El Parte Inglés

 

21

 

EL PLAN

 

            Bueno.

            En consecuencia, a Ramoncito Pérez se le consideró durante un corto ínterin como alguna especie de investigador experto y brillante que había tenido éxito allí donde otros habían fracasado.  Durante este breve lapso, sus palabras serían escuchadas, sus opiniones buscadas, y sus sugerencias se cumplirían a rajatabla.  Quien más deseoso de ejecutarlas, el Jefe de la Secreta, que de esta manera tan entusiasta intentaba que determinados medios políticos perdonaran, o al menos olvidaran, el papelón que había desempeñado como investigador principal en el asunto del Parte Inglés.

            —Éste es el jefe de todo el complot, sin duda  —anunciaría Ramoncito.

            “Éste” era mi hermano, naturalmente.

            Y todo el mundo se mostraría de acuerdo.

            —Pero, ¡por supuesto que lo es!

            Y luego, otra vez:

            —Y ésta otra  —refiriéndose a Encarnita— es la segunda en el mando.

            Supongo que lo decidió así porque pensaría que de esta manera iba a herir a mi hermano en lo más profundo de su orgullo masculino; porque, que yo sepa, Encarnita jamás había dado el menor motivo para este odio indudable que Ramoncito demostró sentir hacia ella.

            Pues a pesar de lo improbable que todo ello parecía a algunos, de nuevo nadie dijo una palabra en contra.

            Sin embargo, había un problema.  Y serio.

            Así se lo hizo ver a Ramoncito con total claridad en su despacho el Jefe de la Secreta a lo largo de aquella primera entrevista que celebraron en la tarde del día 10.  Antes de que este Cuervo rastrero abandonara la oficina del Jefe, en donde se iba sintiendo cada vez más a sus anchas, principalmente porque sabía que tenía el respaldo de Falange y del Gobernador, le dijo, a Ramoncito me refiero, le dijo el Jefe:

            —Hay algo que sí vamos a necesitar.  —Y, ante la mirada muda e interrogante de Ramoncito, que no parecía comprender a que se podía estar refiriendo el otro, terminó:—  Pruebas.  —Como viera que Nariz Grande aún no caía, el Jefe hubo de explicar más claramente:—  Necesitamos pruebas de que ellos son los pájaros del Parte Inglés.  Verás, camarada:  la familia de uno u otro es seguro que resultará ser gente de influencia; o la buscarán, confía en ello.  Y la encontrarán, además. De modo que, mejor nos preparamos.

            —¿Me estás diciendo que no es suficiente con la confesión de este traidor?   —Y era obvio que Ramoncito no sólo estaba un poco desorientado y como si no entendiera, sino que también era palpable un amago de irritación en su voz.

            —¡Por supuesto que lo es, por supuesto que lo es!  Una confesión es una confesión...  al menos para mí  —se apresuró a calmarle el Jefe; pero a continuación siguió con su punto:—  Sin embargo, verás, los tendremos que llevar a un tribunal; para juzgarlos, ¿entiendes?  Y allí quizás haya un par de abogados defensores o tres que nos podrían crear problemas si nosotros no presentamos unas pruebas contundentes.  —A renglón seguido pasó de nuevo a tranquilizar a Ramoncito:— No hay por qué preocuparse, claro está; no es cosa que no podamos manejar, ¿entiendes?  —Para concluir:— Pero es algo que hay que tener en cuenta, ciertamente.

            Muchos años después, es decir, poco antes de que muriera hace unos nueve o diez años, aunque ya estaba muy enfermo para entonces, este antiguo Jefe de la Secreta pretendió quedarse fuera de todo lo que sucedió desde este momento que te estoy diciendo en adelante; por consiguiente, intentó echar toda la culpa en las espaldas del otro.  Por esto es por lo que no creo que las cosas ocurrieran como solía contarlas él en aquellos días; pero, bueno, así es como me lo relató uno que se las oyó al Jefe en varias ocasiones.  Antes de que éste muriera, ya te digo.

            Solía afirmar que, entonces, las palabras de Ramoncito fueron:

            —Espera a que yo te telefonee, camarada; mañana por la mañana tendrás todas las pruebas que necesites, y más.

            Y se fue.

            Desde allí Ramoncito regresó inmediatamente a su cubículo en la Jefatura Provincial, y mandó que trajesen de nuevo a su presencia al joven que había hecho la confesión completa antes, y al que los falangistas que le vigilaban acababan de sacar al pasillo al verle llegar.  Una vez que lo tuvo delante, debilitado, temblando y desaliñado como estaba, no perdió tiempo en dejar las cosas claras como el agua:

            —Si tú quieres salir con vida de esta habitación, no tienes más que una opción:  hacer lo que se te diga, ¿entiendes?  Si no lo haces, te pego un tiro y te mato aquí mismo por intentar atacarme.

