El Parte Inglés

 

33

 

NO HAGAS NADA

 

            Comencé a hacer los exámenes finales aquella misma semana; el primero dos días después, es decir, el 20 de mayo.  Lo hice mal, me creo; no podía concentrarme en absoluto en las cosas del Instituto cuando el rostro de mi hermano, sus palabras, sus cosas estaban alrededor de mí o dentro de mi cabeza. Además, la presencia silenciosa y desesperante de mi madre era suficiente y de sobra para tenerme sobrecogido y angustiado y para hacer subir a los ojos a todas horas lágrimas que no siempre me veía capaz de contener o disimular más mal que bien; afortunadamente ni ella ni yo pasábamos mucho tiempo en casa aquellos días ya que yo seguía yendo al Instituto y ella había adoptado el hábito de ir a misas por toda Almería, la mayoría de las veces en compañía de la madre de Encarnita que, contra todo pronóstico previo, se estaba convirtiendo rápidamente en su amiga íntima.

            Durante toda aquella semana mis padres no habían podido ver a mi hermano ni una sola vez; habían seguido yendo a El Ingenio cada día, cada día habían guardado cola bajo el sol inclemente y el calor desesperante de las medias tardes del mayo almeriense, habían soportado la angustia y las incomodidades de una espera cotidiana, tan sólo para que una y otra vez se les comunicara con todos los malos modos posibles que a los traidores de El Parte Inglés no se les permitía recibir visitas aquel día tampoco y que no se sabía cuándo se reanudarían éstas, si es que acaso alguna vez se autorizaban de nuevo, por supuesto.  No obstante lo cual, a la tarde siguiente allí estaban de nuevo, otra vez a las cinco menos cuarto, como de costumbre.

            Claro está que los parientes de los presos habían intentado por todos los medios saber qué estaba sucediendo con sus familiares, y se habían más o menos organizado en una especie de hermandad no declarada; así, de una forma u otra  se habían enterado de a los conspiradores de El Parte Inglés los habían llevado a una parte aislada del campo, al extremo del fondo a la izquierda, en donde los habían recluido en cuatro barracones de los que únicamente salían una vez al día, media hora a las once y media cada mañana para realizar ejercicio físico.

            —Pero, pero  —no cesó de repetir la madre de Encarnita todo el camino de regreso el día que se enteró—, pero deben estar equivocados.  No pueden encerrar  a una mujer en el mismo barracón con tantos hombres.

            —La pobrecita  —contaba mi madre aquella noche en casa, refiriéndose a la madre de Encarnita, por supuesto— venía desesperada; no paró de llorar en todo el camino de vuelta.

            Aquella misma tarde, cuando dejó a mis padres y según más tarde se supo, Encarna se fue derecha a la Comisaría de Policía y pidió ver inmediatamente al Jefe de la Secreta, ya que tenía una importante confesión que hacer y tan sólo la haría en su presencia.  Cuando finalmente logró que la condujesen al despacho de éste, nada más entrar se arrojó a sus pies, llorando violentamente y al mismo tiempo hablando sin parar con una voz tan alterada y trabajosa que no se le entendía nada. Por último alguien sugirió:

            —Tal vez si se tomara una tila...

            Como no había posibilidad de prepararle una tila allí, el Jefe decidió:

            —Un poco de coñac la tranquilizará lo mismo.

            De manera que le hicieron beber un poco de Tres Cepas, que tal era la marca que el Jefe guardaba bajo llave en un destartalado armario junto a la esquina.  Entonces ellos, es decir, el Jefe y los dos policías de paisano, se sentaron a esperar.  Al principio no sacaron mucho en claro; pero según ella se iba controlando un tanto, comenzaron a interesarse cada vez más por sus palabras.

            Años después el Jefe de la Secreta, en su intento por quedar al margen de todo, confió a no recuerdo quién ni tampoco creo que interese mucho su nombre ahora, que la madre de Encarnita comenzó por dar los nombres de los componentes de El Parte Inglés de propia voluntad, sin ninguna coacción por su parte; mi hermano, ni que decir tiene, no era ninguno de ellos; tampoco Encarnita. A continuación les confesó cómo era el proceso de elaboración del dichoso Parte: los boletines informativos de la BBC se los daba el mismo cónsul inglés (un tal Mr B, el cual ella no sabía exactamente cómo los obtenía) a uno de los implicados, Pepito el Inglés se llamaba, que los traducía, amañaba y redactaba nuevamente de la manera que él estimaba como más conveniente; esta redacción definitiva Pepito se la pasaba a otro joven llamado Martín Cunquillos, que era el que a escondidas lo mecanografiaba en una vieja máquina de escribir de su padre cuando éste no estaba en casa (un enorme y destartalado caserón de la calle Trajano, mediada la calle y a la derecha según subes hacia la Catedral).  Cuando acababa, y a veces tardaba dos o tres días, llevaba las copias a casa de Encarna que era donde otros cuatro miembros, llamados Tara Yébenes, Zea Baró, Carretero Ocete y Polo Giral, las recogían para finalmente distribuirlas por toda Almería.

            Estas seis personas, fíjate, el Inglés, Cunquillos, Yébenes, Baró, Carretero y Giral, eran los que estaban compartiendo el cuarto barracón con Encarnita y mi hermano en aquellos mismos instantes.

            Cuando el Jefe de la Secreta estuvo seguro de que ella le había dicho todo lo que sabía, mandó que la llevasen a una de las celdas y él se sentó allí, en su despacho, a pensar durante un rato.

