El Parte Inglés

 

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LA CONFESIÓN

 

            Pues sí, el enano me dijo cómo bien temprano la mañana del 10 de abril, es decir, la siguiente a la del incidente en el Colón, el Cuervo llegó al pequeño cubículo que le había sido asignado en el viejo edificio que la Jefatura Provincial del Movimiento, como se llamaba, ocupaba e iba a ocupar durante los siguientes treinta años en la pequeña plaza de San Fernando, hoy de la Administración Vieja.

            El enano ya estaba allí, y en el mismo momento que vio a Nariz Grande supo que éste estaba lívido de ira; aunque cuál pudiera ser el motivo, el enano no tenía ni idea ni el otro lo dijo.

            —El camarada Ramón siempre ha sido así  —me soltó—:  callado y reservado al máximo.

            Inmediatamente el Cuervo convocó a todos los componentes de su sección, a los cuales yo conocería en breve ya que fueron ellos quienes irrumpieron en mi casa justamente aquella misma noche.

            —Necesito saber todo sobre este hombre, y lo quiero de inmediato; así que, tenéis dos horas.

            “Este hombre” era mi hermano.

            A partir de entonces Ramoncito Pérez estuvo constantemente allí, toda la mañana; cada poco tiempo a lo largo de todo este rato, alguno u otro de los falangistas entraba en el cubículo para informar, o se iba tras haber recibido nuevas instrucciones.  Y así sin parar, constantemente, como si fueran hormiguitas:  el odio, alimentado además por el orgullo herido, con frecuencia se revela como la más poderosa y efectiva de las motivaciones.  Así fue en este caso.

            Porque Ramoncito, utilizando a sus subordinados de manera artera y efectiva, vino a entrar en los archivos secretos de mucha gente problemática, no sólo de la suya sino de otras varias organizaciones; se metió en medio de las habladurías y murmuraciones del vecindario, de los comentarios y opiniones en bares e iglesias; y, en resumen, anduvo rastreando por las mentes y corazones de toda índole y lugares.  Todo ello, obsérvalo bien, sin moverse de su habitacioncita en la realidad.

            Entonces, en algún momento a lo largo de la mañana, algo debió de atraer su atención, algún informe u otra cosa, el enano no supo decirme exactamente qué; pero en mi opinión, Ramoncito debió de sentirse repentinamente como el que sale a pescar sardinas y de pronto se encuentra con un mero en sus redes.  O con un tesoro.

            A partir de entonces, todo el que entraba allí era inmediatamente despachado, pero ya con una misión más específica:  encontrar y traer a un determinado joven, el del informe de marras que había levantado la liebre; el cual, para más inri, luego resultaría ser uno de los conocidos de mi hermano.

            El enano me habló algo de las dificultades que tuvieron para dar con él, y cómo no fue hasta pasadas las tres de la tarde cuando finalmente lo localizaron y fue llevado más o menos a la fuerza a presencia de Nariz Grande.

            Mientras tanto Ramoncito había estado preparándose para el encuentro. Cuando el tembloroso joven fue arrastrado dentro de la pequeña habitación, el espectáculo que allí encontró debió de haber sido impresionante:  Nariz Grande, sentado tras una mesa que ocupaba la mayor parte del espacio; a cada lado de él, en pie, silenciosos, solemnes, ceñudos y sombríos, los brazos cruzados sobre el pecho, con negros correajes y una pistola cada uno, en fundas abiertas y bien visibles, dos falangistas montaban la guardia.  Encima de la mesa, en la que no había otra cosa salvo esto, se veía el gran pistolón de Ramoncito Pérez:  mudo, inmóvil, amenazador.  Siniestro.

            Al principio el joven intentó convencer a Nariz Grande de que se habían equivocado de persona, de que él no sabía nada de nada, y de que él no había tomado parte ni había hecho nada que fuese ni remotamente ilegal o prohibido. Justo entonces, Nariz Grande se incorporó y, sin decir ni esto así, se echó algo hacia adelante y con brutal rapidez, sin mediar palabra y haciendo uso de toda su fuerza, dio tan tremendo bofetón al joven que le hubiera hecho caer de espaldas si el otro par de falangistas detrás de él no le hubiesen sostenido.

