El Parte Inglés

 

24

 

EN EL INGENIO

 

            De entrada, Muñoz de Escalona consiguió un pequeño triunfo:  el mediodía siguiente mi padre llegó a casa anunciando que acababa de saber que habían trasladado a mi hermano a El Ingenio.  Estaba muy excitado y apenas si nos pudo decir algo más concreto ya que se pasó todo el rato metiéndole prisa a mi madre para que se terminara de arreglar para acompañarle allá a ver a Joaquín; creía que ya iban tarde.  No obstante, sí nos dijo que ahora le podrían visitar  todos los días a las cinco de la tarde, que era la hora establecida para ello.

            Desde el mismo momento en que lo supo, mi madre comenzó a llorar y apenas si acertaba a vestirse y arreglarse de lo nerviosa que estaba, las manos temblándole y eso, ya sabes; tuvo que ser Isabelita quien le ayudase a dar con la ropa y a ponérsela mientras ella no dejaba de tartamudear:

            —¿Estás seguro, Paco?  ¿Estás seguro?

            Siendo esto lo único que lograba articular.

            Luego, se fueron.

            —Debes tener en cuenta  —le recalcaba mi padre aquella noche— el consejo de Pepe:  esto es como darle una aspirina a una persona muy enferma; la mejoría es sólo aparente, la gravedad persiste.

            Pero ella lo único que sabía era que le había visto, que había hablado con él, le había tomado en sus brazos, le había acariciado, consolado, había estado a su lado:  eso en sí era ya suficiente.  Era cierto que lo habían aislado junto con otros seis más separados del resto; también Encarnita, siendo la única mujer, estaba aparte:  le habían adjudicado una celda individual.  Los otros 92 restantes estaban hacinados y estrechamente vigilados en un barracón que antes había sido Centro de Clasificación, eufemismo con el que se designaba el lugar en que, en tanto que se les interrogaba, alojaban a aquellos sospechosos muy susceptibles de llegar a convertirse en habitantes permanentes de El Ingenio.  Porque, fíjate, ahora se sabía que aquella noche habían detenido a cien personas en total; exactamente eso:  cien.

            Por supuesto, mi madre había observado que Joaquín parecía demacrado y débil, aunque él había intentado aparecer animado; además, no había dejado de toser en todo el rato que duró la entrevista; y se había quejado también de que no creía que pudiera dormir mucho a causa de la delgadez del colchón de paja que le habían asignado, entre otras cosas.  Pero, a pesar de todo, mi madre parecía regenerada, revitalizada aquella noche en casa:  una nueva luz en los ojos, una nueva fuerza en la voz.  Una nueva esperanza floreciendo en todo su ser.

            Fue por aquellos días, también, cuando mi padre compró un aparato de radio.  No te sabría decir si fue esa misma tarde o la siguiente, pero volví de clase por entonces para encontrarme con que ya estaba colocado en un rincón de la cocina.  Mi madre había descubierto una mesita y un tapete en algún sitio, y habían colocado la radio encima.

            Allí estaba mi padre enseñándole a Daniel cómo funcionaba, ambos con las cabezas casi tocándose, inclinadas sobre el aparatito, que no era grande, aunque  sí resultó ser excelente, como más tarde comprobaríamos.  En los meses que siguieron, Daniel iba a pasar muchas horas escuchando las distintas emisoras de radio hasta bien entrada la noche, con la oreja pegada al aparato, ya que a él parecía gustarle así; y no soportaba que le distrajéramos cuando estaba allí, que era casi siempre, como si estuviera realizando una tarea muy importante que le hubiesen encomendado.  Me supongo, nunca me lo dijeron, que escuchaba La Pirenaica, por supuesto, que es como se llamaba la emisora fuertemente prohibida que desde alguna parte en el corazón de los Pirineos clamaba contra el régimen  de Franco por aquellas fechas.  En los años siguientes también.

            Entonces comenzó una tranquila rutina.

