El Parte Inglés

 

35

 

LA SENTENCIA

 

            Puedes darte aún más cuenta de la maldad, depravación y sadismo de los que por entonces andaban empeñados en autoproclamarse defensores de la fe y  de la Iglesia Católica si examinas su comportamiento en aquellos días:  aunque habían cambiado las horas de visita a los implicados en El Parte Inglés, nadie había cuidado de decírselo a los familiares y amigos, los cuales seguían acudiendo a El Ingenio al sol y la hora de siempre, esto es, a las cinco de la tarde, para encontrarse con que se les comunicaba que ese día tampoco se autorizaban  visitas.

            Sin embargo, tras cinco o seis días así, exactamente el domingo de aquella semana, una angustiada pareja de ancianos llegó una tarde a las tres menos cinco. No puedo decirte por qué lo hicieron a esa hora; tal vez se confundieron, viejos y desesperados como estaban; no sé.  El caso es que allí estaban; y una vez en la puerta, como cada día, pidieron permiso para ver a su familiar, su hijo creo que era, sí, uno de los implicados en el asunto de El Parte Inglés.  En esta ocasión les contestaron que esperaran hasta las tres ya que ésa era la hora fijada para las visitas a aquéllos.

            Al principio pensaron que esto sería otra broma cruel; sin embargo, a las tres en punto un hombre joven con uniforme militar bastante desaliñado vino hacia el gran portón, que hoy día es todo lo que queda de El Ingenio, y gritó con voz no muy fuerte, la verdad, puesto que ni el sol ni la hora invitaban a brindis espectaculares:

            —¡Visitantes para los presos del Parte Inglés!

            Tampoco es que hicieran mucha falta los gritos, claro está, porque aparte de la pareja a pleno sol junto a la puerta, los dos guardias de asalto medio cobijados a la sombra, y de él mismo, no se veía a nadie bajo las chicharras y el sopor abrasador en aquel trozo de terreno seco y adormecido, siendo el día tan caluroso como te digo.  Aquél, todavía más.

            La pareja rápidamente contestó:

            —¡Nosotros somos!

            —Bueno; venid conmigo, entonces.

            Y echó a andar delante de ellos.  No habrían cubierto ni cien metros dentro del campo, cuando el viejo preguntó:

            —¿Es que han cambiado las horas de visita?

            A lo que el presunto soldado no contestó ni una palabra y siguió andando. A los pocos instantes, el viejo volvió a intentar iniciar la conversación de nuevo:

            —No sabíamos que habían cambiado las horas de visita.

            El soldado siguió caminando a grandes zancadas sin dignarse responder tampoco ahora, como si no hubiese oído o el viejo no mereciese respuesta alguna.

            De repente, se metió el viejo la mano en el bolsillo de la chaqueta andrajosa y llena de remiendos, sacó un paquete verde de Caldo de Gallina, el horrible tabaco de entonces, ya sabes, y se lo ofreció al soldado:

            —Venga, tome esto, es para usted.

            Esta vez el soldado sí pareció oír; primero miró a ver lo que le ofrecían, a continuación echó una rápida ojeada alrededor y, al no distinguir a nadie, con un movimiento furtivo y rápido ya no había paquete.

            A todo esto, en absoluto habían dejado de caminar, pasando por el terreno desierto por entre los soñolientos barracones.

            —Esta hora es mucho peor que la antigua  —observó el viejo, tenaz en su deseo de involucrar al otro en alguna especie de intercambio.

            El soldado aún seguía sin decir nada.  Entonces la vieja, que tras ellos había venido viendo, oyendo y andando en silencio también, exclamó de pronto, casi llorando:

            —¡Por Dios, usted no puede ser tan cruel!  ¡En algún sitio debe usted de tener una madre o alguien que le quiera como yo quiero a mi hijo!

            Aunque para cuando acabó de hablar ya tenía la cara tapada con las manos, y pese a que seguía andando con dificultad tras ellos, sus sollozos eran claramente audibles.

            El marido, sin decir ni palabra.

            —Yo no sé nada  —masculló el soldado; pero sonaba como si se estuviese disculpando de alguna forma—.  Los cambiaron a los barracones del fondo, aquellos de allá, hace tres o cuatro días.

