El Parte Inglés

 

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EL CONCURSO

 

            Su hermana no parecía haberse enterado de la salida de Quevedo, ya que a la luz de un flexo seguía remendando en silencio la misma ropa que había estado calladamente remendando todo el rato que yo llevaba allí.

            —No quería que se molestara  —dije, en referencia a la salida del hermano, porque me sentía de algún modo algo incómodo por el persistente silencio.

            Apartó ella los ojos de la costura un instante para mirarme de soslayo.

            —No se preocupe.  Realmente le gusta, claro que sí; disfruta hablando de los viejos tiempos, como él dice.  Los ratos de charla con sus amigos cuando se dejan caer por aquí son la alegría de su vida, se lo aseguro.

            Reanudó la costura y no dijo nada más; tampoco es que hubiera mucho tiempo, en verdad, pues ya Quevedo estaba entrando en la habitación, guiando habilidosamente la silla de ruedas.  Traía en una mano tres o cuatro hojas de papel.  El rostro, encendido; los ojos, brillantes.

            —Mira aquí  —dijo, poniéndome en las manos las hojas de papel—; lee esto.

            Observé que eran antiguas, tan viejas que amarilleaban y los filos estaban medio roídos por las lepismas.  En la que aparecía la primera había un dibujo amanerado, delicado, artificioso, de lo que asemejaba una muchacha japonesa o china, todo rosas, azules, verdes y amarillos pálidos que el paso del tiempo había vuelto casi imperceptibles ya.  Sobre este dibujo, con una caligrafía preciosista había un título en la parte superior de la página.  Decía:

"AQUELLA ROSA DE THE" (sic)

            Seguía un pretendido soneto (?) muy particular; empezaba así:

                        Aquella rosa de thé... que me distes
                        entre azahares y limoneros
                        es una flor que nace triste
                        en el sueño de un recuerdo.

            El resto era más o menos por el estilo.

            Levanté la mirada.  Quevedo tenía los ojos clavados en mí, la expectación apenas contenida bien patente en su rostro.

            —¿Qué te parece?

            Yo no sabía qué decir; había ido allí para saber algo sobre los últimos días de mi hermano en prisión, y lo que estaba sacando en lugar de ello era una poesía que no me gustaba nada, y la comprometida petición de mi opinión sobre ella.  Y que él estaba esperando, eso era evidente.  Sin que se me ocurriera otra salida, hecho un lío como estaba, intenté eludir una respuesta directa diciendo evasivamente:

            —Pues, esto...  esto es una poesía, ¿no?

            —Ya, ya  —barbotó—; pero, ¿y qué más?

            —Bueno, la verdad es que no sé.  No soy un experto ni mucho menos.

            —No, no, no te estoy pidiendo tu opinión, naturalmente.  No es esa mi intención, claro está.  Además  —añadió con cierto desdén—, se nota a primera vista que esta poesía no vale gran cosa, sí, a decir verdad, no vale nada.  Poéticamente, me refiero, por supuesto.  Lo que pretendo que veas con esto, mi intención, sí, es que saques una idea clara de cómo era la vida allí, en El Ingenio, aquellos meses, sí.  Eso  —señaló con desdén la hoja que yo seguía sosteniendo en la mano—, eso fue el segundo premio en el “Primer Concurso Internacional de Poesía Ingenio Paraíso”, que tuvo lugar la tercera semana de junio de 1942, sí.  Ten, echa una mirada a esta otra hoja.

            Leí el folio que me indicaba.  Bajo un encabezamiento en mayúsculas con el título del concurso, seguía así:

            LLAMADA A TODOS LOS CORAZONES SENSIBLES:

            Por primera vez en este año, la hermandad de los felices componentes del clan de El Parte Inglés, con sede libremente establecida en la residencia El Ingenio Paraíso, te ofrece la oportunidad de mortificar a tus enemigos haciéndoles escuchar tus composiciones poéticas o por el contrario, y lo que es mejor, de obligar a que tus amigos se las aprendan de memoria y te las reciten siempre o donde quiera que te apetezca ¡durante una semana  entera!

            PARA PARTICIPAR:

            Escribe un soneto y un poema libre que desearías fuese escuchado por tu carcelero favorito.  El tema es libre, y la extensión de la segunda composición no debe superar los veinte versos.

            JUECES:

            Las obras serán sometidas a la docta e inapelable consideración de  dos selectos académicos, en la actualidad temporales y felices residentes en  el barracón número tres:  don Jaime Valbuena y don Teodoro Mayor.

