El Parte Inglés

 

17

 

EL OBISPO OTRA VEZ

 

            Mis padres permanecieron en el estudio más de una hora.  Anocheció y tuvimos que encender la luz en la cocina, donde yo estaba esforzándome por concentrarme en mi tarea escolar; prefería quedarme allí ahora en lugar de hacerla en mi habitación, porque la vista de la cama de mi hermano, vacía, silenciosa, sin deshacer, era algo demasiado duro de soportar; además, me estaba acostumbrando a la tranquila compañía de los dos ancianos.  Éstos podían estar sentados largo rato sin pronunciar una palabra, Isabelita totalmente absorta en su costura, Daniel liando y fumando un cigarrillo tras otro y llenando la habitación con aquella bruma tan suya, azulada y como de ensueño.  Hoy creo que simplemente disfrutaban con la proximidad y compañía el uno del otro.

            No habían dado aún las diez cuando de repente Daniel levantó la vista y preguntó:

            —¿Qué ha sido eso?

            Isabelita y yo nos quedamos mirándole; yo no había oído nada en absoluto, absorto como estaba en un dificultoso problema de matemáticas, me parece recordar.

            Ella preguntó:

            —¿El qué?  No he oído nada —aunque era patente un trazo de intranquilidad y miedo en su voz.  Había dejado de coser y estaba con la cabeza un poco inclinada, como si pretendiera captar hasta el sonido más débil.

            Entonces sí que lo percibimos claramente:  un toque inseguro y apagado en la puerta de la calle.

            Hoy día, cuando alguien llama, toca, golpea, aporrea, o incluso da puntapiés en tu puerta por la noche, tú en realidad no tienes un gran motivo para preocuparte, o intranquilizarte.  Para enfadarte, quizás; pero no tienes por qué sentir que el corazón te da un vuelco, ni que las tripas se te sueltan dentro de ti. Nada de eso:  vas y compruebas quién es el que está haciendo el ruido y qué es lo que le pasa, y eso; pero mientras tanto no has tenido motivo para sentir miedo real porque sabes que si acaso algún peligro se te presentara de improviso, encontrarías ayuda inmediata, firme y legal:  estás seguro y así lo sientes y vives sin miedo.

            ¡Eso es libertad!

            Yo sé que la gente que padeció la Guerra, es decir, nuestra Guerra Civil, nunca más ha sido libre.  Yo no lo soy:  cada vez que oigo aunque sea un ligero golpe en la puerta de la calle, no lo puedo evitar pero siento cómo las piernas me flaquean y de golpe todo me asalta de nuevo.  Quiero decir, el apresurado retumbar de las botas escaleras arriba, la horrible herida en la mejilla de Daniel, las camisas azules, la sonrisa helada tras la nariz grande, el...

            Vivir con miedo es como ir muriendo en vida.  Créeme.

            Cuando Daniel llegó a la puerta, mi padre ya estaba allí preguntando desde dentro, aún sin abrir:

           —¿Quién es?

            Desde donde yo estaba, mirando escondido en las sombras del corredor, alcancé a escuchar la respuesta indecisa, por sobre el golpeteo de mi corazón:

            —¿Está la madre de Joaquín en casa?

            Por un momento mi padre desvió la vista para mirar a mi madre, que estaba aguardando en la puerta del estudio.

            —¿Por qué quiere saberlo?  —preguntó.

            Tras unos instantes de silencio:

            —Traigo un mensaje para ella...  de Su Ilustrísima.

            Supongo que mi padre no lo captó al pronto:

            —¿Su Ilustrísima?  ¿Qué Ilustrísima?

            —Su Ilustrísima el señor Obispo.

            —Abre la puerta, Paco, por favor  —rogó mi madre.

            Una figura desconocida, de negro, estaba de pie en el pequeño portal que había antes de la puerta interior que daba acceso a la casa, tal y como era habitual en la Almería de entonces.  Sostenía en una mano algo que parecía un sombrero redondo de ala ancha; la otra mano la mantenía escondida a la espalda.

            A la luz de la entrada pudimos ver cómo unos ojos grandes y claros nos examinaban para finalmente ir a detenerse en mi madre.

            —¿Es usted la madre de Joaquín?

            Ella avanzó un tanto vacilante.

            —Sí.

            Pude discernir ahora que quien nos estaba mirando desde aquella mortecina semipenumbra era un seminarista; uno joven, de apenas unos dieciocho años, no más.  Avanzó un paso y, sacando la mano que tenía a la espalda, le ofreció a mi madre el sobre que hasta entonces había mantenido oculto, al tiempo que decía:

            —Con los saludos de Su Ilustrísima.

            Se dio la vuelta y ya se había ido.  Aún acerté a ver cómo se ponía el sombrero incluso antes de que alcanzara la acera:  una sombra esfumándose, un revoloteo, y nada.

            Mi padre cerró la puerta; seguimos todos a mi madre, que se había metido en el cuarto de estar.  Aún no había llegado allí y ya había abierto el sobre y sacado algo de él.

            —El portador de la presente tendrá libre acceso al prisionero Joaquín Marhuenda Valdemiras desde las 11 horas hasta las 11 horas 30 minutos de la mañana del día 13 de abril de 1942  —leyó—.  La firma  —añadió— es ilegible, pero debajo dice:  firmado, José Denacloix y Torres, Coronel Gobernador Militar.

            Mi padre cogió el sobre de las manos temblorosas de mi madre y se quedó contemplándolo; luego miró dentro.  Había otro trozo de papel que mi madre no había notado; éste más fino que el anterior y también con algo escrito.

            —Preséntese en el Cuerpo de Guardia del Cuartel de Infantería mañana algo antes de las once.  Asegúrese de llevar el pase adjunto  —leyó mi padre—.  Sólo eso —dijo, alzando el rostro—.  No hay firma alguna ni dirección.

            —Ha debido de ser el Obispo  —murmuró mi madre; entonces añadió:—  Que Dios le bendiga.

            Por una vez, mi padre no dijo nada.

 

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