El Parte Inglés

 

18

 

LA LECCIÓN DE FÍSICA

 

            Por supuesto.  Algunos de mis amigos del Instituto habían comenzado a sentirse incómodos en mi presencia; otros, simplemente, habían dejado de hablarme.  Al principio no me había percatado:  me unía a algún grupo y de pronto no quedaba nada más que un solo muchacho, e incluso éste parecía terriblemente violento y no hacía sino mirar a un lado y a otro buscando alguna manera, plausible o no, para seguir el mismo camino que había tomado el resto de los otros, claro está; porque cada uno de ellos había estado alejándose de mí por esta o aquella razón, pero en realidad con ningún motivo real.  Salvo que no se les viera conmigo, por supuesto.

            La familia, todas sus familias estaban tras ellos; diciéndoles qué hacer, invitándoles o urgiéndoles a hacerlo.  El miedo; miedo cruel, egoísta, casi atávico ya llenándolo todo y metiéndose por todas partes:  aquel susurrar, fluyendo silenciosamente aquí y allá como innumerables ratas que me afectaran.  A mis espaldas; invisibles ellas, eso sí.  Con sus cientos de alientos podridos respirando por toda la pequeña ciudad que entonces era Almería.

            Sólo que de todas estas ocultas motivaciones no me di cuenta cabal entonces; vine a caer en ello más tarde.

            Así pues, en un par de días tan sólo había empezado a aborrecer la hora en que tenía que salir de casa, en donde al menos no me sentía rechazado, si acaso angustiado, para dirigirme a un sitio en donde el rechazo se estaba asentando firmemente a mi alrededor.

            No obstante, no dije nada a mis padres; me di cuenta de que no debía añadir más pesar a los problemas tan angustiosos que ya tenían.  De manera que, a la mañana siguiente, sin ninguna gana, salí para el Instituto a la hora de siempre, es decir, un poco antes de las ocho y media.

            Mis padres no habían salido para El Cuartel aún.  Un rato antes sí había oído los ruiditos atemperados de mi madre cuando se levantó antes de amanecer; y algo después el toser y carraspear de mi padre y el arrastrar de sus zapatillas por el pasillo.  Luego, cuando entré en la cocina a desayunar a las ocho en punto, no les vi por ningún sitio y la puerta del estudio estaba cerrada; aunque no salía ningún ruido de la pequeña habitación, sabía que estaban allí dentro, haciendo no sé qué.

            Rezando quizás.

            Cuando llegué al Instituto me di cuenta de que pasaba algo; había grupos de estudiantes, muchos de ellos hablando ansiosamente, algunos interrumpiendo a los otros en su deseo de proveer detalles adicionales a lo que fuese, o al menos así parecía.

            Al principio no pude enterarme de mucho, ya que no quería molestar o violentar a mis compañeros; luego, como nadie parecía darse cuenta, me fui uniendo a un grupo y a otro y, poco a poco, me vine a enterar de la causa de todo aquel alboroto.  Y aunque me costó trabajo creerlo, al final tuve que reconocer que era cierto.

            Tenía que ver con un Profesor con el que recientemente había estado en contacto:  el que solíamos llamar Cagafiero, el mismo que me había aconsejado  no decir nada en voz alta, ni aún siquiera cuando creyese que estaba solo.  El amigo de mi padre.

            La tarde anterior le habían visto mientras le estaban sacando de su oficina a la fuerza varios desconocidos cuyos trajes de paisano no eran suficientes para disimular lo que todo el mundo imaginaba que eran:

            —¡Ha sido la Brigada Secreta!  —susurraría alguien, para inmediatamente mirar por encima del hombro para ver si le había oído quien no debiera.

            Todo había sucedido un poco antes del fin de la última clase; y para cuando nosotros acabamos la nuestra y salimos, todo había acabado y parecía tan tranquilo y pacífico como siempre.  Fíjate:  todo en menos de un minuto.  Sólo unos pocos estudiantes habían visto algo porque casualmente estaban en el pasillo cuando pasaron tirando de él y arrastrándolo entre varios.

