El Parte Inglés

 

22

 

EL GUSANO

 

            Mis padres finalmente decidieron contratar los servicios de un abogado que asistiera a mi hermano en su defensa.  Había sido una decisión difícil de adoptar y a la que mi madre se había venido negando desde el principio, oponiéndose tercamente a cada uno de los intentos que mi padre hizo para que se hablara abiertamente sobre ello; ahora él llevaba dos días insistiendo aún más, siempre para encontrarse con la negativa llorosa y suplicante de ella.  Entonces,  el mismo día que lograron ver a mi hermano, mientras estábamos tomando un almuerzo lúgubre y silencioso, mi padre puso de pronto cuchillo y tenedor en la mesa y, tras pasarse varias veces la servilleta por los labios, la colocó a continuación cuidadosamente a un lado y miró con determinación a mi madre.

            —Esto ya no se puede retrasar más.  Siento mucho que estés en contra, pero vamos a contratar un abogado.

            Se quedó quieto, como si estuviera esperando el habitual arrebato de mi madre y, al mismo tiempo, recuerdo que ya lo pensé entonces, se le notaba absolutamente dispuesto a resistir cualquier tipo de argumento o ruego suyo.

            Pero en lugar de ello, mi madre permaneció inmóvil, como si una estatua de hielo fuese; y así estuvo un rato, sin decir nada.  La veía asir el tenedor con  una mano, en la punta un trozo de algo que ella acababa de pinchar para llevárselo a la boca; el cuchillo en la otra mano, inmóvil también.  Mortalmente pálida, estaba. Dos lagrimones se le comenzaron a deslizar mejillas abajo, silenciosamente, desde los ojos bajos y semicerrados, resbalando lentos.  Ni parecía respirar siquiera.

            Isabelita, que había estado discreta y eficientemente atendiendo la mesa, como de costumbre, trayendo platos y retirándolos después casi sin que los hubiéramos tocado, ya sabes, tomó de improviso mi plato, servilleta y vaso y me instó:

            —Ven conmigo a la cocina, Paquito.  Vamos, hijo, deja a tus padres solos —sin darme oportunidad de contestar o negarme o nada.

            Mientras estaba en la cocina, dándole vueltas y más vueltas en la boca a algún insípido trozo de comida, les oí marchar.  Luego me enteré de que habían ido a ver a un abogado, uno de los amigos de mi padre, un tal don Pelayo Isidoro, que había sido quien había llevado a mi padre sus asuntos las pocas veces que se había visto en la necesidad de acudir a un abogado; y cuyos honorarios él siempre había pagado de lo más puntual y generosamente, según costumbre de mi padre, que esto lo sé de seguro también.

            Yo le había visto algunas veces por casa, a este tal señor Pelayo, ya que mis padres le solían invitar a almorzar o cenar dos o tres ocasiones al año.  Recio y peludo, locuaz y presumido, arrastrando siempre aquella ballena que tenía por mujer, y fumando infaliblemente uno de sus horribles puros que dejaban un olor nauseabundo incluso largo tiempo después de que se hubiera marchado.

            Sé lo que ocurrió allí, en la casa de don Pelayo, es decir, del abogado, del amigo de mi padre.

            Ambos aún estaban bufando de ira cuando volvieron una media hora más tarde, y no pudieron contenerse cuando Daniel les preguntó; yo todavía no me había ido al Instituto, de manera que escondido en las sombras del pasillo escuché las palabras de mi madre, plenas de furia y rabia:

            —¡El asqueroso gusarapo!  ¡Desgraciado cobarde!  ¡No sabría cómo hincarle el diente a este caso, es demasiado...  demasiado...  ¿Cómo dijo?

            —Demasiado embarazoso  —ayudó mi padre.

            Una preciosa mañana de domingo, muchos años más tarde, bien metidos en los setenta creo, uno de esos días claros y tranquilos que solemos tener en Almería a finales de enero o principios de febrero, pasaba yo por uno de los callejones cercanos a la Plaza de San Pedro cuando observé a un señor mayor, corpulento, elegantemente vestido, que venía en dirección opuesta a la mía y que no dejaba de mirarme mientras nos acercábamos.  Una repentina sonrisa de reconocimiento y bienvenida se extendía por su rostro mientras él se desviaba ligeramente de su camino para venir hacia mí, una de las manos extendidas, la voz retumbando por toda la calle:

            —¡Vaya, vaya, vaya!  ¡Pero si eres tú, Paquito, el hijo de mi amigo Paco!  ¡Qué alegría!

            ¡Y parecía tan feliz por haberme encontrado al fin!