            Estaba claro que ellos sabían todo el asunto y nada les había cogido de sorpresa; pero una cosa sí les llamó la atención:  ella se había mantenido firme, inquebrantable, inflexible, inamovible en un punto, y éste era que ni su hija ni mi hermano habían tenido nada que ver con el complot.  Era lo mismo que había mantenido el joven que los traicionó en primer lugar, y al que nadie había creído entonces con Ramoncito diciendo lo contrario.

            —Saqué la impresión de que estaba diciendo la verdad; y también me di cuenta de que alguien los había incriminado falsamente y con pleno conocimiento...  Ramoncito, por supuesto.

            No es muy difícil imaginar qué pensaría entonces:  la manera de hacer el mejor uso de la información para su propio provecho y al mayor descrédito de Ramoncito, haciéndole aparecer a él como el culpable de tener a dos personas inocentes condenadas a muerte entonces mismo, como a él no le cabía duda de que ya lo estaban aunque aún no se hubiesen hecho públicas las sentencias.  Así todo el mundo se daría cuenta de que una investigación no era algo para encomendar a un aficionado, que éste era el caso de Ramoncito Pérez.  Una persona, dicho sea de paso, a quien él había tomado una profunda antipatía.

            Pasó bastante tiempo antes de que descolgase el teléfono y diese instrucciones de que le pusiesen con el Gobernador Civil, camarada Ricardo Alonso Quintana.  Como esperaba, le dijeron que no se encontraba disponible en ese momento y le preguntaron por el asunto que originaba la llamada.

            —Mire  —le dijo al secretario del Gobernador—, debo hablar con él urgentemente; es un asunto serio que afecta a la seguridad de la ciudad.  ¿Dónde puedo contactar con él?

            Pese a su insistencia y apremio, el secretario se mantuvo en sus trece, repitiendo una y otra vez:

            —El camarada Alonso Quintana se pondrá en contacto con usted tan pronto como le sea posible.

            Finalmente, habiéndole asegurado al secretario que tenía la intención de permanecer en su despacho en tanto no recibiese la llamada del Gobernador, y urgiéndole a que informase a su jefe tan pronto como pudiese, se dispuso a esperar todo el tiempo que fuese necesario.  Apenas se había sentado cómodamente en su sillón cuando el teléfono comenzó a sonar.  Era Alonso Quintana, por supuesto, enérgico y lacónico como de costumbre:

            —Bueno, Paco, ¿qué pasa?

            —Buenas tardes, Excelencia; tenemos un problema aquí  —comenzó, como tanteando.

            —Tú tienes un problema ahí  —le cortó secamente el Gobernador—.  Yo no.

            —Sí, sí, claro, por supuesto, Excelencia, eso es lo que quería decir. Nosotros, o sea, mi gente tiene un problema aquí.

            —¿Bien?  —preguntó Alonso Quintana con impaciencia, ya que la pausa del otro parecía querer seguir por toda una eternidad.

            —Sí, sí, por supuesto.  Es sobre El Parte Inglés.

            —Bien, ¿qué hay de eso?  ¿No es ya asunto acabado?

            —Sí, sí, acabado, naturalmente, pero...

            —¿Qué, entonces?  Si está acabado, está acabado, ¿no?

            El Jefe para entonces estaba sudando copiosamente, viendo cómo sus tan bien pensados planes no estaban siguiendo el desarrollo esperado.

            —Por supuesto, por supuesto, está todo acabado ahora, sí, como Su Excelencia dice.

            —Bien, entonces, adiós, ¿no?

            El Jefe respiró profundamente, cerró momentáneamente los ojos, hizo un esfuerzo por reagrupar sus pensamientos que parecían estar huyendo despavoridos en todas direcciones, y finalmente se embarcó en una farragosa explicación interrumpida aquí y allá ocasional y brevemente por el Gobernador. Cuando, al cabo, terminó, todo lo que oyó decir a Su Excelencia fue un breve:

            —Espera ahí  —antes de que colgara.

            Mientras el Jefe se secaba nerviosamente la frente con el pañuelo, aún le parecía oír las enojadas palabras del Gobernador hacía tan sólo unos instantes:

            —¿Cómo sabes que están condenados a muerte?  Me creo que las sentencias aún no se han dictado.

            Ahora le pareció que la suya no había resultado ser una respuesta totalmente torpe dentro de la improvisación del momento:

            —Mi trabajo, Excelencia, es conocerlo todo.

            En sus últimos días Paco, el Jefe de la Secreta, solía asegurar que estuvo aguardando bastante más de una hora allí, en su despacho, antes de que el teléfono sonase de nuevo.  Era el secretario del Gobernador:

            —¿El Jefe de la Secreta?

            —Sí, soy yo.

            —No cuelgue.  El Gobernador le hablará ahora. 

            Y casi inmediatamente la seca, vibrante, viva, enérgica, y al parecer irritada voz de Su Excelencia:

            —¿Paco?

            —¿Sí, Excelencia?

            —Referente a ese asunto que mencionaste hace un poco, ¿recuerdas?

            —Por supuesto, Excelencia.

            —Perfecto.  No hagas nada.

            —¿Que no haga...  nada?

            —Exacto, eso es:  nada en absoluto.

            Y colgó.

            El Jefe se quedó aún algún tiempo con el teléfono en la mano, mirándolo, como si no hubiese entendido bien.

            Luego, lentamente, volvió el receptor a su sitio.

 

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