            Cada día mi padre salía antes de que yo me fuera para el Instituto; algo después de las dos, volvía a casa para un almuerzo sombrío, con el cubierto y servilleta de mi hermano silenciosamente colocados en su sitio vacío, porque mi madre se negaba tercamente a que no se le pusieran; luego, cuando yo me iba a  las clases de la tarde, mis padres se quedaban arreglándose para la diaria visita a mi hermano en El Ingenio.  Comenzaron a ir allá en taxi, puesto que este sitio estaba a cuatro o cinco kilómetros de nuestra casa; después, viendo que era demasiado caro y que la cosa se prolongaba, decidieron hacer el trayecto en el destartalado autobús que tardaba casi una hora en llegar allí; así que tenían que salir antes y regresaban más tarde, la mayor parte de los días cuando yo ya llevaba largo rato en la cocina haciendo mi tarea.

            Los domingos por la mañana mis padres habían adoptado una nueva costumbre:  se arreglaban como si fuesen a una gala o algo así y entonces, hacia las diez menos cuarto, salían.  Acostumbraban a ir primero a la iglesia de San Sebastián, donde asistían a misa de diez; de allí iban a la Catedral, para la de once; entonces a San Pedro, a las doce; finalmente, a la de una en Santo Domingo.  De manera que se oían cada domingo cuatro misas, cosa que no  habían hecho antes jamás y que estoy seguro de que a ninguno le gustaba en absoluto, especialmente a mi padre.  Si he de decir la verdad, no recuerdo que él hubiese ido antes a misa en ninguna ocasión, aunque sí creo que mi madre algunas veces lo había hecho.

            Allí, en misa, solían sentarse en uno de los bancos delanteros, para tener la seguridad de que todo el mundo les viera.

            También sé que hubieron de soportar bastantes feos e incluso afrentas, de ellos, los que se llaman cristianos.  Más de uno les negó el saludo, por mucha amistad que antes hubiera tenido con ellos; otros se hacían los distraídos; algunos les miraban desdeñosa o despreciativamente.  Hubo incluso quien les insultó.

            —De hecho, tus padres al principio fueron a misa de diez a Santiago en vez de a San Sebastián  —me dijo Muñoz de Escalona un día—.  Habíamos escogido esa iglesia porque estaba cerca de la casa de alguien, ¿sabes?, algún jefecillo de entonces cuyo nombre no creo que valga la pena recordar y además lo he olvidado.  De manera que ellos iban allí más que nada para que les viese la gente adecuada...  adecuada para los infiernos, debería añadir, ¿sabes?  Porque has de saber que todo lo hacían tus padres pensando en tu hermano, seguro.  Me refiero a que yo les había aconsejado que se dejasen ver en tales y tales sitios, ¿sabes?, al objeto de que se les pudiera ir considerando como afectos al régimen.  Y allá que se fueron aquella mañana, a Santiago, digo.  Llegaron a las diez menos diez, lo cual era bastante temprano, de modo que fueron por el pasillo central hasta los bancos delanteros y se sentaron en el primero, ya que estaba libre, ¿sabes?  Luego salió el cura y comenzó la misa.  Al poco, por encima del murmullo del cura y del silencio de los asistentes se oyeron unos pasos acercándose por el pasillo, ¿sabes?, y los pasos se detuvieron junto a tus padres.  Tu padre miró y vio a un hombre de pie junto a ellos, ¿sabes?  No era este jefecillo que habían estado esperando que les viese, sino otro de ellos el que estaba allí, inmóvil, mirándoles irritadamente. Después de unos segundos, este hombre o lo que fuese subió los escalones del altar, ¿sabes?, se acercó al cura, que no se había dado cuenta de nada y allá que seguía con sus rezos y sus latinajos, y le murmuró algo al oído.  Inmediatamente el cura interrumpió la misa y, en voz alta, ¿sabes?, se dirigió a tus padres: “¿Querrían, por favor, dejarle el sitio al camarada tal y tal?”  ¿Sabes?, tus padres habían ocupado sin saberlo el sitio en el que este bribón acostumbraba a sentarse.

            —¿Y ellos se lo...?

            —De modo que tu padre dijo algo referente a que el sitio estaba libre o algo así, ¿sabes?  Todo el rato tu madre estaba venga tirarle de la manga, casi llorando, intentando que le dejase el sitio al otro.  Y mientras tanto, allí estaban los dos:  el cura y el jefezuelo, mirando desde allí arriba, esperando a que tus padres le dejasen libre el sitio al señorito, ¿sabes?, sin decir nada, los muy jodidos.

            De esta manera tan lenta fueron pasando los últimos días de abril y los primeros de mayo.

 

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