El Parte Inglés

 

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EL SEÑOR QUEVEDO

 

            Una hermosa mañana de sábado, allá por los setenta, fui a ver a Miguel Quevedo a su casa en la calle Berenguel, en donde él vivió hasta su muerte a principios de los ochenta y que no abandonó en sus últimos casi cuarenta años, el tiempo que pasó en su silla de ruedas, paralítico de las dos piernas como consecuencia de los sufrimientos que padeció durante el tiempo que estuvo en El Ingenio.

            Había concertado una entrevista con él por medio de nuestro común  amigo Muñoz de Escalona.

            —Deberías hablar con él, ¿sabes?  —me había repetido en más de una ocasión—.  Quevedo estuvo allí con tu hermano y los otros hasta el mismo final. Casi me lo fusilan también a él; escapó por los pelos, ¿sabes?

            De manera que allá que fui, para encontrarme con una vieja delgada y ascética que apenas dijo palabra mientras me precedía a una pequeña habitación tan abarrotada de figurillas de adorno y muñecas de porcelana que apenas si había sitio para una diminuta mesa camilla, un par de sillas, una de las cuales se apresuró a ocupar en silencio ella, Quevedo en su silla de ruedas, y una pequeña televisión encima de un mínimo aparador en la esquina opuesta, junto a la ventana.

            —Pero, por supuesto que recuerdo a tu hermano  —fue lo primero que dijo él nada más verme—; aunque debo decir que tú no te pareces a él en nada.

            Más tarde, no te sabría decir exactamente cuándo ni por qué, empecé a tener la sensación de que Quevedo estaba disfrutando con nuestra conversación; su conversación, mejor diría, ya que apenas si me dejó meter palabra en ella.

            —Los primeros en visitarnos después del Consejo de Guerra, o como  quieras llamar aquella pantomima, sí, bueno, pues los primeros visitantes vinieron...  déjame que piense, sí, creo que fue el lunes, sí, porque nos habían dicho que no se permitirían visitas los domingos, que luego más adelante sí dejaron...  De modo que después de una semana exactamente, o siete días, como tú prefieras, sí, pudimos ver a nuestros familiares de nuevo.  Demasiado tiempo, demasiado duro; especialmente si te han condenado a muerte; excesivamente severo, que se te niegue el apoyo y ayuda de tus seres queridos en tal situación, sí.  Que es demasiado espantosa para pasarla solo, fíjate, con la única compañía de tus pensamientos y el silencio de los otros, tan asustados ellos como tú mismo.  Sin embargo, el hombre es animal muy adaptable; de manera que tras el primer choque, y quiero decir después de la primera noche, las cosas empezaron progresivamente a adoptar una apariencia de normalidad, sí, claro está, si es que puedes llamarla así.  —Hizo una pausa mínima, para recuperar algo de aliento, y siguió de inmediato:—  Tu hermano, sí, le recuerdo muy bien.  Él era, cómo te diría...  vivaracho, más bien eso, sí; lleno de vida, sí.  Un muchacho excelente era. Todos los que le conocíamos le llegamos a tomar cariño; sí, él era así.

            A decir verdad, yo estaba más interesado en cómo había pasado él, y cómo fueron, aquellos días; habiendo conocido a mi hermano tan bien, las alabanzas y opiniones de los demás me sobraban.  Y así más o menos se lo dije.

            —Sí, sí, bueno  —dijo—, logramos formar un grupo estupendo allí, sí, divertido y simpático.  Por supuesto, ellos eran especiales, los del barracón número cuatro digo, sí; llegaron a sentirse como más unidos, más íntimos.  Pero todos pasábamos mucho tiempo juntos, sí; porque las cosas empezaron a dulcificarse un tanto después de aquellos tremendos y horribles primeros días, sí.  Poco a poco comenzamos a pasar algún tiempo en los otros barracones y nadie parecía decir nada, como si no se dieran cuenta, sí, o no se quisieran enterar, sí.  Yo mismo solía ir varias veces cada día allí, al barracón cuatro, digo; de la misma forma que ellos solían venir al mío, sí.  Yo estaba en el número dos, justo enfrente del de tu hermano.

            —¿Estaba muy asustado?  ¿Tenía pesadillas, sueños y eso?  —le pregunté, ya que esto era lo que más necesitaba saber:  si había sufrido mucho—.  Quiero decir, como sabía que le iban a fusilar...

            Esta vez se tomó su tiempo para contestar cuidadosamente.

            —Bien, ¿sabes?, creo que realmente no  —dijo al fin—.  Mira, lo que sucedía era esto:  la gente tiene que vivir, incluso en los sitios y situaciones más angustiosas.  Me supongo que él tendría sus momentos bajos, por supuesto, lo mismo que cada uno de nosotros los teníamos, sí, aunque nunca le vi deprimido o llorando o algo así; por el contrario, generalmente era el más alegre, sí, el de más ánimos.  Normalmente estaba con la muchacha, con Encarnita.  Tenían la costumbre de decir que se querían tanto solamente porque no estaban casados aún.

            Inesperadamente, soltó una risita divertida.

            —¿Estaba ella en el mismo barracón con todos ellos, los hombres?

            —Sí, lo estaba, claro que sí.  Aquellos cabrones la pusieron en el mismo barracón en lugar de llevarla a Gachas Colorás, que es donde estaba la prisión de mujeres entonces.  Seguramente que lo hicieron así para castigarla más a conciencia, haciendo que se sintiera avergonzada, sí:  la única mujer entre tantos hombres, ¿ves?  Eran así.  Aunque ella desde el principio dijo que no le importaba, ya que nunca había tenido hermanos y siempre lo había deseado; sí, era una chica vivaracha y valiente, indudablemente.  Aquella primera noche, después de que nos asignaron los barracones y empezamos a superar la impresión inicial, comenzaron a organizarse ellos mismos.  Alguien se debió de dar cuenta de que si no lo afrontaban de alguna manera, todo sería aún más doloroso y aterrador.  Me dijeron que fue tu hermano el que pidió a los otros que adjudicaran a Encarnita el espacio del fondo, el que estaba más lejos de la puerta, a lo que los otros accedieron, sí, e incluso se las apañaron para disponer una especie de pantalla hecha con un par de trozos de tela que colgaron del techo.  Para darle algo de intimidad, ¿entiendes?  Mira, ellos, es decir, los hombres del barracón cuatro incluso dispusieron una señal de “NO-ENTRES” que se colocaba en las letrinas cuando ella necesitaba ir allí; entonces, el tiempo que ella estaba allí, nadie iba, ¿ves?, como si fueran para su uso exclusivo; y nunca hubo ni la más mínima broma, ni el más leve comentario se oyó por allí.  Te digo la verdad, era así:  la chiquilla estaba allí tan segura como en su propia casa, sí, más aún.

             —¿Segura, dices?  Segura, ¿para qué?  ¿Para una muerte segura, quizás?

            —Sí, claro está, sí.  La vida es así.  Pero si tienes que enfrentarte a una situación como aquella, finalmente vienes a darte cuenta de que no puedes desperdiciar tu tiempo pensando en lo que te espera, o en lo que estás sufriendo, sí, o en la injusticia de todo ello.  Mira, espera un momento, te voy a enseñar algo, sí.

            Dando la vuelta a la silla con sorprendente habilidad, salió de la habitación por el mismo pasillo por el que yo había entrado.

 

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