El Parte Inglés

 

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VACACIONES EN LAUJAR

 

            No te puedo decir cómo fueron las cosas exactamente por Almería aquel verano, ya que me enviaron con Daniel a nuestra casa en Laujar, el pueblo de donde toda mi familia procede.  Isabelita se quedó en Almería ayudando, o cuidando, a mis padres; especialmente a mi madre, que se pasaba el día entero yendo y viniendo de aquí para allá en un desesperado, agónico intento por salvar a mi hermano.

            Me habían suspendido tres o cuatro asignaturas en el Instituto, no recuerdo bien, y creo que mis padres apenas si se enteraron; o al menos no dijeron nada salvo algún comentario con aspecto abstraído cuando llevé los resultados a casa. En cambio, aún me acuerdo con claridad de aquel verano en Laujar:  cada mañana me levantaba a las siete y media y me encontraba el desayuno preparado en la mesa, donde Daniel lo había dejado antes de salir para los bancales; a continuación intentaba estudiar hasta mediodía, que era cuando iba en busca de Daniel a alguno de los huertecillos que mis padres tenían cerca del pueblo; almorzábamos allí, normalmente sobre un trozo de tela que Daniel extendía sobre la tierra como una especie de mantel elemental donde disponía lo que había preparado en casa antes de salir aquella mañana, y que se había traído con él. Luego, mientras él permanecía silenciosamente fumando aquellos cigarrillos suyos, yo descansaba y dormitaba hasta que él terminaba por levantarse para reanudar su trabajo; en ese momento yo debía regresar a estudiar de nuevo, sólo que en lugar de ello había tomado la costumbre de dar un rodeo para pasar por la iglesia del pueblo, la cual estaba abierta a todas horas.  Entraba allí y, con la única compañía de alguna luz parpadeante al fondo y la soledad a mi alrededor, me arrodillaba y pasaba más de una hora llorando calladamente por mi hermano y rezando con todo mi corazón a algún ser silencioso e impasible siempre, al que no conocía y sigo sin conocer aún, pero que entonces pensaba ingenuamente que podía intuirlo por allí, oculto en las sombras del presbiterio, escuchando atentamente mis oraciones y mi angustia, dudando si ponerle remedio, lo que me hacía rezar y llorar con más ahínco todavía...  Hasta que algunas viejas comenzaban a llegar; siempre las mismas.  Entonces era la hora de irme a casa; de esa manera, a la vuelta de Daniel yo ya estaba allí, aparentemente estudiando, algo que fui incapaz de hacer en todo aquel verano largo y solitario.  Así fue pasando junio; la primera quincena de julio también.

            —Mañana por la mañana nos vamos a Almería  —me anunció Daniel una tarde al venir de los bancales; luego añadió que mi padre le había mandado un mensaje por medio de algún vecino diciéndole que tomáramos el autobús al amanecer del día siguiente para llegar a Almería a mediodía.

            Y allí se encontraba él, esperándonos en la parada del Alsina, que por aquellos entonces estaba enfrente de Correos, a mitad del Paseo del Generalísimo, tres puertas más abajo de la Papelería Inglesa, donde había trabajado Encarnita y que ya en aquellos días estaba cerrada y aún mostraba las señales del asalto que había sufrido un par de meses antes.

            Sí, allí se encontraba él.

            Sí.  Y esto sí que te puedo asegurar:  si no hubiese conocido tan bien a mi amado padre, si no hubiese visto tantas veces su rostro y figura tan respetados, si no hubiese escuchado su voz tan tranquila aunque firme, me habría sido imposible reconocerle en aquel viejo de hombros caídos y derrotados, con aspecto descuidado y que parecía no darse cuenta de que habíamos llegado incluso después de que Daniel llevase hablándole algunos instantes.  Aún me es imposible comprender cómo puede cambiar una persona de esa manera en tan poco tiempo: había pasado escasamente algo más de un mes, y el hombre que me miraba con ojos vacíos y sin vida era un completo extraño; como si nada le importara; con una incipiente barba oscureciéndole el rostro; con las ropas arrugadas y algunas manchas bien sucias y bien patentes en ellas; su aspecto, consumido y totalmente abstraído.

