El Parte Inglés

 

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EL JUICIO

 

            —Eso es algo que me gustaría olvidar, ¿sabes?, aquella mierda de juicio, como se atrevieron a llamarlo, o Consejo de Guerra, que es exactamente como calificaron aquella payasada para más escarnio, ¿sabes?  Te aseguro que con lo que vi allí hay de sobra para llegar a aborrecer eso que los hombres llaman Justicia.  A los hombres también, si es que no hubiera ya motivos suficientes para ello...  Sí, a los hombres, también...  Aquella gente, detrás de aquella mesa cubierta con el inmaculado tapete azul, vestidos ellos con impecables uniformes militares, las gorras de plato cuidadosamente colocadas en el paño azul ante ellos, callados y sin dejar de mirarte, ¿sabes?, como si fuesen robots sin alma que estuvieran allí para asesinar el aliento de un joven apasionado, vehemente, angustiado...  desamparado...

            Me contó también que en el mismo momento en que entró en la habitación en semipenumbra, ya que la luz de la araña que colgaba del techo no era mucha y las cortinas estaban medio corridas sólo, y vio la mirada suplicante y desesperada de mi hermano clavada en él, se olvidó inmediatamente de su propio malestar para concentrarse en lo que tenía que exponer ante aquella gente; estaba a punto de abrir la boca para comenzar su alegato cuando el que estaba en medio, es decir, el que parecía estar presidiendo el Consejo de Guerra, y que era un teniente coronel que habían traído de Málaga expresamente para esta ocasión como más tarde aquella misma mañana supo Muñoz de Escalona, bueno, pues este hombre, este teniente coronel que te digo se aclaró brevemente la garganta, avanzó un tanto el busto hacia el tapete azul ante él, y dijo:

            —Como usted sabe, esto es un procedimiento militar y usted no tiene competencia en absoluto para intervenir en él; no obstante, como el defensor, teniente Fernández Palacín, le ha convocado a usted, y esta Presidencia entiende que no procede objeción a ello, el Consejo escuchará lo que usted tenga que exponer en favor del acusado.  Por supuesto, ni que decir tiene que usted tendrá que atenerse en todo momento a lo establecido por el Código de Justicia Militar; pero usted ya sabe todo eso, ¿no?

            —Yo me había estado preparando para algo así, claro está, ¿sabes?, pero cuando lo escuché en palabras reales sentí lo mismo que cuando oí los primeros cañonazos que disparó el Canarias en agosto del 36 y que fueron a reventar los depósitos de la Campsa, allí, en Pescadería.

            También Muñoz de Escalona me dijo que había intentado recobrarse del sobresalto ganando unos segundos, acercándose a mi hermano y sonriéndole para darle confianza, para tranquilizarlo, que por supuesto no sirvió para nada, ya que oyó que mi hermano le susurraba, casi llorando:

            —¡Por los clavos de Cristo, haga algo!  ¡Están echándome la culpa de todo!

            —Intenté aparecer sereno y tranquilo, ¿sabes?, pero al mismo tiempo inflexible para que ellos notasen que no comulgaba con aquella farsa suya, que no me engañaban.

            A decir verdad, creo que apenas pudo hablar; date cuenta, no es que no fuese capaz, sino que no le dejaron.

            Comenzó por indicar que mi hermano era un individuo civil, y que como se había promulgado recientemente la Ley de Seguridad del Estado, era por esta Ley por la que tenía que ser juzgado, no por el Código de Justicia Militar.  No pudo acabar; el que parecía estar presidiendo el acto le cortó en seco:

            —Si es eso lo que ha venido a declarar, erróneamente por supuesto, es decir, a poner en tela de juicio la competencia de este Consejo de Guerra para juzgar este caso...

            —Eso no es exactamente lo que yo he...

