El Parte Inglés

 

19

 

EL JEFE

 

            Cuando llegué a casa aún estaba excitado y nervioso a causa de todo el cántico anterior.  Por una vez, mis compañeros no habían estado tan atentos en rehuirme y habíamos venido parte del camino desde el Instituto discutiendo y comentando todo, especialmente nuestra clase de Física, la cual el que más y el que menos la había encontrado estimulante en extremo y sumamente fortalecedora del espíritu nacional, según decía uno de ellos cuyo padre era alguien y que por consiguiente presumía de entender de eso.

            Nada más entrar en casa supe que algo iba mal:  allí estaba Isabelita, cruzando la entrada con aspecto atribulado, una tribulación concentrada en el paso, una taza y un platillo en las manos, lo cual me imaginé era el habitual remedio de tila que últimamente tanto se prodigaba por la angustia y el nerviosismo de mi madre.  Exactamente no puedo decir por qué supe que mis padres habían logrado ver a mi hermano y que esto no había servido para calmar sus temores en absoluto.

            Inmediatamente me olvidé del Instituto, de las canciones, de mis compañeros, de todo salvo de la repentina debilidad que me invadió las piernas y la horrible tenaza que me retorcía las tripas sin cesar.

            —¿Cómo está mi hermano?  —acerté a preguntar a Isabelita antes de que ella desapareciera en el cuarto de estar; pero ella no pareció haberme oído, ya que continuó y cerró la puerta tras de sí sin mirarme siquiera.

            Me fui a la cocina para dejar los libros y allí estaba Daniel, fumando el mismo cigarrillo de siempre, emitiendo los mismos carraspeos que siempre hacía para aclararse la garganta, aquellos límpidos ojos suyos clavados con aspecto abstraído en el mismo punto de la misma pared de siempre y que por entonces ya debía conocer tan bien.

            —¿Qué le pasa a mi madre?

            Me miró como si no se hubiese dado cuenta de que había entrado.  Al rato:

            —¿A tu madre?

            —Sí.  ¿No es la tila para ella?

            Otra vez que se tomó su tiempo antes de contestar:

            —Está un poco alterada tal vez; pero no es nada.

            —¿Y mi hermano?

            —Oh, sí, le vieron, claro.  Está bien, también.

            A veces Daniel era exasperante; hasta el punto de que me solía enfadar con él por su sempiterno sopor, su tranquila calma, su ensimismamiento abstraído y aparente.  Éste era uno de esos momentos.

            —Bien; y, ¿entonces...?

            Él, al final, normalmente terminaba por decirte todo lo que sabía, pues nunca le había oído decir una mentira y no era muy bueno guardándose algo para él si tú persistías en tu empeño; la verdad es que, por lo que recuerdo de entonces, la mayor parte de los viejos por aquí eran así, no ahora.  De modo que sólo tenías que insistir o esperar y al final salía todo, sí.

            De esta manera supe la causa del abatimiento y angustia de mi madre:  por supuesto, mi hermano estaba allí, en el Cuartel, y habían podido verle; pero él no estaba bien, ni mucho menos.  Y su situación no era buena en absoluto.

            Le estaban interrogando día sí, día también, uno tras otro varias horas cada vez; porque, sorprendentemente, él fue primero considerado sospechoso y luego formalmente acusado de ser el jefe de toda la conspiración de El Parte Inglés.

            ¡Fíjate:  el jefe de la conspiración, él, mi hermano, que no era sino un joven ingenuo, bondadoso, amable y generoso, el más considerado, gentil y cariñoso que imaginarte puedas!

            El mejor de los hermanos, mi hermano querido.

            También supe que estaba mortalmente asustado, el pobre.  Algo, esto, que mi madre había notado en el mismo momento en que le vio.  Date cuenta, aunque al principio él intentó controlarse y presentar un aspecto más o menos sosegado, no pudo dominarse por mucho rato; y desde entonces no había dejado de llorar y temblar constantemente, aterrorizado y debilitado como estaba, hasta el momento en que mi madre había sido obligada a marcharse con el corazón destrozado cuando el tiempo concedido para la entrevista acabó.

            Lo que no llegué a entender entonces fue todo aquel disparate de que mi hermano era el jefe de El Parte Inglés; pensé, yo pensé, que Daniel no había sabido explicarse bien y que en alguna parte debía haber algún error.

            Hoy sí lo entiendo todo, vaya que sí.  Quizás tan bien como mis padres ya lo entendían entonces.

