El Parte Inglés

 

27

 

CANTANDO

 

            A mis padres no se les permitió estar presentes en el Consejo de Guerra; ni siquiera les dejaron subir los escalones del gran pórtico que lleva a la entrada principal del viejo edificio de piedra, con sus enormes puertas de hierro forjado. Cuando doblaron la esquina de la calle Javier Sanz, donde se encuentra la Escuela, un teniente con el sable desenvainado y flanqueado por dos soldados les cerró el paso.

            —¿Dónde van?  —preguntó.

            Mi madre, que iba como un metro delante, le contestó que pretendían asistir al Consejo de Guerra que iba a tener lugar allí a las nueve; el oficial la interrumpió con aspereza para decirle que no podían.  Entonces Muñoz de Escalona avanzó un par de pasos.

            —Soy el abogado de uno de los acusados.

            —¿Uno de los abogados?  —preguntó con desconfianza, aún impidiéndoles el acceso con el sable.

            —Sí.  Se me ha designado para que represente a Joaquín Marhuenda Valdemiras.  —Sacó un trozo de papel doblado y comenzó a desdoblarlo mientras continuaba hablando:—  Estos señores de aquí son sus padres, y solicito permiso para que estén presentes en el Consejo de Guerra de su hijo.

            El teniente no dijo nada mientras miraba cuidadosamente el documento que le había presentado Muñoz de Escalona.  Cuando acabó, levantó la vista y le pidió con cierto desdén:

            —El carnet de identidad.  —Y quedó esperando.

            Sólo cuando hubo leído atentamente el carnet de identidad de Muñoz de Escalona, y hubo comparado con detenimiento la foto en él con el rostro del abogado, se apartó a un lado para permitirle el acceso.

            —¿Qué hay de mis clientes?  —preguntó Muñoz de Escalona antes de empezar a avanzar hacia el edificio que se veía silenciosa y tétricamente rodeado de soldados con las armas empuñadas en actitud amenazadora.

            —Creí que habías dicho que tu cliente era ese comunista traidor de ahí dentro  —fue todo lo que consiguió como respuesta.

            —No te preocupes por nosotros, Pepe  —le dijo mi padre—.  Ve tú y haz todo lo que puedas.

            Sin embargo, mi madre no parecía convencida en absoluto; mientras mi padre estaba aún hablando, ella dio un paso hacia el edificio, como si para seguir al abogado.  Apenas había iniciado el movimiento cuando ya los dos soldados que flanqueaban al oficial le cerraban el camino impidiéndole avanzar más.

            —Si no quieres que la arreste, mejor te la llevas de aquí inmediatamente  —le avisó a mi padre con aspereza.

            De modo que se tuvieron que marchar de allí.

            Con la esperanza de ver a mi hermano para darle ánimos, fueron a situarse en la esquina del Malecón de Torres Campos con la Avenida de la Estación, pensando que los prisioneros serían llevados a la Escuela por el camino más corto, y siendo éste a través del Barrio Alto hasta llegar a La Rambla y desde allí hacia abajo por el malecón lateral derecho, es decir, por Torres Campos, para a continuación torcer por la Avenida de la Estación a la búsqueda del inmediato cruce de Javier Sanz.

            Aún no eran las ocho y media de la mañana y había muy poca gente pasando por allá; debes tener en cuenta que este sitio estaba casi en las afueras de la ciudad entonces, y que Almería estaba mucho menos poblada que ahora.  Sin embargo, conforme pasaba el tiempo comenzaron a ir llegando algunos hombres, y mujeres también:  una pareja ahora, un hombre solo detrás, y así, poco a poco. La mayoría de ellos venía de la misma dirección que mis padres habían traído y se iban quedando cerca, formando grupos aquí y allá; incluso parecía que muchos de ellos se conocían o estaban en buenos términos con algunos de los otros y eso. Mis padres, en cambio, no conocían a nadie, salvo de vista, hasta el momento en que apareció la madre de Encarnita.

