El Parte Inglés

 

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EL TESTIGO

 

            —Por supuesto que oíamos toda aquella algarabía y el canto que venía de la calle, ¿sabes?  —me dijo Muñoz de Escalona una de las primeras veces que le pregunté, allá, por los sesenta—.  Yo estaba en el gran vestíbulo de la primera planta, ya que no me habían permitido pasar de allá; en realidad era un espacio enorme desde donde podías llegar a todas las clases de ese piso, o subir a la segunda planta por la gran escalera redonda que arrancaba de allí mismo; en esta segunda planta era donde se celebraría el Consejo de Guerra, ¿sabes?  Estábamos tres abogados en total, esperando allí, callados como putas ya que no podíamos hacer nada salvo esperar, ¿sabes?  Uno de los tres era esa rata que vivía en la calle Arapiles, no recuerdo exactamente su nombre...  Ramos Romero o Ramos Santiago o algo así, no termino de acordarme en este momento, ¿sabes?...  Él era el que representaba a los tres médicos y al farmacéutico, que habían unido sus recursos y esfuerzos para pagar a un abogado común que los defendiera a todos, ¿sabes?  Luego estaba aquel otro, un pavo real idiota y pomposo del que se solía reír todo el mundo; se ponía en ridículo cada dos por tres, un tal Miguel Mezquita era, sí, murió el año pasado, creo; bueno estaba allí por uno de los jóvenes, el que se llamaba Carretero, me parece, ¿sabes?, uno de los conocidos de tu hermano y que a la postre resultaría ser al que amenazaron para que delatara.  Y yo.  De modo que allí estábamos, viendo a los presos esposados subir por la gran escalinata; algunos aún venían cantando y riendo, pero según entraban en el vestíbulo enmudecían de repente, ¿sabes?, y todo su valor y su porte se tornaban miradas de alarma y temblores más o menos incontrolados.  Era lógico que se asustaran ya que el vestíbulo estaba totalmente ocupado por soldados armados; varios oficiales iban y venían, vociferando, golpeando, dando puntapiés y hostias a todo el que decía algo.  Y a los que no lo decían, también.  Creo que ellos, es decir, los militares, se habían enfurecido aún más como consecuencia de la afrenta y la vergüenza que habían sufrido fuera, y se estaban tomando la revancha, ¿sabes?

            Él no vio a mi hermano al pronto, ya que había tanta gente entrando; entonces le descubrió, cuando estaba ya subiendo las escaleras hacia la segunda planta:  seis o siete soldados le conducían junto con algunos presos más.

            —¿Sabes?, en menos de cinco minutos todo estaba tranquilo y casi silencioso otra vez.  A nosotros, los abogados, nos dejaron allí, olvidados al parecer, en la primera planta, en donde un oficial se afanaba vigilando la guardia apostada a intervalos regulares, asomándose a la escalinata del pórtico y mirando cuidadosamente a la calle de allá abajo y llena de soldados, ¿sabes?, volviendo luego impacientemente al vestíbulo, revisando todo de nuevo con aspecto tenso; aún no sé por qué se mostraba tan inquieto ya que, tras llevarse a los presos al piso de arriba e irse muchos de los soldados allí también a vigilarlos, nos habíamos quedado solos con nuestro silencio, ¿sabes?  Y aquel cretino, como si todo el ejército ruso estuviera a punto de echársele encima, pasando ante nosotros sin mirarnos siquiera, sin prestarnos atención en absoluto.  Cuando llevábamos allí una hora o dos, no lo sé, le llamé una de las veces que pasaba delante de mí y le dije que tenía que ir al servicio.  Él se paró y se me quedó mirando, como si yo fuese basura o el más despreciable de los enemigos, apto tan sólo para que se le mate o así, ¿sabes?  Después de estarlo pensando durante un rato, va y me dice: “Nadie mea cuando está al servicio de la Patria”, lo cual me pareció una tontería entonces y hoy me lo sigue pareciendo igual, ¿sabes?  De modo que le contesté: “Eso está bien, pero yo todavía me estoy meando”.  Entonces él se viene hacia mí y va y me dice:  “¿Tú, un comunistilla también o qué?”.  El aliento le olía a ajo, ¿sabes?, que ya me pareció raro a esa hora de la mañana.  No obstante, le repliqué: “No soy un comunista, sino un leal fascista; pero un fascista que revienta, porque me estoy meando”.  A él no pareció gustarle eso tampoco, porque de pronto empezó a chillar como si estuviera loco, ¿sabes?, que si allí nadie era un fascista, sino franquistas todos, y que al que se atreviera a mearse allí me lo iba a arrestar y le iba a meter un puro acusándolo de insultar a la Madre Patria.  Para entonces él estaba ya totalmente fuera de control y yo lo mismo o más, gritándonos e insultándonos el uno al otro.

            Según me pareció entender cuando Muñoz de Escalona me lo contó, fue mientras estaban chillando y discutiendo sobre eso, cuando alguien desde la parte superior de las escaleras llamó a gritos:

            —¡El testigo de Joaquín Marhuenda!  —Y otra vez:—  ¡El testigo de Joaquín Marhuenda, José María Muñoz de Escalona!

            Inmediatamente Muñoz de Escalona se apartó del oficial con el que estaba teniendo la agarrada, y volviéndose hacia las escaleras comenzó a subir.

            —¿Dónde está el servicio, sabe?  —preguntó en voz baja a este otro oficial que estaba aguardándole para llevarle al Salón de Actos, que era donde se estaba celebrando el Consejo de Guerra—.  ¡Necesito ir al servicio ahora mismo!

            —No tiene tiempo ahora  —le susurró el otro con apremio, llevándole ya  hacia la puerta del Salón de Actos, allí mismo, al desembocar las escaleras en la segunda planta—.  Todos están ya esperándole.

            Para entonces tenía la puerta abierta para que entrase en la sala Muñoz de Escalona.

            —Apenas pude entrar en la sala; y allí estaba el pobre de tu hermano, esposado, pálido y asustado, con aquellos ojos grandes y claros totalmente aterrorizados clavados en mí, como si yo fuese algún remedio maravilloso.

            Delante de Muñoz de Escalona había una sala no muy grande, alargada; en el extremo había un estrado.  Sobre él se veía una mesa larga que ocupaba casi el ancho de la habitación.  Estaba cubierta con una especie de tela azul.

 

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