El Parte Inglés

 

32

 

LOS NOMBRES

 

            —Por supuesto que comprendí la postura de tu padre; yo habría hecho lo mismo, ¿sabes?  Quiero decir que, si tienes un hijo al que están juzgando en un Consejo de Guerra en ese momento, la última cosa que te hace falta es encontrarte tú en medio de una bulliciosa pelea aparentemente política en un bar; de modo que él hizo lo correcto cuando abandonó La Granja discretamente.  Sin embargo, tu padre ya arriesgó cuando vino a visitarme allí más tarde, ¿sabes?

            “Allí” era El Ingenio, el sitio donde habían llevado a Muñoz de Escalona  al poco de su incidente en La Granja Balear y a la espera del juicio que vino después, y que se celebraría finalmente dos semanas más tarde.

            Le habían dado una buena tunda en el café, de donde le rescataron con sangre manándole por boca y nariz, con ambos ojos cerrados salvo por una pequeña rendija en uno de ellos que tal vez le permitiría distinguir si acaso algo de luz, con el cuerpo doliéndole a lo que daba, y con la lengua largando a todo trapo:

            —¡Me importa tres leches si me lleváis a los infiernos o a donde os salga llevarme!  ¿Entendéis?  —había estado tartajeando aquella mañana en el camino desde La Granja Balear a comisaría—.  ¡Esto es un clarísimo y asqueroso asesinato y esa rata de Ramoncito Pérez es el canalla del asesino; y todos vosotros, los cómplices!  ¡Y lo que es más:  vosotros lo sabéis!

            Finalmente, y siendo él personaje ampliamente conocido e incluso estimado de alguna extraña forma por los mismos policías que le estaban llevando a comisaría, alguno u otro de ellos le puso un cigarrillo en medio de sus labios hinchados, seguramente que con la intención de evitar que dijera alguna inconveniencia en contra del régimen que luego podría revelarse como mucho más peligrosa que una simple agarrada en un bar.

            —El juez, ¿sabes?, era otro desgraciado como los demás, por supuesto. Quiero decir que si no eras un cerdo entonces, no podías ser juez, ¿sabes?  Lo que es más:  era de los viciosos y resabiados, de los puñeteros, ¿sabes?  De manera que sólo me mandó a El Ingenio a cumplir un año y me inhabilitó por otros tres; todo eso por alteración grave del orden público y ofensas contra el Estado, ¿sabes?

            Mi madre no supo nada de todo este lío entonces.  Mi padre prefirió contarle que no le había gustado la manera en que Pepe había llevado a cabo la defensa de mi hermano; y que por ello había decidido prescindir de sus servicios en lo sucesivo.  Más adelante ella preguntó algo, ya que oyó cosas aquí y allá, pero como no estaba interesada ni mucho menos y mi padre se aferró a la misma historia durante algunos días, es decir, lo de que no estaba satisfecho con los servicios de Pepe, ella dejó pronto de preguntar y al cabo de poco pareció haberse olvidado por completo.

            Era bastante después de las cuatro de la tarde cuando regresaron a El Ingenio los noventa y nueve hombres y la mujer que presuntamente formaban el complot de El Parte Inglés, después de haber estado durante todo el día asistiendo al Consejo de Guerra incoado contra ellos.  El caso es que logré descubrir, luego ponerme en contacto, y finalmente hablar largo y tendido con varios de ellos a lo largo de los años que siguieron.  Antes de que fuesen muriendo, claro está.

            Así supe cómo fue que llegaron cansados, deprimidos, silenciosos, desalentados.

            Según iban bajando de las camionetas, y esta vez no había nadie gritando o reclamando por la forma en que los trataban, los iban llevando a una parte del campo en donde grupos de los otros presos habían estado trabajando todo el día para dejar preparados unos nuevos alojamientos para ellos.

            Allí les obligaron a formar delante de los cuatro cobertizos de madera, dispuestos de manera que dos de ellos daban frente a los otros dos dejando en medio una especie de corredor abierto.  En su conjunto esta zona aislada y semiabandonada se había utilizado hasta entonces como “Área de Enseñanza Artística y de Formación del Espíritu Nacional”, es decir, AREAFEN, o sitio donde se llevaba a los más notorios comunistas para hacerles cantar canciones fascistas o asistir a conferencias patrióticas cada vez que a las autoridades del campo se les antojaba o les venía en gana.