            —Yo estuve mirando desde la puerta todo el rato  —recuerdo que me dijo el enano—, porque el camarada Ramón no me dejó participar; pero lo vi todo.  A partir de las bofetadas, ya no intentó disimular más su crimen y confesó todo lo que se le preguntó y más.

            “Su crimen”, por supuesto, era el de ser uno de los que andaban repartiendo el Parte Inglés por toda Almería.

            A veces me he preguntado cómo fue posible para un grupo relativamente pequeño de falangistas llegar al fondo de este asunto en pocas horas, cuando la totalidad de los efectivos de la Brigada Secreta no habían conseguido un avance significativo a pesar de haber estado dedicados a esta investigación a lo largo de varias semanas.  Por supuesto, era cierto que la Secreta tenía un abanico de medios técnicos más completo que Falange, y era también verdad que eran más profesionales; sin embargo, la gente del pueblo no los apreciaba.  Les temían, cierto, y ellos tenían sus confidentes, por supuesto; pero les estaba vedado un acceso normal a las indiscreciones cotidianas, cosa que los falangistas sí tenían. Principalmente por medio de jóvenes que, hábilmente interrogados, se revelarían como la fuente mejor y más espontánea de toda suerte de información inesperada e inconveniente.

            Y por ende, de manera más o menos disimulada tanto la Falange como la mayoría silenciosa de la gente del pueblo habían asistido complacidos y profundamente regocijados al ruidoso fracaso de la Secreta en el asunto del Parte Inglés, hasta ese momento.  De forma que triunfar allí donde ellos habían fracasado representaba un doble éxito para los falangistas, claro está.

            Hacia las tres y media, es decir, si se cree al enano, lo que yo sí hago, Ramoncito Pérez hizo una visita urgente a la casa del camarada Juan Giménez que, siendo entonces Subsecretario Provincial del Movimiento, era el que estaba al cargo de todos los asuntos importantes que afectaran a Falange en esta provincia.  Llevaba con él unos documentos que habían sido redactados aprisa y corriendo a partir de la confesión del joven; este joven que en aquellos mismos instantes estaba, silencioso y lleno de remordimiento, esperando en la oficina de Ramoncito, estrechamente vigilado por un par de falangistas.

            A las tres menos cuarto los camaradas Ramoncito y Juan Giménez abandonaron la casa de éste último en el Paseo de Versalles y, caminando con paso rápido y confiado, ambos se dirigieron al Gobierno Civil, al comienzo de la calle Javier Sanz, a la izquierda según bajas, donde fueron inmediatamente conducidos a la presencia del Gobernador Civil de la provincia, camarada Ricardo Alonso Quintana.

            Claro está que el enano no me pudo decir de qué se habló en esta reunión; no obstante, sí me contó que al poco rato Ramoncito desde allí fue derecho al viejo edificio al comienzo de la calle Javier Sanz y, me imagino, al despacho del Jefe de la Secreta.  Mientras tanto, los camaradas Alonso Quintana y Juan Giménez se habían aplicado a hacer que el éxito de Ramoncito fructificase lo antes posible en su beneficio.  De ellos, ni que decir tiene.

            Él era joven, mi hermano quiero decir.  Sólo tenía veintidós años.  No sabía casi nada de casi nada, como casi todos a esa edad; salvo de sus pequeños intereses:  empezando a abrir sus ojos a la vida estaba entonces.

            Debió haber sido mucho más prudente, mucho más cuidadoso, claro que  sí; pero, ya te he dicho:  sólo era un muchacho alegre, irreflexivo, pizca osado, que no había hecho a sabiendas daño a nadie.

            Que pensaba que la verdad y la franqueza deben significar algo para el hombre.

            Sin darse cuenta de que estaba viviendo en el sitio equivocado y en el momento erróneo para pensar así.

            Por ello se encontraba en aquel momento en la fría soledad de un calabozo.  Inacabablemente interrogado y torturado por algunos de los individuos más eficientes, dotados y experimentados en esa tarea entonces.

            De cuando en cuando, abandonado a un descanso que no lo era.  Con el suelo frío y húmedo de un ciego habitáculo como colchón.

            Con el terror espantoso en el corazón.  Atragantado en la garganta.  Enterrado en la oscuridad.

            Sin esperanza alguna.

 

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