El Parte Inglés

 

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LA VÍSPERA

 

            La víspera del juicio, es decir, el lunes 17, Muñoz de Escalona vino a casa a comer con nosotros.  Apenas pronunció diez palabras a lo largo del almuerzo, y éstas fueron breves respuestas a preguntas de mi madre; tan ocupado estaba engullendo todo lo que le caía al alcance de la mano y desparramando la vista por la mesa en aquella búsqueda ansiosa por cualquier cosa que aún no hubiese probado.  Luego, cuando acabó, el último que fue, los tres se retiraron al despacho de mi padre y no salieron hasta bastante después de anochecer.  Desde la cocina oí a mi madre meterse en el cuarto de estar, y a mi padre acompañar al abogado  a la puerta para despedirle.

            A pesar de estar en mayo ya, el día había sido tristón y deprimente, con violentas ráfagas de viento y un cielo plomizo que a la hora de oscurecer había dejado las calles húmedas y desiertas.

            —Claro que me acuerdo de aquella tarde.  Ni el paso de todos estos años ha podido hacer que la olvide, ¿sabes?  Fui a tu casa principalmente porque vino tu padre a pedírmelo, no a invitarme, fíjate bien, sino a pedírmelo; para esos días ya éramos amigos o algo así, creo.  Lo que quiero decir es que las personas que hasta entonces ellos habían apreciado, algunos de tu propia familia incluidos, ¿sabes?, les habían dado la espalda, como si tuvieran la peste.  Tu padre estaba desesperado, ¿sabes?, mortalmente preocupado por los dos, es decir, por tu hermano y por tu madre.  Además  —aquí dejó escapar una risita—, ella era mucho mejor cocinera que Hatchi; me refiero a la vieja aquella que cocinaba para vosotros: sabía cómo llegar al corazón de las personas.  Eso también.  Aunque yo no tenía ni idea de que iba a comer tan bien antes de ir allí, claro está.  Quiero decir, a tu casa, ¿sabes?

            —Isabelita  —le aclaré.

            —Ésa.  Ésa digo, sí.

            Lo que más parecía confundir a mi madre era el hecho de que mi hermano no tenía nada que ver con el asunto de El Parte Inglés, en absoluto; y en cambio, allí estaba él como si fuese el jefe de todo.  Ella lo repetía una vez y otra y se desesperaba cuando creía que Muñoz de Escalona no parecía entenderla.

            —Lo único que mi hijo ha notado es que en casa de Encarnita pasaba algo,  y ya está:  no sabía nada más.  Me ha dicho que una vez vio que alguien llevaba un montón de papeles y los dejó allí, y entonces la madre de Encarnita los cogió deprisa y los guardó.  Ya está.  Sólo eso.  Y lo que es más:  en esta habitación en la que estamos ahora  —le aseguraba mi madre—, la misma madre de Encarnita me ha jurado que ni siquiera su hija tenía una idea medio clara de lo que estaba pasando. Sus propias palabras.  Y aquí está mi hijo preso, acusado de traición y a punto de ser juzgado como el autor de algo que ni siquiera sabía que estaba sucediendo.  ¿Cómo puede ser esto?

            A lo largo de toda aquella tarde mi padre y, sobre todo, Muñoz de Escalona, intentaron pacientemente calmar a mi madre, hablándole, razonando con ella una vez y otra.

            —Él, es decir, tu hermano, estaba siendo inculpado falsamente y al final todo el mundo lo sabía, desde sus enemigos y la gente que le odiaba, hasta sus amigos y familia.  Tu madre también; cuando vio su nombre en el Yugo ella se dio cuenta real de la astucia y maldad de las circunstancias del caso, ¿sabes?  Ya no vio todo el asunto como una mera confusión fácilmente aclarable, sino como una confabulación criminal para matar a tu hermano.  Porque, ¿sabes?, tu hermano había estado yendo regularmente allí, a la casa de Encarnita, por supuesto.  Pero mientras que los otros, ¿sabes?, se habían estado reuniendo secretamente determinados días para hacer el Parte, tu hermano iba allí abiertamente porque no tenía nada que ocultar, ¿sabes?  Él tan sólo cortejaba inocentemente a una muchacha, como otros muchos chicos han venido haciendo desde el principio de los tiempos, ¿sabes?  Una cosa ésta que agradaba a la madre de Encarnita, claro está, porque ella no era tonta y veía en tu hermano a un magnífico partido para su hija, ¿sabes?, futuro médico y eso.  También creo que tu madre tenía razón:  tu hermano no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo delante mismo de sus narices, ¿sabes?; seguramente no tenía ojos nada más que para la chica.

            Sí.

            Él, Muñoz de Escalona, intentó sobre todo que mi madre comprendiera que en la Justicia poco importa lo que realmente se haya hecho, porque eso es algo que pertenece al pasado; lo realmente crucial es la sentencia, que significa el futuro de una persona.  Y el de mi hermano parecía desesperado.  De manera que volvió a insistirles para que hicieran memoria por si caían en algún otro conocido o pariente que pudiera con su testimonio ayudar a tu hermano.

            —¿Quiere usted decir que la vida de mi hijo depende de las palabras de otras personas en lugar de depender de lo que hayan sido sus propios hechos?  —le volvía a preguntar ella sin querer entender más.

            —¿Ves? —me diría Muñoz de Escalona hace unos pocos años—.  Una cuestión tan simple, ¿sabes?, y tu madre no parecía entenderla, obcecada como estaba en que si la verdad y todas esas pamplinas.

            En vez de eso mi madre le replicaría, nerviosa como estaba:

            —Eso es lo que los dos, mi marido y yo, hemos estado haciendo durante las últimas cuatro semanas; hemos revuelto cielo y tierra buscando gente que abogue por nuestro hijo; y no ha servido de mucho puesto que él aún está en El Ingenio, como puede ver.  Ahora déjeme decirle que si usted hubiera sabido explicarles a los que le mantienen encerrado que él es inocente, como verdaderamente lo es, quizá estaría aquí ahora.  Porque yo no sé dónde tengo que ir a decirlo, pero usted se supone que sí.

            —Venga, venga, querida.  Sabes que no estás siendo justa con Pepe.  Él no puede hacer más de lo que está haciendo.

            —No me ofendía, ¿sabes?, no me ofendía ni esto así nada de lo que ella dijera, porque yo era consciente de la tremenda tensión que soportaba entonces; y les apreciaba de veras, como bien sabes.  Pero cuando empezó a oscurecer, estaba exhausto, ¿sabes?  Los tres lo estábamos, creo.  Irritables y nerviosos también, diría yo, sí.

            Quedaron en encontrarse a las ocho de la mañana en La Granja Balear, el café más de moda entonces, en el Paseo del Generalísimo.  Desde allí irían juntos a la Escuela de Artes y Oficios, a unos doscientos metros, en donde se iba a celebrar el Consejo de Guerra a las nueve.

            Con eso, Muñoz de Escalona se fue.

 

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