima sí pareció darse cuenta de la presencia de mi padre por primera vez.

            —Y, ¿quién eres tú?

            —Es mi marido, Su Ilustrísima.

            —¿Tu marido?  —Volvió los ojillos sorprendidos buscando al cura del traje seglar, que estaba a su lado, un poco más atrás—.  ¿Qué está haciendo él aquí, Juanito?

            Como si no pudiera entender.  Como si fuera demasiado para él.

            Al final parece que vagamente accedió a hacer lo que pudiera en favor de mi hermano; por lo menos eso es lo que creí entender de lo que mi madre dijo aquel mediodía mientras tomábamos un almuerzo que fue casi totalmente silencioso, salvo nerviosas intemperancias que se dirigían mis padres de vez en cuando.

            —No hará nada en absoluto  —sentenció mi padre—.  ¿Te preguntó acaso el nombre de nuestro hijo, eh?  ¿Quiso saber dónde estaba preso, al menos?  ¿Pareció interesado en nosotros una vez se dio cuenta de que yo estaba allí también?  Yo te lo diré, querida:  se tragará tu bizcocho y todos los bizcochos que le presente su Juanito.  Y los dos seguro que a estas horas se han olvidado ya hasta de que existimos.  Del todo.

 

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