            Más de una vez he meditado y me he maravillado de la manera en que cambió la actitud de mi madre hacia la de Encarnita en tan corto espacio de tiempo.  En cierta ocasión se lo comenté a Muñoz de Escalona y, fíjate, sus palabras fueron casi las mismas que las de Daniel cuando días antes también le había comentado algo en el mismo sentido:

            —Las desgracias hacen que se acerquen los corazones de la gente  —dijo.

            Debe de ser así porque, cuando la madre de Encarnita (cuyo nombre también era Encarna) vio a mis padres, se vino derecha a donde ellos estaban y, después de haberlos saludado con cierta cortedad, se quedó calladamente junto a mi madre.  Al poco rato, comentaría mi padre aquella noche en la cocina de casa, ambas estaban cogidas del brazo y así estuvieron la mayor parte de la mañana.  No obstante, era evidente que Encarna era bien conocida allí por casi todos los demás.

            —Incluso me atrevería a asegurar que se le respeta  —oí que mi padre le decía a mi madre.

            A las nueve menos diez había bastante más de cincuenta personas, la mayoría cada vez más impacientes e inquietas.  Comenzaron a oírse alternativas de otros posibles itinerarios para traer a los presos, y algunos incluso habían empezado a discutirlos, cuando alguien nerviosamente gritó:

            —¡Ahí vienen!

            Todo el mundo se movió para acercarse a la calzada y ocupar un sitio desde el que pudieran ver, y en un momento todo había pasado:  primero una camioneta abierta, con una docena o más de soldados sentados en los laterales de la plataforma y un par de oficiales en la cabina junto al conductor, que era otro soldado; luego, cuatro camionetas similares con los presos, esposados, veinticinco en cada uno supongo, más cuatro soldados con los rifles en atención a lo que parecía; por último, otras dos camionetas más llenas de soldados armados.

            Mis padres no pudieron localizar a mi hermano, pero alguien debió de haber descubierto un pariente o algo porque de repente una voz histérica comenzó a chillar:

            —¡Ricardo!  ¡Ricardo!  ¡Ricardo!  ¡Ricardo!

            Así, frenético, sin parar.

            Algunos comenzaron a correr para seguir a las camionetas pero los soldados que rodeaban el edificio les cortaron el paso.  Entonces, desde cierta distancia, se pudo ver a los presos mientras los soldados les obligaban a bajar torpemente de las camionetas; uno de los primeros dio un traspié y casi cayó, lo que levantó un clamor de rabia de entre la muchedumbre que miraba. Inmediatamente los soldados apuntaron sus armas a la gente mientras los oficiales gritaban algo que nadie parecía entender.

            De repente, inesperadamente, desde alguna parte de dentro del grupo de parientes o amigos que miraban furiosos, comenzó a oírse una voz, como cantando algo.

            —Era una mujer, seguro; una voz fuerte, aunque un tanto áspera y ruda  —explicó en casa mi padre luego—, no sé si de rabia o nervios o qué.  Entonces, una a una al principio, gradualmente luego, y por último en bloque, de forma ensordecedora, atronadora, todo el mundo estaba cantando esta misma canción.

            Se calló mi padre, mirando a Daniel, como no queriendo decir más.

            —Y, ¿era...?  —preguntó por último éste.

            —Sí, por supuesto  —dijo mi padre, como si supiese que el otro lo iba a adivinar:—  “La Internacional”, o sea, el himno comunista...  —Tras un rato ensimismado añadió con calma:—  Te digo la verdad:  si hubiese sabido cantarla, también habría cantado.

            Desde una esquina Isabelita apuntó:

            —No me sorprendería nada si la que comenzó a cantar hubiera sido la madre de Encarnita.

            —Sí  —Asintió mi padre—, se te ponían los pelos de punta.  Toda aquella gente que cantaba con los puños en alto mientras los presos seguían saltando desde las plataformas de las camionetas y dando traspiés al dar en el suelo...  muchos de ellos cantando también en tanto que les obligaban a entrar en el edificio, intentando mantener los puños esposados en alto mientras esquivaban los porrazos que los soldados les dirigían con las culatas de los fusiles.

            —Finalmente  —acabó mi padre—, alguien debió de recobrar algo de sentido común y la situación se fue calmando poco a poco.

 

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