El Parte Inglés

 

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UNA CARTA

 

            Todavía la conservo en una vieja lata de galletas Artiach, junto con recortes amarillentos de periódicos, algunas fotos antiguas y cosas que me recuerdan cosas que ojalá pudiera olvidar.

            Esta carta que te digo no tiene ningún encabezamiento, aunque yo sí sé que fue escrita por Su Excelencia don Jerónimo Manzano, entonces Gobernador Civil de Tarragona, una de las provincias españolas más importantes y delicadas entonces y ahora, y a la que había sido destinado tras su acertado periodo de más de cinco años como Gobernador Civil de Jaén.

            Está escrita con un estilo informal; como que iba dirigida a su amigo, mi tío Eduardo.  Debo añadir que fue éste, mi tío, quien me la remitió junto con una nota que decía: 

Paquito:  Esta carta me la ha enviado mi amigo; ten mucho cuidado porque él es mi amigo.  Abrazos.  Ps.:  el subrayado de las últimas frases es mío; creo que las ha escrito para ti.  No es tonto, ¿sabes?”

            Bajo la fecha, 15 de marzo de 1965, dice así:

 

            “Mi querido Eduardo:

            “Te pido me disculpes por la tardanza en contestarte, pero verás: aunque he estado haciendo amplias indagaciones desde que recibí tu carta, no he podido averiguar nada hasta justamente la semana pasada.  No te voy a decir cómo me las arreglé ya que creo que no viene al caso, pero esto sí que te puedo asegurar:  lo que te escribo aquí es la verdad, o al menos tanta parte de la verdad como creo que nadie jamás llegue a averiguar.

            “No fue difícil en absoluto para el camarada Alonso Quintana recordar aquellos días, no sólo porque él parece gozar de una excelente memoria, sino también, y principalmente, porque creo que no tiene la conciencia muy tranquila por todo el asunto; quiero decir, cuando me contó esto hace un par de días, no paraba de preguntarme una y otra vez, como si estuviera intentando o deseando justificarse:  ‘Y bien, ¿qué habrías hecho tú, eh, eh?  Dime, ¿eh? ¿qué habrías hecho tú?’  En sus propias palabras, ‘todo fue un asunto sucio y asqueroso, mierda pura’.  Creo que para entonces ya estaba algo bebido, por supuesto, y me costó llegar a donde yo quería llevarle; finalmente logré preguntarle:

            “—Así pues, todo aquel asunto de El Parte Inglés al final se resolvió favorablemente.  Asunto fácil, ¿no?

            “Él se me quedó mirando con aquellos ojos suyos, grandes y saltones, inyectados en sangre los tenía ya.

            “—¿Sencillo?  ¿Sencillo?  ¡No fue sencillo en absoluto!  Fue bastante más que complicado.  Fue un lío horrible y una verdadera metedura de pata desde el mismo comienzo.  Aquel loco de Ramoncito lo embarulló todo, por completo.  Y la peor —continuó diciendo—, la peor complicación vino al final. Mira —se confió a mí—, ¿te lo puedes creer?  Los tenemos ya a todos arrestados, juzgados, y lindamente condenados a muerte; entonces, una noche, este individuo me telefonea...

            “—¿Este individuo?  ¿Qué individuo?

            “—El imbécil que teníamos por Jefe de la Secreta allí, un tal Paco. Bueno, pues viene y me telefonea y me dice:  ‘Tenemos aquí a la madre de la chica, y nos ha dicho suficiente como para que estemos seguros de que nos han engañado’.  Entonces voy y le pregunto:  ‘¿Engañado?  ¿En qué nos han engañado, y quién?’  Y me dice él:  ‘La chica y el muchacho que pensábamos que era el jefe de la conspiración, ése que se llama Joaquín, ninguno de ellos tiene nada que ver con el asunto en absoluto.  El primo estaba allí sólo porque era el novio visitando a su novia.  Nos ha estado diciendo la verdad todo el tiempo, el infeliz’, dice; entonces yo lo veo inmediatamente, quiero decir, me doy cuenta de que todo ha sido algo que ha maquinado ese hijo de puta, aquel maldito Ramoncito Pérez, para lograr sabe Dios qué fines.

            “—Sí, debió de haber sido una situación jodida de verdad  —le dije yo, para animarlo a seguir hablando; y lo debí hacer bien, indudablemente, porque siguió:

            “—¿Una situación jodida?  ¡No lo sabes tú bien!  Si hubiera tenido delante  en aquel momento al pedazo de cabronazo, te aseguro que le meto un tiro allí mismo entonces.  ¿Te lo imaginas?  ¡Dos personas inocentes sentenciadas a muerte!  ¡Fíjate en qué lío nos había metido!

            “—Y entonces, ¿qué hiciste?

            “—Lo primero, telefoneé a Juan Giménez a su casa, porque era ya demasiado tarde entonces para que él estuviera todavía en la Jefatura del Movimiento, las nueve y media o algo así; y me contesta la hermana y me dice:  ‘No está aquí.  ¿Quién es, por favor?’  Y yo le digo, le digo:  ‘Soy el Gobernador Civil y le quiero en mi oficina en media hora a lo máximo, porque si no está aquí para entonces, le meteré en la cárcel esta misma  noche y me aseguraré que se queda allí unos cuantos años’.  Luego me enteré, ¿comprendes?, me enteré de que el muy jodido estaba echando un rato con la Conejos y...

            “—¿La Conejos?

