El Parte Inglés

 

16

 

LA MADRE DE ENCARNITA

 

            No era cierto que habían llevado a mi hermano a El Ingenio, en la salida de Los Molinos y en las afueras de Almería, ya sabes.  Por el contrario, aún estaba  en la ciudad, casi en el centro de la parte antigua, escasamente a trescientos metros de casa; sólo que nosotros no lo sabíamos.

            Así pues, fíjate, la noche anterior a la dichosa entrevista con el Obispo, mientras mi madre aplicaba su esperanza a la cocción del bizcocho para Su Ilustrísima y luego iba a desesperar su inquietud en la húmeda negrura de su habitación, seguramente que para cavilar en el inminente encuentro y creyendo a mi hermano a unos cuatro kilómetros hacia el este en línea recta, yo en cambio ahora me lo imagino a él, solo y asustado, anhelando estar con ella, con mi padre, conmigo, con cada uno de nosotros en la comodidad de un hogar que en realidad no estaba ni a medio kilómetro siquiera.  En línea recta también, por supuesto.

            Pero nosotros no lo sabíamos entonces, ya te he dicho; lo supimos luego, aquel mismo día, de una manera más bien insospechada, emotiva incluso, aunque yo entonces no me percatara.

            Esa tarde, tras aquel almuerzo tan borrascoso y arrebatado, mi padre salió supongo que a la búsqueda de algún amigo o conocido suyo, desesperado como estaba, claro; unos minutos después, yo también me fui a las clases de la tarde, ya que mis padres seguían insistiendo en que no debía faltar al Instituto.

            Cuando regresé a casa, casi tres horas más tarde, Isabelita me abrió la puerta.  Como yo hiciera por dirigirme hacia el cuarto de estar para dejar los libros, me susurró:

            —Mejor te vienes a la cocina o subes a tu habitación, porque tu madre tiene visita.

            Era tan raro que mi madre recibiese visitas que al principio creí que había entendido mal.

            —¿Qué visitantes?  —le pregunté, extrañado.

            —No; visitantes, no:  una visita.  Sólo una persona.

            Me di cuenta de que parecía estar silenciando algo que, no obstante, se le notaba que estaba rabiando por decir; me quedé mirándola, esperando, y al momento lo soltó:

            —Es la madre de Encarnita.  —Y, como si le pareciera que yo no terminaba de entender del todo, añadió:—  Encarnita, la novia de tu hermano.

            Totalmente satisfecha; esperando mi reacción y eso.

            —¿Qué está haciendo aquí esa mujer?  ¿A qué ha venido?

            —Eso no lo sé.  Llegó hace una media hora más o menos, y pidió ver a tu madre.

            —¿Y mamá la recibió?  —pregunté con incredulidad.

            ¡Pues, sí:  la había recibido!

            —Inmediatamente  —dijo Isabelita.

            Cuando se lo conté a Daniel en la cocina, donde él estaba pelando algo para la cena esa noche, tan sólo comentó:

            —La gente es así:  la desgracia y la adversidad tienden a unirlas.

            —¿Por qué?

            Paró unos instantes, como para meditar sobre ello, a lo que me pareció; entonces, como no encontrara una respuesta satisfactoria, movió la cabeza lentamente y reanudó su tarea.

            —Eso no lo sé.  A lo mejor es porque en los momentos difíciles es cuando nos damos cuenta de lo pequeños que somos.  Vemos las cosas como son en realidad.

            Pasó un rato antes de que mi madre saliera del cuarto de estar y acompañara solícitamente a una figura de oscuro, insignificante, anónima, encorvada, totalmente envuelta en un chal negro; entonces, cuando cerró la puerta tras la visita, se vino a la cocina.  Vi que había estado llorando; tenía en la mano un pequeño pañuelo que agarraba con fuerza y que, de vez en cuando, se llevaba  a los ojos para secar algunas lágrimas que aún brotaban.

            —¿Qué pasa?  —preguntó Isabelita, acudiendo a su lado inmediatamente.

            Sólo que era como si no pudiera hablar.

            —Joaquín no está donde creíamos, es decir, no está en El Ingenio  —soltó al fin—.  En lugar de llevarlo allí, cuando lo arrestaron, se lo llevaron derecho al Cuartel.  Ha estado allí desde entonces.  ¡Oh, Dios mío...!

            Y derrumbándose sobre la silla que tenía más cerca, incapaz de estar de pie, comenzó a sollozar a sacudidas, incontrolablemente.

            —¿Qué es el Cuartel?  ¿Es eso peor que El Ingenio?  —le preguntaba yo a Daniel, sintiéndome de pronto aterrorizado de nuevo a la vista de mi madre en tal estado; no obstante él no pareció darse cuenta, pues no dejaba de decirse para sí mismo:

            —De manera que era cierto; ha sido cosa del ejército.  —Como si hasta entonces no lo hubiera creído del todo.

            Mi padre vino pronto aquella noche.  Le oímos abrir la puerta e irse derecho a su estudio; aunque de momento ya estaba mi madre tras él.  Mientras cerraba la puerta, escuché que le decía:

            —Me he enterado de dónde tienen al niño.

            También oí la brusca y desolada respuesta de mi padre, semiapagada, desde dentro del estudio ya:

            —Yo también.

            En aquellos días ni siquiera cruzó por mi cabeza cómo era que la madre de Encarnita había sabido tan pronto a dónde habían llevado a su hija; quiero decir, incluso antes de que mis padres averiguaran lo mismo respecto a mi hermano. Porque a ambos los encerraron en el mismo sitio:  en el Cuartel, donde el Regimiento de Infantería Nápoles número 25, el único existente en Almería, tenía su acuartelamiento.

            Era allí, en pleno centro del casco antiguo, en el edificio sólido, compacto y rectangular que aún hoy se levanta junto a la Plaza de Pavía, justo al pie de la Alcazaba, nuestra fortaleza árabe, allí era, te digo, donde estaban en ese mismo instante.  Sí.  Allí los habían llevado la misma noche que los apresaron junto con otros seis jóvenes más que sus captores consideraron en un primer momento que eran los dirigentes de lo que luego se conoció como El Parte Inglés, (nombre que le vino por el boletín radiofónico de la BBC sobre la Guerra; pero date cuenta:  ¡la Segunda Guerra Mundial!).

            Con el tiempo vine a saber que la madre de Encarnita tenía un hermano que era cura en uno de los pueblos del valle del Andarax, y que se las había ingeniado para sobrevivir durante la Guerra, la nuestra.  Además, su familia llevaba viviendo en Almería varias generaciones y eran, por consiguiente, muy conocidos.  Y lo que es más, siendo unos individuos amables y serviciales, alegres y extrovertidos en su conjunto, eran en general bastante estimados; a pesar, fíjate bien, de la ampliamente conocida militancia comunista del padre de Encarnita, algo esto último que en aquellos entonces él llevaba purgando debidamente en El Ingenio desde el final de nuestra Guerra Civil.

            Pienso que todos ellos debieron de movilizarse frenéticamente apenas se enteraron de que la habían detenido; como hormigas a las que hurgaran fuertemente con un palo muy inesperado, muy doloroso, sí.

            Casi seguro que el cura anduvo preguntando entre sus relaciones.  Alguien me contó después que éste, este cura, ya había podido arreglar una breve visita entre madre e hija antes incluso de que nosotros supiéramos dónde estaba mi hermano.

            A pesar de ello, Encarnita tampoco pudo tranquilizar gran cosa a su madre: no entendía nada de lo que estaba pasando, nada en absoluto; y sólo lloraba y lloraba, mortalmente asustada, como la joven adolescente que era entonces.

 

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