            Por eso ahora también comprendo su desesperación, su dolor y sufrimiento, su impotencia en los días inmediatamente posteriores a la entrevista con mi hermano:  intuían con total certeza que les estaban arrebatando a su hijo mayor, un joven sano y fuerte y en la flor de la vida; y que ellos no podían hacer nada por impedir que lo arrojaran a ese sitio frío, vacío, lejano y para siempre en el que no querían ni siquiera pensar.  Como en un tremendo juego de niños.  Como en una absurda pesadilla sin sentido ni remedio.

            Hacía ya que venía corriendo la voz de que los secuaces de Franco, en este caso los miembros de la Brigada Secreta de Asuntos Políticos, habían detectado  la circulación clandestina de un panfleto que contenía información supuestamente auténtica sobre la evolución real de la Segunda Guerra Mundial; en este panfleto, al que la gente llamaba El Parte Inglés, se daba el supuesto parte de guerra que el Gobierno Británico distribuía a través del boletín informativo de la BBC, una emisora cuya sintonización estaba prohibida aquí.  Cosa esta última, por otra parte, innecesaria ya que dicha sintonización era dificultosa en extremo, si no imposible, para los pocos receptores de radio entonces disponibles en los hogares almerienses.

            No obstante, sí es cierto que la información dada en el panfleto, aunque con cierta base verídica, no era exacta en absoluto; por el contrario, mostraba una inequívoca tendencia a presentar los hechos de tal manera que cualquiera que lo leyera quedaría inmediatamente convencido de la inminencia de la derrota alemana y la consiguiente victoria de Inglaterra.

            En los primeros tiempos, es decir, en los de su aparición en febrero del 42, sólo se había repartido un número de este panfleto a la semana; pero la frecuencia se incrementó rápidamente y, en las pocas fechas inmediatamente anteriores a la detención de mi hermano, habían sido distribuidos cuatro números, tres de ellos seguidos en días alternativos.

            No importaba cuántas veces yo le preguntaba a Daniel:

            —Pero, bueno, ¿por qué es eso un crimen si ésta no es nuestra guerra? Nosotros no estamos metidos en ella, ¿no?  Entonces, ¿cómo pueden decir que eso es delito si ni siquiera estamos luchando, eh?  ¡Eso es ridículo!

            Y cosas así; la respuesta siempre era casi la misma:

            —No sé; pero tu hermano debería haber pensado que abrir la boca aquí y ahora es peligroso, porque ellos siempre pueden decir que tú estabas hablando contra la Patria o algo así.  Lo único sensato siempre es no decir nada, nunca.

            Lo cierto es que a lo largo del mes de marzo y la primera semana de abril, la Brigada Secreta había estado realizando incesantes investigaciones, aunque habían sido incapaces de descubrir pista alguna que les llevase hasta los conspiradores, o al sitio que aquéllos utilizaban como punto de reunión.

            También sé que, debido al hecho de que la noticia de este panfleto había llegado hasta Madrid, las autoridades de aquí se habían puesto frenéticas hasta el extremo de llegar a amenazar al Jefe de la Secreta con algún tipo de castigo indeterminado; lo cual a su vez había asustado de tal modo a éste que hasta había amenazado a su vez con tomar represalias contra algunos de los comunistas más destacados de entre los que quedaban en la ciudad, es decir, contra los de El Ingenio, un sitio en donde el Parte Inglés contaba con muchos y entusiastas admiradores.  Todo lo cual no había servido de mucho en realidad, y nada salió  de ello, ya te he dicho.

            Entonces, en la tarde del 10 de abril alguien había entrado en la oficina del Jefe de la Secreta, en el viejo edificio de la calle Blasco Ibáñez (hoy Rambla del Obispo), justo frente a la Plaza del Mercado; allí había pasado un rato hablando con aquél.

            Sé lo que se habló allí y entonces:  al Jefe de la Secreta le dieron los nombres de los componentes de la conspiración y le dijeron el sitio en donde aquella noche iban a celebrar una reunión al objeto de preparar el próximo número del parte de guerra para que se distribuyese al día siguiente.

            También sé qué aspecto físico tenía este hombre que fue a ver al Jefe de la Secreta.  Un enano me lo dijo una fría noche de invierno, oscura, en La Rambla, entre el viento y las moreras, hace más de treinta años:

            —Ramoncito Pérez  —había soltado entre lloriqueos.

            —¿El de la nariz grande?  —le insistí yo, para asegurarme.

            Me contestó.

 

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