            Al rato de estar más o menos alineados, y cuando ya empezaban a desesperar, apareció un individuo enjuto y pequeño a quien sólo en muy raras ocasiones habían visto antes; vino él a ponerse delante, severo y firme, y con vocabulario parco y voz seca y autoritaria pasó a comunicarles que él era el comandante del campo.

            —Estos son vuestros nuevos alojamientos desde ahora en adelante  —empezó por decirles; y a renglón seguido:—  Los guardianes de esta prisión tienen órdenes tajantes mías de disparar a matar a cualquiera que sea sorprendido intentando abandonar esta zona.  Se os permitirá salir de los barracones sólo media hora por la mañana, es decir, de once a once y media, para realizar ejercicio físico; luego, por la tarde, y esto solamente si es que en el futuro se os autoriza a recibir visitas, podréis desplazaros al cobertizo que hay junto a la enfermería, de tres a tres y media de la tarde.  Si se os sorprende fuera de los barracones en cualquier otro momento se os disparará a matar.  Como consecuencia de vuestro comportamiento abiertamente antipatriótico, no se os dará ningún alimento hoy; además, se han cancelado todas las visitas.  Y se os advierte que todo intento de alterar el orden o quebrantar la disciplina se considerará delito de traición a la Patria y como tal será severamente castigado.

            —Estábamos tan cansados y deprimidos  —me dijo uno de ellos años  después—, que nadie dijo nada; sólo rabiábamos por tendernos en algún sitio y olvidarnos de todo.

            Entonces, antes de que se movieran o rompieran filas, aquella víbora delgada y pequeña sacó de un bolsillo de la guerrera un papel doblado y, mientras lo desdoblaba, les comunicó:

            —Éstos que voy a nombrar ahora ocuparán el barracón número cuatro, que es ése.

            Señaló al que estaba a su espalda.

            A continuación comenzó a leer.

            El primer nombre fue el de mi hermano.  Luego, siete más, entre ellos el  de Encarnita, que fue el último.

            Una oleada de alarma y miedo recorrió las filas conforme de los labios de aquel hombre iban cayendo sobre los presos los nombres que pronunciaba.

            —En aquel mismo momento, mientras leía los nombres, la mayoría de nosotros se dio cuenta de que estaba diciendo quiénes iban a morir; que aquéllos cuyos nombres se oían eran ya cadáveres a todos los efectos.  Uno de ellos comenzó a vomitar allí mismo, cuando la víbora terminó de leer y un silencio estremecido lo invadió todo.  Después, aquel hijo de puta paseó los ojillos por encima de nosotros, se quedó un instante inmóvil, y finalmente logró sacar un gritito de falsete:  “¡Viva nuestro invicto Caudillo!”, que sonó lamentable y que, por supuesto, nadie se tomó el trabajo de contestar.

            Fíjate, aquella misma tarde mis padres habían vuelto de la Escuela de Artes a casa cerca de las cuatro; no habían almorzado tampoco, ya que mi madre pensó que no tendrían tiempo para ello.  Se pasó el poco rato que estuvieron allí diciendo nerviosamente que tenían que salir para El Ingenio inmediatamente, desde el mismo momento en que entró y se dirigió derecha al cuarto de baño.  Estaba cerrando la puerta del baño cuando oí que le decía a mi padre que tendrían que ir en taxi, y que recogerían a Encarna de paso por la calle Murcia.

            Mi padre, por el contrario, la había intentado convencer para que ella almorzara algo, aunque fuese algo ligero, sin lograr que ella le hiciese caso; de modo que, finalmente, mientras ella estaba en el cuarto de baño, él tomó algo de pan y no recuerdo ahora qué más, tal vez un trozo de queso, lo lió en una servilleta limpia, y se fue a buscar al taxi, dejándole dicho a Daniel que mi madre debía esperarle allí, y que no fuera a irse a ningún sitio hasta que él viniera con el taxi.

 

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