El Parte Inglés

 

31

 

LA PELEA

 

            —¿Sabes?  Cuando salí de aquel antro de los infiernos, estaba enfermo.  El mismo oficial, uno patatero que me había conducido a la sala escasamente cinco minutos antes, debió haber notado cómo me sentía, ¿sabes?, porque sin yo decirle nada me llevó por un pasillo largo y desierto hasta que se detuvo delante de una puerta cerrada.  Yo estaba allí, de pie, mirándole a la cara aún pero viendo tan sólo la del estremecido muchacho que se había quedado allá dentro, demasiado horrorizado todavía para darme cuenta de nada, con el rostro delante mismo de mí, que por cierto parecía contemplarme con una especie de expresión amable, eso es cierto.  “El aseo”, repitió al cabo, ya que yo no parecía moverme ni entender palabra, solamente estaba allí como traspuesto, mudo.  Incluso me abrió la puerta para que entrase, fíjate, incluso eso.  Un hombre caritativo, sí.  Cuando salí, unos cinco minutos después, ya no estaba allí ni se le podía ver a lo largo del pasillo, ¿sabes?  Sin embargo, según me acercaba a la puerta cerrada del Salón de Actos, flanqueada ésta por un par de soldados ya que tras ella se estaba celebrando el Consejo de Guerra, como sabes, noté que de detrás de un grueso pilar salía el humo de un cigarrillo que alguien estaba fumando semiescondido allí, justo en el rellano de las escaleras que minutos antes había subido.  Era el oficial.  Tenía yo la intención de pasar de largo y huir de allí tan rápidamente como pudiera; pero en el momento en que cruzaba delante de él, me habló:  “Ha debido ser duro”, murmuró.

            Cuando Muñoz de Escalona me contó esto reconoció que, aunque los modales de este individuo parecían bastante amables y moderados, él estaba para entonces tan desesperado y desanimado que se detuvo, le miró y, antes de pensar siquiera lo que estaba diciendo, barbotó lleno de ira, roto y rabioso como se sentía:

           —¡Más que duro; ha sido doloroso y asqueroso!  —Y de seguido, como un reto:— ¡Ilegal y escandaloso, eso también, ¿sabes?, una completa burla de la Justicia!

            Y se quedó allí, mirando al oficial a los ojos, dispuesto a apechugar con lo que viniese a continuación, fuera lo que fuese.

            El otro se entretuvo unos instantes hurgando en el bolsillo de la guerrera. Del que terminó sacando finalmente un paquete verde de Caldo de Gallina, el abominable y apestoso tabaco que se solía fumar entonces.

            —Tenga, eche uno  —le ofreció.

            El abogado, observando que se le ofrecía su tabaco favorito y totalmente entusiasmado en su ansia por echar uno, se aplicó a liarlo mientras el otro continuaba con su cháchara.

            —Al principio, ¿sabes?, no presté mucha atención a lo que estaba diciendo, concentrado yo como estaba en la laboriosa tarea de liar un cigarrillo con los dedos temblorosos.

            Luego, según me contó, mientras daba las primeras y ansiosas caladas, ya comenzó a tranquilizarse de alguna manera y se empezó a dar más cuenta del discurso un tanto reflexivo pero discreto y sosegado del otro:

            —...  entonces estuve en Brunete, allí, sí, en julio del 37; y más tarde fui al Ebro, el verano siguiente, que fue el del 38  —decía, todo el rato dando pensativas caladas a su pitillo—.  En todos sitios he visto muchos jóvenes como el que está dentro de esa habitación ahora mismo  —señalando hacia la puerta del Salón de Actos—.  Solían pelear como leones, sin mostrar miedo a nada, dando su vida, incluso, sin saber realmente por qué.  Muchos de ellos murieron, algunos eran amigos míos, mis mejores amigos.  Ayudaba a enterrarlos, a veces llorando mientras lo hacía.  —Le dio una última chupada al cigarrillo y lo dejó caer al suelo, siguiendo con la vista dónde caía—.  Todavía hoy a veces yo mismo aún me pregunto el porqué  —añadió aplastando la colilla con el tacón de su bota militar.

            Él, es decir, Muñoz de Escalona, preguntó:

            —¿Han acabado ahí dentro?

            Tardó el otro un poco en contestar, y cuando lo hizo era patente el desagrado en su voz:

            —Ahora están escuchando a otro testigo, una especie de falangista o algo.

            Muñoz de Escalona no me dijo qué fue lo que le hizo preguntar:

            —¿Uno alto, con una nariz muy grande?