            Incluso cuando por fin habló, no fue para darnos la bienvenida:

            —Tu hermano quiere verte  —fue todo lo que dijo.

            Con eso se dio la vuelta y echó a andar, nosotros dos detrás, Daniel y yo, siguiéndole con dificultad porque caminaba con una especie de prisa silenciosa y huidiza por llegar a casa.

            Por supuesto que la vista del aspecto de mi padre me angustió profundamente, haciendo al mismo tiempo que me fortaleciese para el encuentro con mi madre; porque, siendo ella más tímida y débil que mi padre, esperaba encontrármela mucho más afectada de lo que mi padre estaba, si es que ello era posible.

            Pero cuando llegué a casa, ella no estaba allí.

            —Tu madre salió hace media hora con Encarna  —me contestó Isabelita; entonces, como viese la mirada en el rostro de mi padre, añadió dirigiéndose a él:— Han ido a ver a ese hombre en el Frente de Juventudes, ¿no recuerda?  Han estado esperándole pero dijeron que se les hacía tarde ya y se fueron.

            Una sombra de desconcierto oscureció los ojos de mi padre.  Entonces se dio la vuelta y se metió en su despacho son decir palabra, cerrando la puerta tras él.

            —Ha estado así casi desde que os fuisteis para Laujar  —dijo Isabelita.

            Sorprendí una seña disimulada de Daniel y ella se calló inmediatamente, aunque era evidente que estaba al mismo tiempo arrepentida por haber dicho demasiado y rabiando por decir más y desahogarse.

            Cuando mi madre regresó un par de horas más tarde, al instante noté el cambio en ella también.  Ya no era en absoluto la mujer callada y tímida que siempre había sido; por el contrario, se había vuelto activa y charlatana, yendo de aquí para allá mientras hablaba y hablaba sin parar, moviéndose constante y animadamente con bullente energía por todos sitios.  Aunque era evidente para mí que su mente estaba en alguna otra parte.

            Apenas nos había saludado, cuando ya se había embarcado en una confusa explicación sobre cómo había sido que, después de todo, el alto mando del Frente de Juventudes no las había podido recibir porque al parecer se le había presentado una importante e imprevista reunión para la misma hora de la cita con ellas; la conclusión, nos comunicó animadamente, era que iban a volver de nuevo a mediodía del día siguiente.

            —Estamos seguras que nos recibirá —nos explicó—, porque nos han dicho que es un hombre realmente bueno.

            A todo esto, y como sin querer, se había estado dirigiendo hacia la cocina; en llegando allí al instante comenzó a poner la mesa, distribuyendo nerviosamente platos y cubiertos en incesante actividad mientras seguía hablando sin pausa, con excesiva animación:

            —Tenemos que darnos prisa porque nos lleva una hora por lo menos llegar allí, y tenemos que recoger a Encarna de camino, así que, ¿qué hora es ya?  ¡Las tres y media!  ¡Ya son las tres y media!  ¡Pero, pero, que vamos tarde!  ¡Paquito, dile a tu padre que la mesa está puesta, que venga inmediatamente, dile que ya vamos tarde y que...!

            Estaba yo ya en la puerta del despacho de mi padre y aún la seguía escuchando, urgiéndome a que le metiese prisa.

            El almuerzo fue un asunto sórdido y horrible, a medio camino entre la charla interminable de mi madre y el mutismo ausente de mi padre.  En algún momento ella anunció con animado deleite que al día siguiente yo les iba a acompañar a ver a mi hermano.

            Según pude entender, parece que él había expresado el deseo de verme y, como era víspera del 18 de julio, es decir, el día siguiente era la fiesta nacional en conmemoración de la fecha en que había comenzado la Guerra Civil seis años antes, mi madre había podido arreglar un encuentro para que estuviéramos los cuatro juntos.

            Iba a ser la primera vez en dos meses en que nos íbamos a reunir toda la familia.

 

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