El Parte Inglés

 

38

 

EL VIGILANTE

 

            No fue tarea fácil dar con don Esteban González; y cuando al lo logré, éste resultó ser una persona difícil de persuadir para que hablase del tiempo en que fue guardián en El Ingenio y de sus recuerdos de los implicados en el asunto de El Parte Inglés.  Lo cual únicamente hizo cuando el vino de La Oficina se decidió a soltarle la lengua.

            Era un hombrecillo escurrido con aspecto de pájaro inconstante que había pasado toda la Guerra de soldado, primero en un bando, el republicano, y luego, después de que una noche sus compañeros le dejasen atrás inadvertidamente en una retirada, el ejército de Franco le sobrepasó y, en el caos subsiguiente, los llamados nacionales entendieron que se trataba de un imbécil medio muerto de miedo, imagen ésta que él procuró muy bien de cuidar por todos los medios; como consecuencia le asignaron a un puesto de retaguardia donde sesteó felizmente el resto de la contienda para ser noticia de primera plana momentáneamente tres días después de acabada ésta, es decir, el 3 de abril de 1939, cuando un cabo de la Legión, ebrio de victoria y vino, le descargó cinco tiros al asumir, erróneamente, que Esteban era el demonio.  Tras pasar varios meses en un hospital, se le dio el alta finalmente con un ojo un tanto defectuoso y un trabajo como carcelero, o vigilante como se les llamaba en El Ingenio.

            Cuando pregunté a Muñoz de Escalona por él, dijo:

            —Bueno, no he oído hablar de él, ¿sabes?, y eso ya es algo.  Quiero decir que no era uno de aquellos sanguinarios tan celebrados allí, como el Masca o el...

            —¿El Masca?  ¿Quién era ése?

            —¿El Masca?  Pues era el más cabrón de todos, ¿sabes?  También estaba el Maxi, que era...

            —No me lo digas  —le interrumpí—; ése debía de ser el más hijoputa, ¿no?

            —Bueno, sí:  el más sádico hijo que parió madre.  —Y a continuación, como si de broma:— Vaya, aprendes rápido, ¿sabes?

            —Realmente no me gusta recordar todo aquello, por supuesto  —me dijo González una solitaria tarde de primavera en La Oficina, la sucia tasca de la calle Granada a donde solía ir para tomarse media botella de vino seis días a la semana, cuatro semanas al mes, hasta que murió—.  Fue un asunto verdaderamente asqueroso  —añadió a continuación.

            Luego, poco a poco, finalmente logré ir sacando lo que sabía, o recordaba.

            —Por supuesto, eran conscientes de lo que les esperaba; lo que pasaba es que no parecía afectarles mucho, o por lo menos no se les veía cavilar en ello, si es que alguna vez lo hacían.  En numerosos sentidos eran los presos perfectos. Además, hacían actividades allí, por supuesto.  Déjame que me acuerde...  sí, editaron una especie de periódico o algo así...

            —Pero la causa por la que se encontraban allí  —le recordé—, era porque habían distribuido un periódico ilegal, una especie de panfleto.  A lo mejor es que no lo recuerda usted bien; tiene los recuerdos un tanto confusos, quiero decir.

            —No, no los tengo confusos, como dices.  Si te digo que editaron allí un periódico, es que ellos editaron allí un periódico.  El Parte Inglés había sido otra cosa; esto era algo literario.  Lo escribían a mano y hacían copias.  Hubo algo poco claro con el título al principio; querían llamarlo de una forma y no se lo permitieron...  déjame que piense...  no, no me acuerdo qué fue exactamente.  Pero sí, seguro que ellos editaron ese periódico allí dentro.  Oh, no es que fuera nada importante; cosas de niños, realmente, poesías y eso.  Ni que decir tiene que no hubieran podido hacer nada realmente comprometido, tal y como estaban las cosas entonces y allí; no, no creo que hubieran podido.  También organizaron competiciones y concursos, de poesía principalmente también, ¿comprendes? Alguna vez que otra incluso nos recitaron las poesías ganadoras, quiero decir, a nosotros, los vigilantes.  Bastante divertido todo, de verdad.

            Mientras se tomaba su tiempo llenando los vasos, le hice notar:

            —Entonces, estaban más o menos ocupados, a lo que parece, ¿no?

            —Lo estaban, claro que sí.  Se hubieran vuelto locos si no hubieran estado entretenidos.  Recuerdo la primera noche, cuando los dejamos allí.  Estaban tan asustados, todos ellos, tan impresionados, como si hubieran sido corderos...  una reacción perfectamente lógica, por supuesto, ya que habían adivinado cuál iba a ser su destino.  La chica no paró de llorar, allí, en la esquina.  Cuando salimos después de dejarles dentro del barracón cuatro, ella todavía seguía gimoteando y llamando a su madre, sin apenas prestarle atención al muchacho que estaba intentando consolarla y tranquilizarla.  Una chiquilla realmente preciosa era, de veras.  Nosotros no podíamos hacer casi nada por ayudarles, es la verdad, o por hacerles las cosas un poco más llevaderas.  De modo que los dejamos solos, que descansasen si podían; aunque sí que les vigilamos más o menos disimulada-mente durante toda aquella noche.  Yo acabé mi turno a las ocho de la mañana y me fui a casa.  Cuando volví la tarde siguiente, las cosas habían cambiado, ciertamente.  Parecían haber superado la primera impresión y ya eran capaces de charlar, incluso de reír.  Al poco tiempo, una semana o así más tarde, no sé por qué, recibimos instrucciones discretas de que teníamos que dejarles tranquilos,  no molestarles, dentro de los posible, claro.