            “—Sí, una especie de querindanga suya.  Y de todo el que le pagara también, claro está; aunque eso él no lo sabía entonces.  Bien, pues, ¿te lo imaginas?  Así que allá que va su hermana y me lo saca de allí y a los veinticinco minutos ya está él esperando en la puerta de mi despacho.  Mi secretario me dice, cuando viene a anunciarme que ha llegado, me dice que viene tan nervioso que ni siquiera se ha abrochado la bragueta, que se lo ha tenido que indicar él; pero yo lo tengo allí esperando un rato.  Mientras tanto he mandado a por este canalla, este Ramoncito;  mando a un par de guardias de asalto a por él, de grises, y a la media hora de la llamada del Jefe ya los tengo a los dos allí, vigilados y esperando en la antesala.  Para entonces, fíjate, ya he hecho varias llamadas por teléfono.  Telefoneo al Gobernador Militar, que era el Coronel Denacloix, José Denacloix, y le digo, le digo:  ‘Eh, Pepe, tengo algo podrido aquí’; y él dice:  ‘¿Podrido?  ¿Cómo de podrido?’; y yo le digo:  ‘Es sobre el asunto de El Parte Inglés; dime, ¿cómo están las cosas?’; y me dice él:  ‘No necesitas preocuparte, me han dado el visto bueno esta misma tarde.  Ahora es como si ya estuvieran muertos’, y suelta la risita suya.

            “Yo pienso un segundo o dos y entonces le digo:  ‘¿De modo que ya no hay forma de cambiar nada?  ¿Es demasiado tarde ya?’.  Entonces, justo en este momento, noto que de repente se me vuelve cauteloso:  ‘¿Cambiar algo? ¿Cambiar, qué?  ¿Por qué tendríamos que cambiar nada?’.  De manera que no me queda elección y le digo:  ‘Es que podría pasar que alguno de ellos, de esa gente, no digo que éste sea el caso, por supuesto, pero a lo mejor a algunos de ellos me los han incriminado equivocadamente’.  Inmediatamente él suena como sobresaltado:  ‘¿Quieres decir que algunos de los finados son inocentes?’.  Yo no digo ni una palabra, de modo que hay un silencio largo y entonces él va y dice, va y dice:  ‘Yo no quiero saber nada de esto, ¿entiendes?  Estoy en puertas del ascenso; me faltan unas semanas nada más’.

            “Entiendo perfectamente, amigo Eduardo, que esto debe ser sumamente doloroso para ti, y sé que la venganza es casi siempre estimada como algo precioso por aquellos que la desean; pero te conozco y me doy cuenta de que tú comprendes en la clase de compromiso en que me meterías si todo esto se hiciese más o menos público.  De manera que prefiero acabar diciéndotelo todo.

            “Entonces le pregunté:

            “—¿Qué hiciste entonces?

            “—Después de haber dejado el teléfono  —me dijo Alonso Quintana—, di instrucciones para que hicieran pasar al par de pájaros que estaban aguardando en la antesala.  Cuando los tuve delante, me tiré unos segundos mirándolos, tan sólo mirándolos, para que se cocieran en su propia salsa, ¿comprendes?  A continuación me fui a ellos derecho y les chillé:  ‘¿De quién fue la idea?  ¿Quién fue el hijo de puta que dijo que ellos eran los jefes del grupo?’.  Juan Giménez se me queda mirando con los ojos más grandes que los de un besugo, como si no comprendiese nada, que entiendo que es lo que le pasa precisamente; pero el otro  sigue mirando fijamente hacia delante, como si no hubiese oído, que yo sé que sí ha oído, por supuesto.  Así que ya lo sé.  ‘Ahora dime, Ramoncito’, le digo, ‘todo el asunto ha sido idea tuya, ¿verdad?, ¿no es así, hijo de la gran puta?’.  Él no dice ni una palabra todavía, de modo que tengo que seguir:  ‘¿Acaso no sabías que era la madre la que estaba metida en el ajo, no la hija, so imbécil?  ¡Ahora tenemos sentenciada a muerte a la mujer equivocada debido a tu testimonio’.  Y, ¿sabes cuál es su respuesta esta vez?, ¿la sabes?  Dice él:  ‘Cuando fusilemos a su hija, para la madre será seguramente peor que si la fusilamos a ella; de manera que eso es verdadera justicia, camarada’.  Creo que le he entendido mal; le pregunto:  ‘¿Cómo dices?’.  Pero él, fíjate, ¡me repite lo mismo!  Y lo que es peor, estoy convencido de que lo siente, que lo que me está diciendo es lo que siente, quiero decir.  Entonces comienza a hablar.  Prefiero no recordar sus palabras.  La mayoría de ellas no tiene sentido para mí; como aquello de:  ‘...con tantos hombres jóvenes cómo han muerto en nuestra gloriosa cruzada defendiendo los valores sagrados de Falange, ¿cuál es el problema si se fusila uno de más o de menos?’  Finalmente acaba diciéndome:  ‘Mira, camarada, me voy ahora mismo y te advierto que si  algo me sucede ahora o más tarde, te vas a ver obligado a tener que dar un montón de explicaciones que muchos aquí, y algunos en Madrid, no van a  oír de buen grado, ¿sabes?’.  Sus palabras exactas.  Para mí que está mal de la cabeza.  He tomado mucho empeño, y esto te lo puedo asegurar, en que su futuro en Falange sea nulo.  Fuera de Almería, quiero decir.  El de Juan Giménez, también.

            “Bien, Eduardo, esto es todo lo que se habló.  Para ahora ya estaba tan bebido que era tarea difícil sacar algo en claro de aquel habla estropajosa y tartajeante.

            “Sólo me queda añadirte unas palabras para un amigo mío muy estimado:  creo que es un error vivir para los errores de los demás; supongo que si lo haces acabarás por haber vivido en su misma mierda.  Seguro”.

 

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