            PREMIOS:

           Habrá un único ganador, el cual ocupará lugar prominente en el estreno y sucesivas declamaciones de sus obras que ante el carcelero de la elección de dicho ganador llevará a cabo el selecto y prestigioso Cuadro Dramático del Barracón Tres (la hora y el lugar de las representaciones están aún por determinar, de manera que todavía no se pueden decir; pero se garantiza un mínimo de tres, queremos decir, tres representaciones).  Habrá dos segundos premios; a los ganadores de éstos se les garantiza que sus poemas serán aprendidos de memoria por dos personas de su elección dentro de los cien individuos que forman el personal de El Parte Inglés; y tendrán derecho a exigir que se les declamen sus poesías siempre que les apetezca, ¡y así durante una semana!

            INSCRIPCIÓN:

           Entrega en mano tus composiciones a la Reina del Barracón Cuatro, nuestra preciosa y encantadora Encarnita, antes de las siete de la tarde del día 10 de junio de este presente y venturoso 1942”.

Eso era todo.

            —Ésas  —me dijo Quevedo cuando entendió que había acabado de leerlo— fueron las bases del concurso de poesía, sí.  Yo participé, por supuesto, junto con otros muchos.  Fue un completo éxito, sí...  excepto por la adjudicación de los premios, claro está, que fue de lo más injusto, como pasa con tantas otras cosas  en esta vida, sí.  Pero tengo que decir, eso sí, que pese a todo fue el único tema de conversación allí durante bastante más de diez días, sí; muchos de nosotros componiendo frenéticamente por todos los sitios, especialmente en las letrinas si hemos de tener en cuenta lo que se premió  —Señalaba a la hoja primera que yo había leído y que aún tenía en la mano, la del segundo premio, ya sabes.  Entonces, tras un par de segundos, dejó escapar una risita entre tímida y nerviosa, vacilante; de pronto pareció decidirse:—  Mira, escucha esto; es una composición dedicada en cuerpo y alma a Franco.

            Colocó una mano sobre el voluminoso estómago, la otra extendida al frente lateral, se aclaró la garganta dos o tres veces, aspiró profundamente, y desde alguna parte muy adentro sacó una voz de bajo ronca y retumbante, totalmente artificial:

A  FRANCO

Frenético y corriendo has de llegar,
Raudo abre la puerta, entra y cierra,
Asegúrate de que estás solo en ella,
Nadie en esto te puede acompañar.
Con cuidado extiende sobre el suelo
O su foto o su nombre en un papel.
Has de bajarte el pantalón después,
Inclinando tu culo hacia el señuelo.
Jodida tarea es esta de apuntar,
O puedes tú quedarte hecho un paño.
Prueba primero; lento, poco a poco.
Una vez que estés seguro de acertar
Tira de golpe y suelta todo el caño
A la odiada faz del maldito loco.

            Parecía que había acabado puesto que se quedó mirándome, como si estuviera esperando algo que yo debería hacer; aunque yo no tenía ni idea de qué pudiera ser.  De modo que, para romper un silencio embarazoso, dije:

            —Eso es una poesía, me imagino.

            Las cuales por lo visto fueron unas palabras de lo más inadecuadas: inmediatamente percibí que se sentía profundamente dolido.

            Dejó caer los dos brazos, que hasta ahora había mantenido en ademán sostenido y aparentemente declamatorio.

            —¡Por supuesto que es una poesía!  —declaró herido y asombrado—.  ¡Es mi poesía!  ¡Mi soneto, sí!  ¡El que compuse para el concurso!  ¡El mismo que ellos decidieron que no se merecía el primer premio; ni siquiera el segundo!  —Su voz sonaba cada vez más resentida; ahora profundamente:—  Aquella Rosa de Thé... ¡Bah!

            Apenas pude sacar nada más de él.  Estaba todavía demasiado amargado, agraviado, incluso irritado por aquella injusticia que se había cometido con él, y que el tiempo no había hecho nada por atenuar.  Por el contrario, me dio la impresión de que se exacerbaba cada vez más.

            Sin embargo, sí que tuve algo de suerte en el último momento:  cuando me estaba despidiendo, la hermana, que al fin y la postre me pareció una persona mucho más sensata que él, mencionó a un tal Esteban González, que aparentemente había trabajado de guardián en El Ingenio en la época en que mi hermano estuvo recluido allí, y que, sorprendentemente, mantenía una relación bastante aceptable con muchos de los antiguos presos que cumplieron allá. Incluso me las arreglé para que me diera su dirección mientras seguíamos oyendo a su hermano allí dentro renegando palabras y gruñidos de agravio desde su silla de ruedas.

 

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