            —¿Estaban cómodos, más o menos?

            —¿Estás de broma?  —Durante unos instantes me miró como si yo fuese un ejemplar completo de imbécil—.  Allí no había nadie cómodo, hijo  —dijo al cabo—, salvo las pulgas y piojos.  Además, no tenían muchas cosas y nosotros poco podíamos hacer; eran tiempos difíciles, ¿entiendes?, nadie tenía nada.  Muertos de hambre todos, ellos y nosotros.  No obstante, como te dije, después de la primera semana las cosas mejoraron considerablemente para ellos.  Comenzaron a recibir visitas y sus familiares les trajeron cosas; entonces eran pequeños lujos, hoy no valdrían nada.

            —¿Recuerda a ellos, a todos?

            —¿Recordarles a todos...?  ¡Por supuesto que no!  Eran cien personas allí, ¿sabes?

            —Ya, ya.  Yo me refiero a la gente del barracón cuatro.

            —¡Ah, sí, eso es diferente!  Bueno, sí, creo que sí recuerdo a los ocho; veamos:  primero estaba el que todos llamaban el Inglés, que era el que parecía ser el jefe; bajo, como todos ellos, pero delgado y rubio; bien hablado siempre y muy educado él, además, siempre diciendo “gracias” y “por favor” y “lo siento” y eso. Sí.  Bien, luego estaba su íntimo amigo, un individuo moreno, alegre y animoso, con una voz muy agradable, de manera que a los pocos días ya estaba cantando a todas horas, canciones italianas principalmente; Cunquillos se llamaba, creo. Luego, la chica, Encarnita, y su novio, claro está, al que decían el Doctor, quizás porque era estudiante de medicina en Granada o algo así cuando lo detuvieron...

             —Ése era mi hermano.  Sí, estudiaba medicina.

            —Tu hermano, sí.  Después, el otro que todos decían había sido la sabandija que había soplado todo el asunto; le habían puesto de mote el Canario, aunque su nombre real era Carretero, creo...  Bien, el siguiente era este otro, ahora no me acuerdo cómo se llamaba, el que siempre estaba cuidando piojos...

            —¿Piojos, dice?

            —Sí, sí, piojos.  Les tomó cariño, parece.  Al principio sólo tenía uno que solía llevar en una caja de cerillas vacía; a todas horas estaba dándonos la castaña con que si su hijo y heredero universal, como se había empeñado que era.  ¡Fíjate: su hijo!  ¿Cómo iba a ser su hijo si era un piojo, eh?  Pero él le cantaba canciones al asqueroso bicho; nanas y cosas así.  Incluso lo dejaba suelto por sus ropas de vez en cuando; tenía una habilidad increíble para echarle uñas de nuevo y  meterlo otra vez en la caja.  Llegamos a creer que se había vuelto loco hasta que por casualidad nos enteramos del nombre que le daba al piojo:  Francisco Franco. El caso es que cuando se lo matamos no tardó en hacerse con una docena o más a los que fue bautizando con distintos nombres, de falangistas y generales nacionales; los conocía a todos.  Al final tenía más de la mitad del régimen  metida en la dichosa caja de cerillas, sí.  ¡Polo!  Eso es, ese era el nombre:  Polo.  De modo que después teníamos...  veamos:  el Inglés y Cunquillos, Encarnita y el Doctor, el Canario y Polo, eso hace un total de seis.  Bien, ¿quién más...?  ¡Ah, sí! También estaba este sujeto que se hacía llamar Lenin, aunque estoy seguro que  no sabía de Lenin más que el nombre; lo cual no era obstáculo para que anduviera de aquí para allá intentando enseñar a todo el mundo los principios básicos del comunismo, según decía.  Solíamos dejarle; sabíamos que su voz era algo que no se iba a oír mucho tiempo; y por otra parte, casi todos si es que no todos los presos allí eran comunistas convencidos que no necesitaban de nadie que los convenciera.  De modo que no tenía sentido callarle.

            —¿Y el último?  —le pregunté, ya que me parecía que el silencio se alargaba un tanto.

            Echó un trago de vino antes de contestar.

            —El último era un chiquillo, un niño, realmente.  Se llamaba Tomás.  Para mí que no había cumplido aún los dieciocho cuando murió.  Apenas había tenido tiempo de abrir los ojos a la vida cuando ellos...

 

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