            El Presidente puso de repente ambas manos abiertas sobre la mesa con toda su fuerza y dejó que el estruendo del porrazo se desvaneciera, con un Pepe sobresaltado mirándole con la boca de par en par, un inesperado silencio reinando por toda la habitación; entonces, con toda la lentitud del mundo, echando hacia delante el pecho todo lo que pudo por sobre la mesa, le susurró con fiero convencimiento:

            —Si el testigo vuelve a interrumpirme le arrestaré de inmediato y le meteré en los calabozos hasta que aprenda modales.  —Después, tras una pausa larga para dejar que aquello calara en el testigo, se echó de nuevo hacia atrás en su sillón y siguió con una voz ya más normal:—  Si es que usted piensa que este Consejo de Guerra no es competente para juzgar este caso, ése es su privilegio y su parecer. Pero nosotros no estamos aquí para escuchar sus opiniones, por estúpidas que sean, sino para juzgar a este hombre.  Como usted debería saber, cada una de las personas que habitan en España no es más que un soldado dispuesto a defender a la Patria...  —aquí hizo una breve pausa para mirar desdeñosamente a mi hermano— o para traicionarla, como parece haber sido el caso aquí  —añadió lentamente, dejando que el desprecio que mi hermano le merecía se hiciese patente en su voz.

            —¿Sabes?  —me confesó Muñoz de Escalona un día—, fue el peor momento  de mi vida, porque tenía que decidir entre lo que yo estaba rabiando por hacer, que era decirles a aquellos monstruos lo que realmente pensaba de ellos y de toda su parentela, ¿sabes?, o si por el contrario debía intentar seguirles la corriente. Estaba tu hermano allí a mi lado, temblando, ¿sabes?; porque para entonces tu hermano tenía una idea muy clara de lo que aquellas víboras estaban intentando hacer...  de modo que, me decidí:  de repente alcé el brazo y chillé:  “¡Viva Francisco Franco, nuestro invicto Caudillo!”.  Y me quedé así, quieto, con el brazo levantado, los ojos firmemente clavados en el retrato de Franco que estaba en la pared detrás de aquellos canallas que me miraban desde el otro lado de la mesa, ¿sabes?, mientras yo no dejaba de aplicarle en silencio todos los insultos que me sabía, claro está, manteniendo los labios cuidadosamente apretados y el rostro en una especie de éxtasis o arrebato, ¿sabes?, como si estuviera en trance delante de aquel maravilloso espectáculo que era la figurilla rechoncha y risible del Caudillo.  Te aseguro, ¿sabes?, que en verdad que me sentía como un mal actor esperando con desesperación oír los aplausos o los pitos en la representación más importante de su vida.

            —¿Se está usted burlando?  —fue la respuesta del Presidente—.  ¿Está usted intentando mofarse de este Consejo de Guerra?

            Y el tono que empleaba no dejaba en absoluto lugar a dudas sobre cuál iba a ser su reacción.

            La respuesta de Pepe vino sobre la marcha:

            —¡No me estoy burlando porque no podría, ya que soy un verdadero y leal partidario del régimen que ha salvado a nuestra excelsa Patria de la perfidia comunista!  —Y todo esto lo dijo gritando a la fotografía de Franco allá arriba, detrás, tal y como si en vez de un abogado él fuese uno de esos soldados a los que había aludido el Presidente—.  Yo solo deseo hacer notar a este Tribunal que la familia del acusado es católica de las de verdad, y que tengo aquí documentos firmados por el cura párroco de la familia en los que se afirma que asisten a misa con asiduidad, e incluso al Santo Rosario, aunque esto último no es de obligada...

            —¿De dónde sacaste todos esos certificados o lo que fueran?  —le pregunté, ciertamente sorprendido, ya que era la primera noticia que tenía de su existencia.

            —No toda la gente era tan inmoral aquellos días, ¿sabes?  —me explicó entonces Muñoz de Escalona—.  Unos pocos, la minoría, por supuesto, sé que eran católicos de verdad, que estaban en contra de la vergonzosa sumisión de la Madre Iglesia al Estado, y en contra de la horrenda represalia que tenía lugar entonces y que estaba siendo bendecida por la Iglesia.  Pero, ¿sabes?, no podían hacer mucho.  O no se atrevieron, a saber.

            —Todo eso está muy bien  —le dijo el Presidente, que aún no parecía muy convencido de que todo no hubiese sido una burla hacia el Tribunal—; pero lo que estamos considerando aquí no es la fe religiosa de la familia de este hombre, sino los actos vergonzosos que él ha realizado contra la Patria.

            —En ese mismo instante tuve la absoluta certeza  —me diría Muñoz de Escalona en cierta ocasión— de que tu hermano no tenía escapatoria; y que el muchacho que tenía a mi lado era ya en realidad un cadáver.

 

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