El Parte Inglés

 

25

 

PRECAUCIONES

 

            Fui yo quien le abrió aquella tarde.

            Estaba a punto de irme para el Instituto cuando un apremiante aporrear con el llamador en la puerta me sobresaltó; vi que mi padre salía de su despacho en el momento en que yo ya estaba prácticamente abriendo, de manera que cuando llegó junto a mí ambos nos quedamos mirando a un inesperado Muñoz de Escalona que parecía extrañamente trastornado.

            —Me acabo de enterar que han fijado la fecha del juicio  —farfulló; y al momento:—  el 18.

            —¿El 18?  —repitió mi padre como si no entendiera el motivo de su preocupación.  De pronto un relámpago de inquietud pareció recorrerle al tiempo  que añadía:—  Quieres decir del mes que viene, por supuesto.

            —No, no del mes próximo:  ¡de éste!

            Tras un momento de sorpresa, mi padre pudo balbucir:

            —¡Pero, pero, eso no es posible:  si es sólo de aquí a una semana!

            —Eso es; aunque estás equivocado:  todo es posible aquí, ya deberías saberlo.  El resto sí es cierto, es decir, que tenemos exactamente siete días.

            Se quedaron mirándose el uno al otro, la sorpresa y la angustia reflejada en sus rostros, en silencio, como si fuesen incapaces de decirse nada más. Entonces mi padre pareció darse cuenta de que yo estaba allí, escuchándoles, asustado porque intuía que algo horrible estaba sucediendo, aunque no tenía idea de qué pudiera ser; al momento cogió a Muñoz de Escalona por el brazo y lo llevó a su despacho, cerrando cuidadosamente con llave tras ellos.

            Mi madre apareció en ese instante, viniendo de la cocina, como si hubiese adivinado que algo pasaba, una expresión inquieta e interrogante asomándole a  su rostro macilento.

            —¿Qué pasa?

            Viendo que yo no decía nada, salvo mirarla con ojos espantados, se volvió a la puerta cerrada del despacho de mi padre y temblando de miedo trasteó el pomo varias veces, nerviosamente, haciendo por abrirla, sin lograrlo.

            —¡Paco, Paco, abre la puerta!  ¿Qué pasa, Paco?  ¡Abre la puerta ahora mismo, Paco!  ¡Paco, te he dicho qu...

            Pero mi padre estaba ya abriendo.

            Mientras tanto, Isabelita había aparecido también, procedente de la cocina, y ponía todo su empeño en llevarme pasillo adentro.

            Dos días después, es decir, el jueves 13, apareció un aviso oficial en el Yugo, nuestro querido periódico, la voz de su amo, como le llamábamos.  Puedo repetirte exactamente lo que decía ese anuncio, ya que aún conservo una fotocopia de la que me hice años más tarde.

            Aparece bajo el epígrafe de “ORDEN DE LA PLAZA”, que era el encabezamiento habitual bajo el cual se detallaban las medidas que se iban a adoptar para prevenir que se alterara el orden público en la ciudad en el futuro inmediato; dice así:

            “El próximo día 18, a las nueve horas y en el Salón de Actos de la Escuela de Artes y Oficios de esta capital, se celebrará Consejo de Guerra de Plaza para ver y fallar la causa núm. 1231, tramitada por el procedimiento sumarísimo y ultimada en periodo plenario por el Alférez e Instructor don Isidro López de los Ríos, contra los encartados siguientes:  Joaquín Marhuenda Valdemiras y dieciocho más, por el delito de Adhesión a la Rebelión; Miguel Santos Olazábal y sesenta y seis más, por el de Auxilio a la Rebelión, y Vicente Gómez de Haro y trece más por infracción de la Ley de Seguridad del Estado.  El Coronel Gobernador Militar, José Denacloix y Torres.”

            —Cuando tu madre leyó el nombre de su hijo allí, se volvió loca de miedo, ¿sabes?, completamente loca, sí.  Porque hasta entonces no se había dado cuenta cabal de lo desesperado de la situación en la que se encontraba tu hermano.  Creo que subconscientemente quería creer que no era un asunto tan mortalmente serio, ¿sabes?, es decir, tenía la esperanza de que de alguna manera u otra todo se aclararía y entonces tu hermano regresaría a casa y eso, ¿sabes?, final feliz y tal. Entonces ella leyó su nombre allí, el primero, el principal o por lo menos así lo parecía, y comenzó a llorar y a chillar de angustia y a gritar de miedo, ¿sabes?  A morir un poco también, creo.

            Sé que Muñoz de Escalona tenía razón.

            El domingo siguiente las cosas empeoraron:  en el Yugo, bajo los sucesivos encabezamientos de “ORDEN PROVINCIAL”, “GOBIERNO MILITAR” y “ORDEN DE LA PLAZA”, se podía leer:

            “Artículo único:  Con el fin de montar servicio exterior para garantizar el orden durante el Consejo de Guerra señalado en la Orden de  la Plaza del día 13 del actual y que tendrá lugar el próximo día 18 en el Salón de Actos de la Escuela de Artes y Oficios, por el Regimiento de Infantería número 48 se nombrará un piquete de 20 hombres, al mando de un oficial, que se presentará con 24 horas de anticipación al señor Presidente de dicho Consejo, de quien recibirá instrucciones”.

            La firma era la misma que en el anterior:  el Coronel Gobernador Militar José Denacloix y Torres.

            Nunca antes se habían adoptado unas precauciones tan severas aquí.  Es verdad que se iba a juzgar a una gran cantidad de gente ese día, casi todas ellas personas que habían nacido en Almería, habían vivido siempre en Almería y, en consecuencia, de alguna manera u otra eran conocidas o estaban emparentadas con mucha gente de aquí.  También era cierto que unos años antes los almerienses habían estado luchando y muriendo en la guerra contra Franco mientras que Sevilla, Granada y otras ciudades andaluzas perdían el tiempo cantando ya sus alabanzas:  el sentimiento de izquierdas siempre fue fuerte aquí.  No obstante, últimamente la situación parecía controlada, con todos los que podían crear problemas metidos en El Ingenio para una estancia segura y prolongada.  O una más prolongada aún en el cementerio de San José, claro está.

            Así pues, el anuncio de unas medidas tan estrictas causó un gran impacto en la ciudad, principalmente entre los amigos y parientes de los que ya eran conocidos como los de El Parte Inglés.

            —Creo, ¿sabes?, que todo el asunto no fue tanto una cuestión de seguridad o precaución  -me confió Muñoz de Escalona unos días antes de morir, a principios de los noventa-, como de lucha por el poder.  Y tuvo lugar, desdichadamente, en un sistema en donde era tarea sencilla para un hijo de puta lograr sus propios y lamentables fines particulares, ¿sabes?  No que el sistema actual, el que padecemos ahora, sea perfecto, que no lo es, ¿sabes?, porque se sigue considerando a la gente como un simple medio, y no como el fin y la razón de cualquier disposición que se adopte en la comunidad, por poco importante que sea.  Como debería ser el caso.  Pero al menos, ¿sabes?, cualquier cabrón que lo intentara ahora, ciertamente que lo tendría más difícil.  Eso sí, ¿sabes?

 

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