            Y sacando el pistolón de la funda, lo puso en la mesa con el cañón apuntando al otro.

            El joven, que ya no parecía joven en absoluto, sino un viejo enfermo, ni tampoco parecía un hombre, sino una criatura aterrorizada, asintió exageradamente varias veces.

            Entonces Ramoncito comenzó un interrogatorio que se prolongó más de una hora.  Cuando acabó no le quedaba prácticamente nada por saber; de manera que ordenó que condujesen al muchacho a las dependencias de la Secreta en un automóvil sin distintivo alguno.

            Aún no había arrancado el coche cuando ya estaba Ramoncito en el despacho del camarada Juan Giménez haciendo una llamada telefónica:

            —Ahí te mandamos, amigo mío  —dijo, cuando notó que el Jefe de la Secreta estaba al otro lado del aparato—, ahí te mandamos un pequeño regalo.  —No pudo evitar un guiño de complicidad al camarada Secretario, que estaba a su lado haciendo incesantes señas de deleite y alegres gestos-.  Con los saludos de Falange, siempre a tu servicio, —añadió contento.

            Ambos tenían motivos para sentirse satisfechos:  el camarada Juan Giménez consideraba el descubrimiento del complot como una clarísima victoria sobre la Secreta, el eterno rival de Falange, y, consecuentemente, como una especie de garantía personal de futuro en aquella época, en que toda seguridad era poca.  El camarada Ramoncito Pérez, por su parte, entendía todo el asunto como una forma de llegar a mi hermano.

            Entonces, antes de colgar, aún le tiró otra andanada al Jefe, como para machacarlo mejor:

            —No obstante, te voy a dar un buen soplo, que para algo están los colegas. Anota esta dirección:  calle Murcia, 27.  ¿La tienes?  ¿Sí?  Bueno, esta noche, hacia las once.  Los miembros del Parte Inglés estarán allí preparando la distribución del número de mañana.  Ahora camarada es el momento de que demuestres lo que vales.  ¡Ah,  —añadió con retintín—, y si os hace falta ayuda, si aún es demasiado para vosotros, o por si hay que sacaros de algún apuro, no lo dudéis:  llamadnos, Falange está al quite!

            Oyendo esto, el camarada Juan Giménez no pudo evitar romper en una estruendosa risotada; sin embargo, el Jefe estaba demasiado temeroso de alguna represalia de las alturas, de ser relegado, mal trasladado, o incluso degradado por su fracaso, como para ofenderse por la palpable burla; de modo que masculló algo que sonó como unas palabras de gratitud y colgó a toda prisa.

            Los dos camaradas pasaron un muy buen rato entonces allí, en el despacho del Secretario; ya sabes cómo es eso:

            —¿Te has dado cuenta...?  —Y risas—.  ¿Te imaginas...?  —Y risas—.  ¡Deberías haberle oído decir...!  —Y risas.

            Finalmente, el camarada Juan sugirió:

            —Espera un minuto, espera un minuto...  ¿No crees que sería una buena idea estar allí esta noche?

            —¿Allí?  ¿Dónde?  —preguntó Ramoncito, que no había acabado de comprender.

            —Allí, en la calle Murcia esta noche, cuando hagan la redada, ¿te imaginas?

            A Ramoncito en cambio no le entusiasmaba la idea; él tenía unos planes cuidadosamente elaborados y no iba a permitir que se los estropeasen.

            —Camarada  —dijo, repentinamente maquiavélico otra vez—, creo que mejor atendemos a proporcionar unas cuantas pruebas incuestionables, por si acaso este imbécil de Jefe de la Secreta lo estropea todo, como seguramente hará si no estamos nosotros.  De modo que, ¿qué te parece si mientras ellos meten la pata (que la van a meter, seguro) yo cojo a mis hombres y efectuamos un registro completo en la casa del que parece ser el cabecilla, según la confesión del chivato?  Me da la corazonada de que vamos a encontrar un montón de pruebas incriminatorias allí, las suficientes como para llevarlos a todos ellos ante el pelotón de fusilamiento.

            Se quedó mirando al camarada Juan con expresión entre cómplice y guasona; entonces, poco a poco, una sonrisa de comprensión se fue extendiendo por el rostro del otro.

            —¿Quieres decir...?  —empezó a decir.

            Se calló, la sonrisa amplia y firmemente asentada por toda la cara ya.

            —¿Te gustaría ver algunas de las pruebas que vamos a encontrar esta noche en casa de ese cabrón?  —preguntó Ramoncito; y antes de que el otro pudiera contestar, añadió:—  Si quieres te traigo el manifiesto antipatriótico que el  cabecilla tenía escondido en su dormitorio en el mismo momento en que acabe de escribirlo.  Estoy terminándolo.  Ya me queda poco.

            Y venga a reír.

 

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