El Parte Inglés

 

23

 

DOS LEYES

 

            La casa estaba en algún lugar a la espalda del Ayuntamiento.  En una callejuela estrecha y retorcida, casi oscura a esa hora ya; pese a ello, tan sólo se veían dos o tres bombillas tristonas colgando de postes de madera apoyados contra la pared y que daban una luz que era del todo insuficiente e inadecuada para un pasaje estrecho y zigzagueante como ése era; el suelo desigual y de tierra hacía aún más dificultoso caminar por allí de noche.

            Sin embargo, sí que he vuelto a este sitio muchas veces desde que regresé de Granada, allá, a principios de los sesenta, como sabes.  Al menos dos veces al mes, meses en que más; hasta que mi respetado amigo, el señor Muñoz de Escalona, murió en febrero de 1993, mucho después de que Hatchi le abandonara, nunca supe por qué ni a dónde fue a parar el demonio de la vieja.

            Aquel estrecho callejón, sucio y polvoriento como siempre lo he visto, fue para mí uno de los lugares más queridos de esta mi querida ciudad, tranquila y pacífica hoy día.

            —Cuando Hatchi les abrió aquella noche, ¿sabes?, creo que la primera impresión de tu madre fue que se habían confundido al darle mis señas, o que la habían engañado cruelmente, ¿sabes?  Por la expresión de su rostro, quiero decir. Seguramente pensó que le habían dado la dirección equivocada y la habían mandado al infierno o algo así, me imagino.  Entonces ella me vio y quedó totalmente convencida de que ése era el caso, ¿sabes?

            Cuando fui allí por primera vez, en el sesenta o sesenta y uno, creo, él me contó cómo había sido todo; una vez le hube dicho quién era yo, claro está. Incluso se acordaba algo de mí, aunque en aquellos aciagos días del cuarenta y dos yo hubiera jurado que ni cuenta se daba de mi existencia.  Sí que se había fijado.

            De entrada no entendí nada en absoluto de todo aquel galimatías con que  él generosamente me abrumó; pronto, no obstante, se dio cuenta de mi confusión y entonces se detuvo y comenzó otra vez desde el mismo principio, exponiéndolo todo más despacio y con claridad; lo mismo que había hecho con mi madre veinte años antes.  Y fíjate, hasta creo que utilizando casi las mismas palabras que con mi madre, es decir, como si yo fuese mi madre entonces.  Porque entonces ella tampoco había entendido nada:

            —Lo primero que tenemos que hacer, ¿sabes?, es conseguir que a tu hijo... me refería a tu hermano, claro está, se le juzgue según la nueva Ley de Seguridad del Estado, que es una ley civil, ¿sabes?  Él, en estricto derecho, no tenía por qué estar ahora mismo bajo jurisdicción militar.

            —Entonces, está detenido injustamente, ¿es eso?  —había preguntado mi madre, tal vez con un hálito de esperanza—.  Quiero decir, ¿está ilegalmente detenido, tal vez?

            —Por supuesto que está legalmente detenido ahora, sin duda.  Esto es, él está ahora detenido de acuerdo con la ley vigente, ¿sabes?, que es el Código Civil. Una ley muy general es ésta, el Código Civil, digo.  Sin embargo, otra cosa completamente distinta es:  ¿por qué ley particular se le va a juzgar?  Porque, ¿sabes?, de éstas tenemos dos para el mismo fin en estos instantes:  una de ellas es el Código de Justicia Militar, que es el peligroso, ¿sabes?, y que es el que ha estado vigente durante la Guerra y desde entonces hasta justamente el 7 de este mismo mes de abril, es decir, justamente hasta cuatro días antes de que tu hijo fuese detenido, precisamente.  Ese día fue cuando la segunda ley, esta nueva a que me refiero, y que es la Ley de Seguridad del Estado, ¿sabes?, se publicó en el BOE, quiero decir, en la Gaceta Oficial.  Así pues, en principio a él se le debería juzgar por la nueva ley, que estaba ya promulgada cuando se detuvo a tu hijo, ¿sabes?  Una ley, ésta, mucho menos severa, por supuesto.

            —Durante todo el rato  —diría mi madre luego—, estuvo comiendo pescado frito de aspecto reseco que cogía ¡con los dedos! De un plato desportillado, delante de él en la mesa.  Hablando y tragando con el ansia de un pavo mientras aquella vieja horrible no nos quitaba el ojo de encima, como si creyese que íbamos a agarrar el plato en un descuido y a salir corriendo con él.

            —¿Sabes?, eso puede no ser así de fácil  —dijo cuando mi madre le indicó  que si la nueva ley ya había sido publicada, no habría problema en que juzgasen a mi hermano por ella—.  Debes tener en cuenta que la ley es sólo una palabra, ¿sabes?  Justicia, lo mismo.  Nada más.  Y las palabras son sólo eso:  palabras; de las que los hombres se sirven para conseguir sus fines, ¿sabes?  Para ello, en principio, en principio, fíjate bien, se las dota de un significado bastante general provisto por un acuerdo entre grupos de hombres, ¿eh?  Ahora bien, a este significado se ha de dar una interpretación; y es aquí donde llegamos al meollo de la cuestión:  la jodida interpretación, que es lo que importa.  Sucede, ¿sabes?, que en este caso esta interpretación la ha de hacer un grupo concreto de pajarracos muy especiales, ¿sabes?, que son los jueces que padecemos hoy día, por supuesto. Y aquí y ahora  —acabó él de manera muy tajante—, es muy probable que a éstos venga alguien a decirles cuál ha de ser la interpretación exacta que han de dar a las palabras generales que son las leyes esas que te decía, ¿sabes?; y aún más probable es que ellos “chitón y amén”.  Un asco  —terminó, hablando por un lado de la boca nuevamente atascada de pescado y algo de pan duro.