            Señalaba con el mosquetón hacia algún sitio a la izquierda.

            A todo esto, habían llegado a un gran cobertizo junto a la enfermería.  El soldado se detuvo:

            —Decidme el nombre de vuestro hijo y esperad aquí.

            Unos cinco o diez minutos después de que el soldado se hubiese ido, vieron venir a su hijo en medio de dos guardias civiles, las manos esposadas por delante.  Abajo.

            Alrededor de quince minutos más tarde, acabada la visita, fueron conducidos a la entrada por el mismo soldado que les había acompañado al  entrar.  Ahora sí que parecía algo más humano.

            —Habéis tenido suerte  —soltó sin que ellos hubiesen dicho nada—.  Vuestro hijo no está en el barracón número cuatro.

            El viejo parecía no entender.

            El soldado no contestó de inmediato; cuando finalmente lo hizo, la pareja otra vez sintió escalofríos de horror y alivio recorriendo sus cuerpos viejos.  Gastados.

            —Por aquí le dicen a ese barracón, al número cuatro, le dicen el ataúd, porque han metido en él a los presos que van a fusilar.

            Eran pasadas las tres y media cuando salieron de El Ingenio.  Sin embargo, esperaron allí bastante más de una hora bajo un sol inclemente hasta que comenzaron a llegar los parientes de los otros presos a los que dijeron cómo habían cambiado la hora de visitas y algo más de lo poco que sabían, es decir, lo que su hijo les había dicho.  Entre otras cosas, la identidad y destino de los ocupantes del barracón número cuatro.

            Cuando mis padres llegaron, los viejos ya se habían ido.

            Algunos años más tarde, una de las personas que estaban allí a la llegada de mis padres, me describió la manera en que éstos se enteraron de que su hijo había sido condenado a muerte.

            —Como el día había sido tan insoportablemente caluroso y tu padre estaba siempre intentando evitarle molestias a tu madre (todos nos dábamos cuenta de eso) y además aún se lo podía costear, llegaron en taxi aquella tarde.  Cuando estaban bajando del coche observaron un grupo de gente hablando excitadamente, y reconocieron inmediatamente a varios de ellos.  Mientras se estaban acercando, alguien miró casualmente y vio que venían; entonces se puso a cuchichear a los otros, avisándoles de la cercanía de tus padres; algunos, viendo entonces a tus padres, se quedaban mirándoles fijamente; otros, desconcertados, clavaban la vista en el suelo.  Tu madre debió de intuir que algo terriblemente grave sucedía.  Se dejó venir hacia nosotros como si fuese un cadáver andando, sin notar nada de lo que pasaba a su alrededor; asiendo el brazo derecho de tu padre con ambas manos engarrotadas; mortalmente pálida que se había puesto; los dos ojos reventando de ansiedad, venga mirarnos, sin parpadear tan siquiera.

            “—¿Qué pasa?  —preguntó tu padre cuando estuvo junto a nosotros—.  ¿Hay noticias?

            “Nadie parecía dispuesto a hablar, mirándonos unos a otros, algunos incluso a ellos.  Por último, alguien pareció decidirse a decirle lo que sabíamos.  No te podría decir quién fue porque me parece que no me acuerdo.  Dijo:

            “—Han cambiado el horario de visitas.  A las tres en lugar de a las cinco.

            “Como nadie parecía añadir nada más, y el silencio se estaba haciendo insostenible, algunos empezaron a hacer como si se dispusieran a marchar.  Sin embargo, tu madre estaba segura de que había algo que le estaban ocultando; así pues, se acercó al que había estado hablando y agarrándole el brazo con fuerza le hizo dar la vuelta y mirarla:

            “—¿Qué es?  ¡Vamos, dímelo!  —le apremió, con un asomo de histerismo en la voz.

            “Este pobre hombre no hacía más que mirar alrededor, como buscando quien le sacara del apuro.  Sólo que todos parecían estar atareados en otras cosas, de manera que...  se lo dijo.

            “Apenas había acabado de hablar cuando tu madre cayó en redondo al suelo.

 

HOJA DE HOY
HOJAS DE AYER
NOVELAS por entregas
anterior: 34
06-XI-12
sigue: cap. 36