            —No, no es ése; es otro de ellos, un enano fanfarrón y charlatán.  El de la nariz que dice testificó unos minutos antes que usted.  Han ido pasando ése y cuatro falangistas más de uniforme.  Debieron de llegar aquí antes que nadie; han estado esperando en uno de los despachos de ahí.  —Señaló hacia el extremo opuesto del pasillo—.  Han ocupado el mejor, el del Director, me parece.  Cada vez que me he acercado para traer a uno u otro de ellos siempre me los he encontrado riendo, bebiendo y contando chistes, como si esto fuera una fiesta.

            El abogado continuó fumando unos instantes en silencio; finalmente preguntó:

            —¿Crees que tenemos alguna posibilidad?  —Entonces, como veía que el otro no contestaba, que hacía como si no hubiese oído, masculló:—  Sí; yo también pienso lo mismo.

            Cuando unos diez minutos más tarde Muñoz de Escalona bajó las escaleras y entró en la mañana radiante, aún se sentía asqueado; y, date cuenta, años después él me diría muchas veces que la mañana era espléndida, una de ésas tan frecuentes aquí en primavera, en Almería.  Alegre, sí.  Con el cielo azul intenso, sin nubes; y muchísimos, muchísimos pájaros cantando medio escondidos entre las ramas espesas de los árboles de la calle Javier Sanz.

            Entonces, cuando estaba a punto de torcer por la esquina de la calle Méndez Núñez, vino a tropezar con mi padre que, mientras esperaba allí, le había visto salir.

            Muchas veces me he preguntado qué sentiría mi padre en aquel momento, mientras aguardaba, muriéndose en una agonía angustiosa por saber cuál iba a ser el sino de su hijo, ansiando no oír lo que ni se atrevía a pensar, pero que en su fuero interno intuía con total certeza; viendo caminar tan lentamente hacia él a quien se lo iba a decir.

            Y todo el rato él allí, tan cerca de su niño.

            Tan lejos ya.

            —Creo, ¿sabes?, creo que lo supo en el mismo momento en que me vio, es decir, cuando él se dio cuenta de que no le podía mirar a los ojos.  Yo no pude ni pronunciar una palabra.  Le oí suspirar hondo, y murmuró:  “Así pues, ya no queda ni la esperanza, ¿verdad?”.  Sí, ¿sabes?, ése fue su único comentario.  No le engañé ni un instante; por supuesto, ni lo intenté.

            La tristeza y la severidad de la soledad de mi padre allí y luego...

            —Fuimos a La Granja Balear, ¿sabes?, que era el café de moda entonces, ya te he dicho.  Fuimos allí no por eso, claro está, ya que tu padre no quería ver a nadie ni que le viesen en aquella situación, no; fuimos a ése en realidad porque era el que estaba más cerca, ¿sabes?  Me dijo que no podía enfrentarse a tu madre en aquellos instantes.  No hicimos nada allí, en La Granja, sino que permanecimos sentados y silenciosos en una mesa del rincón durante un rato, ¿sabes?, quizás una hora o más.  Aún estábamos allí cuando un grupo de personas entró, cinco me parece, ¿sabes?  Charlando y riendo, metiendo mucho ruido y molestando a todo el mundo, bulliciosos y eso, ¿sabes?  No obstante, nadie allí se atrevía a decirles nada ya que llevaban uniformes de falangistas, por supuesto.  Se dirigieron derechos a la barra y pidieron bebidas, chillando y vociferando sin parar.  Entonces, en un momento determinado, el enano nos vio; inmediatamente se lo dijo a los otros y comenzó una especie de consejo en susurros, con las cabezas juntas y así, ¿sabes?, lanzándonos miradas.  Entonces uno de ellos, el más alto y de la nariz gorda, cogió su vaso, estaban bebiendo cerveza me parece, se  dio la vuelta para que le viéramos de frente y, sin dejar de mirar a tu padre, levantó el vaso como en una especie de simulacro o burla; a continuación lo apuró.  Todo el rato, ¿sabes?, todo el rato el hijo de la gran puta sonriendo.  Te digo la verdad: si hubiera tenido una pistola entonces, allí mismo lo mato de un tiro.

            Pero como no la tenía, se lanzó contra ellos.

            El incidente de La Granja Balear fue ampliamente comentado en toda Almería aquellos días.  Aunque, por supuesto, de ello no hubo ni una letra en nuestro bien amado Yugo.

            Por supuesto.

 

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