            Es evidente que mi madre aún tenía cierta fe en la justicia, creyéndola un instrumento posibilitador de la convivencia y todo eso; de modo que estas observaciones debieron de haberle causado una gran impresión, y él se dio cuenta:

            —No estés tan segura  —me dijo Muñoz de Escalona que tuvo que responderle cuando ella le hizo notar que tendría que haber algunos límites a la interpretación de las leyes por los jueces para impedirles obrar a su capricho—; hacen más o menos lo que les da la gana, ¿sabes?, o se les dice, claro está.  Pero en fin, en cierto modo sí es verdad que aparentemente se han de mover dentro de unos supuestos que les marca la ley.  Que es por lo que nos interesa acogernos a la más favorable, ¿sabes?, la de Seguridad del Estado.

           Aunque yo no la oí decirlo claramente, sé que mi madre siempre albergó serias dudas acerca de la competencia profesional de Muñoz de Escalona; el ambiente en que éste se desenvolvía, la vieja con la que convivía, así como sus mismos modos nunca le llegaron ni a medio agradar, desde luego.  Pero si ella abrigaba estas dudas que te digo a causa de lo extravagante de tal comporta-miento, mi padre no tenía ninguna; en los días que siguieron le escucharía con frecuencia enfatizar la lucidez, brillantez y agudeza del cerebro del abogado. Nunca me cupo duda de que cualquier esperanza que pudiera tener mi padre, la había depositado en este hombre, sin que le importasen en absoluto sus hábitos alimenticios o su forma de vivir.

            —Además, querida, y lo más importante de todo  —más de una vez oiría decir a mi padre—, es que es un hombre honrado que no lo dudó ni un segundo cuando vio lo desesperados y angustiados que estábamos.

            —Tu padre pareció que lo iba entendiendo según se lo explicaba, ¿sabes?, quizás porque estaba más acostumbrado a tratar con asuntos de negocios; de manera que a veces me ayudaba a contestar algunas de las preguntas que tu madre hacía sin parar.  Por ejemplo, él inmediatamente vio que lo esencial en todo este asqueroso asunto era lograr que tu hermano fuese juzgado por la entonces recién promulgada Ley de Seguridad del Estado en lugar de por el Código de Justicia Militar, ¿sabes?  Así se lo decía a tu madre:  “Pepe, aquí quiere decir (así es como les había dicho que me llamaran:  Pepe; llámame así tú también), Pepe, aquí dice que si a nuestro hijo le juzgan por el Código de Justicia militar, puede que hasta incluso le fusilen, mientras que...”  Pero como yo, ¿sabes?, como yo lo tenía que dejar bien claro, recuerdo que le rectifiqué en este punto inmediatamente:  nada de “puede” y nada de “incluso”:  “le fusilarán” y “seguro”, no me interpreten mal en esto.  Yo conozco a esta gente:  llevan algún tiempo ya esperando una oportunidad para descargar algún escarmiento que sirva como aviso o lección al resto de la ciudad.  Para reforzarse ellos, yo diría, ¿sabes?  Almería de siempre ha sido algo anglófila y bastante de izquierdas, no sé si me explico.

            —¿Qué es lo que sugiere, entonces?  —le preguntó finalmente mi padre.

            —Antes de nada, mañana por la mañana a primera hora hay que lograr que tu hijo sea llevado a El Ingenio, que es el sitio para los disidentes políticos en este momento, ¿sabes?  Después, voy a solicitar que se le juzgue de acuerdo con la nueva ley, es decir, por la Ley de Seguridad del Estado.

            —¿Con qué fundamento?

            Se puso un trozo de pescado en la boca y comenzó a masticar con ávida y briosa glotonería antes de contestar a mi padre.  Cuando por fin lo hizo, las palabras salieron a trompicones mezcladas con chispitas de comida.

            —Bien, ¿sabes?, teóricamente ya no estamos involucrados en ninguna guerra, ¿no es así?  Ése es el espíritu de la nueva Ley, ¿sabes?

            —Incluso eructó ruidosamente entonces  —apuntó mi madre, todavía escandalizada—.  Creo que lo hizo a propósito.

            —Sí; pero a continuación se puso la mano sobre la boca y dijo “Perdón” incluso  —replicó inmediatamente mi padre; porque yo había observado que no soportaba que se hiciera ninguna observación desagradable de Muñoz de Escalona.  O Pepe, como cada vez con más frecuencia le llamaba.

            —Antes de que tus padres volviesen a tu casa aquella noche, ¿sabes?  —me dijo Pepe una de las veces que fui a visitarle—, recuerdo que les aconsejé que buscasen toda la ayuda que pudiesen, que la buscasen con rabia por todas partes, ya que consideraba la situación como desesperada.  Ellos aún tenían, ¿sabes?, ellos aún tenían alguna fe en la justicia humana.  Eso era porque no llevaban en este negocio tanto tiempo como llevaba yo.

 

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