            —Cagafiero iba gritando a todo lo que podía, que ya es decir  —aseguraba uno, para añadir a renglón seguido:—  Me creía que se había vuelto loco y que se  lo llevaban para el manicomio.  Hasta que entendí lo que iba diciendo.

            Entonces, tras echar una mirada furtiva por encima del hombro, soltaba en voz baja algunas palabras de las que había oído.

            No me cabía en la cabeza que aquel hombre tan amable y precavido como me había parecido un par de días antes, pudiera ir chillando a grito pelado pasillo adelante aquellas imprudencias tan violentas.

            —¡Le gritaba al policía eso y más!  —protestaba irritado el que decía haber sido testigo cuando alguna observación le hacía pensar que no le estaban creyendo—.  Iba diciendo que había llegado el momento de matar al gran cerdo; y dijo más cosas que no puedo repetir, porque llegó a mencionar a nuestro invicto Caudillo faltándole al respeto antes de que uno de ellos lograra hacerle callar poniéndole la mano en la boca, y entonces él se la mordió; pero para cuando lo sacaron habían logrado que dejara de gritar.

            Era la noticia del día, sin duda; no parecía haber otro tema de conversación.  Entonces llegó la hora en que nosotros teníamos la clase de Física, es decir, la asignatura de Cagafiero; esperamos en la clase algún tiempo y, justo cuando estábamos empezando a pensar que no vendría nadie, se abrió la puerta y entró un desconocido, un hombre muy recio, totalmente calvo, vistiendo la camisa azul con el bien conocido emblema del yugo y las flechas bordado en el bolsillo superior izquierdo.

            Nosotros nos pusimos inmediatamente en pie y nos quedamos en silencio, dándonos cuenta que éste debía de ser el Profesor sustituto.

            Mientras tanto él, que había ido caminando majestuosa y lentamente hasta llegar a la mesa del profesor, nos abarcó en silencio con una mirada de total superioridad y, levantando el brazo derecho en el saludo falangista, de repente rompió a cantar con voz estruendosa el “Cara al Sol”.  El himno de Falange, ya sabes.

            Al principio nosotros estábamos desorientados, no entendíamos a qué venía todo aquello, aquel hombre tan recio cantando delante de nosotros con aquella voz tan tremenda y eso; luego, tímidamente al principio pero ganando en confianza conforme avanzaban, algunos de mis compañeros comenzaron a unírsele en el canto hasta que poco a poco sólo quedábamos unos pocos callados  y mirándonos los unos a los otros, inseguros y recelosos.

            Para el final de la canción, todos estábamos cantando como locos.  Yo había sido el último, me agrada pensar; y tan sólo simulaba cantar, ya que únicamente abría y cerraba los labios al ritmo de las palabras.

            Cuando acabamos el “Cara al Sol”, él inmediatamente comenzó con “Prietas las Filas”, que era otra canción falangista, una muy marcial y que secretamente me gustaba.  Luego, “Montañas Nevadas”.  Después, otras.

            Para cuando estábamos por la cuarta o quinta, habíamos olvidado todo sobre la clase de Física, sobre Cagafiero, sobre la Brigada Secreta de Franco, y sobre todo de todo:  nosotros no éramos sino unos muchachos valientes y esforzados deseando salvar a la Patria y rabiando por servir a nuestro amado Caudillo, Francisco Franco Bahamonde.

            Cuando terminó aquella ominosa clase todos estábamos riendo, charlando felices, e incluso chillando aún con las voces un tanto roncas.

            Y le dimos al Profesor sustituto un emotivo adiós:  todos puestos en pie y aplaudiendo y cantando una mezcla de canciones; mientras, él, austero, serio, severo, salía de la clase caminando solemnemente.

            La mano derecha levantada.

            Saludando.

            Sobrio el ademán.

 

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