El Parte Inglés

 

29

 

MI MADRE

 

            Mientras tanto, mis padres habían escogido un puesto de observación al otro lado de La Rambla, lo mismo que habían hecho otros muchos; quiero decir, del grupo de parientes y amigos de la mujer y los hombres que en aquellos mismos momentos estaban siendo juzgados allí enfrente.  Alguien había afirmado, erróneamente, que las ventanas del Salón de Actos donde se estaba celebrando el Consejo de Guerra daban a La Rambla; inmediatamente varias mujeres se habían puesto a cruzar el cauce seco por el puente de hierro, y tras ellas algunos hombres también.  Y allí se habían apostado, a la altura de donde hoy está el Real Automóvil Club, esperando, contra toda esperanza, que tal vez pudieran ver algo en aquella vieja mole, muda y maciza, que desde el otro lado seguía eternamente ajena a todo lo que en ella se gestaba.

            Se sufría.

            Allí habían pasado más de dos horas mirando y de vez en cuando señalando las ventanas que estimaban que eran las posibles, es decir, las que correspondían al Salón de Actos.  Más tarde toda esta especulación se revelaría como totalmente inútil ya que en realidad dicho Salón de Actos da justamente al lado opuesto:  habían pasado prácticamente toda aquella mañana mirando tontamente las paredes sucias y las ventanas cerradas de un viejo y sucio edificio.

            Horrible, como aún hoy sigo pensando que es, eso también.

            Muchos charlaban animadamente al principio; luego, algunos fueron enmudeciendo, y finalmente un silencio de desánimo terminó por caer sobre el grupo según fueron intuyendo que los cánticos de antes, y los gritos y el mismo desafío que esto representaba, todo ello podría resultar de lo más perjudicial y contraproducente.  Porque era cierto que durante unos breves momentos se habían sentido enfervorizados y poderosos, excitados portadores de un aliento glorioso, de alguna forma como si no hubiesen perdido la Guerra o algo así...  pero ahora, los otros estaban dentro del edificio, es decir, sus seres queridos, inermes e indefensos, y nadie podía hacer nada por ayudarles o darles ánimo.  Salvo esperar. Y confiar en que los militares, furiosos como seguramente estaban, no harían descargar su rencor en los desamparados presos.  Aunque es verdad que si a aquellas personas que estaban allí les cruzó por el pensamiento esta posibilidad, nadie dijo nada y se lo guardaron para ellos.

            Mi padre, que había estado sentado en el muro de protección La Rambla, se acercó a mi madre cuando llevaban allí bastante más de una hora y le dijo que, como todo estaba tranquilo y no parecía haber motivo de inquietud por ningún sitio, se le había ocurrido que iría a darse una vuelta y a echar un vistazo por la parte delantera del edificio, por si acaso podía averiguar algo de cómo iban las cosas.

            Así pues, él se fue mientras ella permanecía allí hablando discretamente con la madre de Encarnita, cosa que venía haciendo ahora casi todo el rato, muy juntas ambas, como si fuesen amigas de toda la vida compartiendo sus pequeños secretos y eso.

            Aquella noche en casa, cuando regresaron de El Ingenio, mi madre parecía más desanimada y silenciosa que de costumbre; estoy seguro que se debía al hecho de que no habían podido ver a mi hermano aquella tarde, pese a que ellos habían llegado a El Ingenio bastante antes de las cinco, que era la hora normal de visita.

            Había varios parientes allí cuando llegaron ellos; la mayoría, gente que aquella misma mañana había estado cantando y gritando y exigiendo con ellos en la esquina de Javier Sanz.  A todos ellos se les denegó el acceso también, sin darles ningún tipo de explicación; así pues, estuvieron algún tiempo rondando por allí, intentando sin éxito averiguar cuándo podrían ver a sus seres queridos de nuevo o, por lo menos, cómo se encontraban.

            Aquella noche, seguramente que con la intención de sacarla o distraerla de unos pensamientos que presumía deprimentes, mi padre le preguntó sobre qué habían estado hablando tanto rato, esto es, ella y la madre de Encarnita.  Mi madre pareció entonces un poco más habladora, aunque su talante se notaba que aún seguía siendo indudablemente deplorable:

            —Me ha estado contando cosas de su niñita, que es como llama a Encarnita; y yo he estado recordando los años en que vivíamos en Laujar y Joaquín era un niño pequeño.  —Me di cuenta de que ella comenzaba a llorar, silenciosamente, sin ruido alguno y sin emoción aparente; por el contrario, siguió hablando suavemente, con toda la calma, dejando que las palabras se le deslizasen por entre los labios húmedos y las lágrimas y algún suspiro ocasional, moviéndose despacio todo el rato hacia delante y hacia atrás, a compás con el balanceo de su pecho—. Me ha dicho que su niñita siempre ha sido vivaracha, animosa, alegre, aunque un tanto responsable de más, pero tan preciosa y adorable...  Pensaron, es decir, ella y su marido pensaron que se les iba a morir cuando apenas tenía un par de meses, la difteria o algo así, y ella... era tan pequeña, con los deditos como palillos de dientes...  —Hizo un esfuerzo para seguir hablando, pero todo lo que pudo pronunciar de golpe, en un sollozo, fue:—  ¡Oh, Dios mío, mi niñito!

            Y con las manos tapándose la cara, se puso de pie y salió de la cocina apresuradamente, llorando y temblando, perdido todo control.

            Mi padre, que se había levantado casi al mismo tiempo que ella, salió detrás, haciendo por alcanzarla mientras mascullaba palabras, algo referente a que si al final todo se iba a arreglar, o algo así.

            Aún me parece estar oyendo su voz, llena de angustia y desesperación, conforme se perdía por el pasillo.

 

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