            Esperé hasta que estuvo a un par de metros; entonces, mientras le miraba a los ojos con todo el odio que sentía, le hablé tan claro y fuerte como pude, lo que hizo que mucha gente se volviera a ver qué pasaba y algunos incluso se pararan a observarnos.  Grité:

            —¡Gusano asqueroso!  ¡Cobarde desagradecido!  ¿Dónde estabas cuando  tus amigos te necesitaron, cabrón?  ¡Esto es lo que le hiciste a mis padres:  les abandonaste, les traicionaste, como el cobarde hijo de puta que eres!

            Durante un instante nos quedamos allí; él sonrojándose cada vez más. Entonces, cuando esperaba que hiciera cualquier cosa menos eso, se echó a un lado al tiempo que mascullaba algo que sonó como:

            —Disculpe, creo que me he equivocado.

           —No, no te has equivocado, mal nacido.  Sabes que eres un cerdo y que no te has equivocado.

            No dijo nada más; se fue en silencio, humillado, el paso apresurado, los ojos en el suelo.

            Nunca más le vi; dos o tres años después de este incidente leí su necrológica en nuestro querido periódico.  Allí mismo, pero en la página siguiente, se podía leer un sentido artículo escrito por un tal don Carmelo López, exultando alabanzas y elogios para el ciudadano ejemplar que había sido don Pelayo.

            En el Yugo del día siguiente había un reportaje de su funeral, con varias fotos que mostraban algunos de los personajes que asistieron; también, una nota final expresando el dolor del periódico por tan sensible pérdida y explicando las razones por las que todos los demás nos debíamos sentir así de abrumados y tristes también.

            Cada uno recibe lo que se merece, dicen.  Sí.

            Sí.

            Aunque se reveló dificultoso, el contratar un abogado no fue imposible. Ellos, es decir, mis padres salieron de nuevo esa misma tarde; no les vi, porque me había ido al Instituto ya; tampoco les vi regresar, porque cuando volvieron, bien entrada la noche, ya me había ido a dormir.

            No obstante, el día siguiente supe que habían contratado a uno llamado don José María Muñoz de Escalona, que llevaba trabajando de abogado aquí muchos años y había tenido el suficiente éxito como para ser conocido tan sólo por un reducido y privilegiado grupo de personas, entre ellas algunos de los delincuentes con menos recursos de la ciudad, la mayoría de las prostitutas más ajadas y con mayor experiencia, y una indeterminada y malcarada vieja cuyo nombre verdadero nunca llegué a saber y con la que convivía y a la que él  llamaba Hatchi, lo que a ella no parecía disgustarle.

            También sé que era uno de los últimos, si no el único que les quedaba por intentar.  Debió de haber sido bastante después de las nueve.  Estaban mis padres sentados en uno de los bancos del Paseo del Generalísimo, descansando y pensando qué hacer a continuación.  Habían estado yendo de una puerta a otra durante toda la tarde, con mi padre de vez en cuando pidiéndole a mi madre que regresara a casa y esperara allí, y con mi madre tercamente empeñada en acompañarle, pareciendo ahora ella incluso más ansiosa que mi padre por localizar un abogado, como si de repente pensase que la salvación de mi hermano dependía de ello.

            —Lo sabrás en el mismo momento en que consiga a alguien  —le aseguraba él por centésima vez, para convencerla.

            Tengo que decirte que en aquellos días se podía dar con cualquiera a la hora que fuese aquí, en Almería, ya que era una ciudad tan pequeña:  llegabas a un sitio, digamos un despacho o una consulta o lo que fuere, y te lo encontrabas cerrado; en este caso todo lo que tenías que hacer era preguntar por allí y de fijo  te decían dónde era probable que se encontrara aquél a quien andabas buscando, lo que estaba haciendo en aquel momento, e incluso si te iba o no a atender cuando dieras con él y por qué, eso también.

            De modo que esto era lo que estaban discutiendo los dos sin darse cuenta que un viejo de aspecto desarreglado había venido a sentarse en el banco junto a ellos.

            En algún momento del diálogo les interrumpió:

            —Perdonen, pero sin querer he oído que están buscando un abogado y no encuentran ninguno, ¿no?

            Mi padre, mirándolo desconfiadamente, no se decidía a contestarle.  Fue mi madre la que dijo:

            —Sí, estamos buscando uno; lo necesitamos muchísimo, y con urgencia. ¿Sabe usted de alguien?

 

HOJA DE HOY
HOJAS DE AYER
NOVELAS por entregas
anterior: 21
23-X-12
sigue: cap. 23