El Parte Inglés

 

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EL GRAN HOMBRE

 

            —Tu padre solía venir a verme casi cada día desde el primero que pasé allí, ¿sabes?, en El Ingenio quiero decir.  Hasta que murió, claro está  —me contaría años después Muñoz de Escalona—.  Creo que me acordaré de aquel mes de junio de 1942 incluso después que haya muerto.  El calor era horrible aquellos días, como es normal aquí en verano; pero aquel había sido un año seco, ¿sabes?, por  lo que todo era más difícil aún, allí todavía más, por supuesto.  No obstante, tu padre siguió viniendo a verme lo mismo, a todo lo largo de aquel angustioso mes. Él iba a El Ingenio por tu hermano, ni que decir tiene, y para acompañar a tu madre, eso también; pero creo que el ver a su hijo, a su otro hijo quiero decir, esto es, a tu hermano, claro está, el verle tan sano y tan vivo como estaba, y saber cuál era el destino que le aguardaba, todo ello junto debía de ser demasiado para él, ¿sabes?  De modo que decía alguna excusa y dejaba a tu madre allí para venir a estar conmigo.  Era la única visita que recibía yo allí, ¿sabes?, porque la jodida pelleja de la vieja no vino a verme ni una sola vez en todo el tiempo que pasé en El Ingenio, la muy puñetera.

            Yo sabía que “la jodida pelleja de la vieja” o “la muy puñetera”, como prefieras, era Hatchi; la que vivía con él y que le abandonaría al poco tiempo de que él alcanzase la libertad.

            —Solíamos los dos meditar sobre qué hacer para lograr que la sentencia del Consejo de Guerra de tu hermano fuese revocada, ¿sabes?, o al menos se revisase el juicio.  Al principio creímos que íbamos a conseguir algo, ¿sabes?, llegar a alguna parte, quiero decir.  Nos sentimos así de optimistas después de los primeros diez o doce días, que fueron terribles con todos ellos, me refiero a todos los de El Parte Inglés, allí, en aquel rincón del campo, aislados, ¿sabes?, aunque todos éramos conscientes de que estaban allí, claro está; pero pronto las cosas parecieron mejorar.  Por una parte, volvieron a cambiar la hora de visita después que una comisión de familiares hiciera ciertos movimientos y eso, contactos, sí; de manera que otra vez la pusieron a las cinco, una hora mucho más adecuada, ¿sabes?  Luego, también ellos, es decir, las autoridades del campo, organizaron una especie de concierto.  Vinieron varios tocadores locales de bandurria y guitarra, muy conocidos; incluso hablé con uno de ellos al que conocía, Elías García se llamaba, el Barbero de la Plaza Pavía le decían, excelente persona...  De modo que, como te decía, pensamos que había una buena posibilidad de conseguir una revisión.  Lo intentamos, ¿sabes?, lo intentamos con todas nuestras fuerzas, te lo  aseguro.  Yo pasaba noche tras noche cavilando, sopesando, tomando en consideración esto y eso y aquello y todo.  Finalmente, tras algunos fracasos, llegamos a la conclusión de que la única oportunidad que le quedaba a tu hermano radicaba en lograr que alguien realmente importante se interesase en este asqueroso asunto, ¿sabes?  Entonces empezamos a imaginarnos quién podría ser este alguien y por último coincidimos en un individuo llamado Bretones Salazar, por dos motivos:  era de aquí, y era alguien importante en la administración de Franco, ¿sabes?, no recuerdo exactamente qué, algo relacionado con educación quizás.  Comenzamos a hacer preparativos muy discretos para llegar hasta él, y después de algunos desengaños, ofensas incluso, ¿sabes?, porque nadie quería involucrarse, el caso es que tu padre lo logró al fin a través de un amigo de tu tío el de Granada, y le concedieron una entrevista, ¿sabes?, para el...  deja que me acuerde, sí, sí, creo que fue para el 27 de junio, a mediodía.  En Madrid, por supuesto, en algún sitio de la calle Alcalá, ¿sabes?; de manera que, allá se fue tu padre.  La tarde anterior a su marcha estuvimos hasta el último minuto repasando lo que él debía exponer al gran hombre en Madrid y los documentos que debía presentarle.  Cuando se fue, creo que nunca había visto a tu padre tan agitado, tan nervioso; porque él era consciente de que era la vida de su hijo lo que estaba en juego, y el pobre se creía que todo dependía de él y de su habilidad para presentar el caso...  —Se quedó abstraído y silencioso un rato, perdido en algún lugar del pasado, seguro.  Al cabo añadió:—  Tan lleno de esperanza, también...

            “—Pepe  —¿sabes?, me dijo cuando se iba—, creo que esta vez lograremos algo, ya verás.

            “Fueron sus últimas palabras por algunos días, ¿sabes?, porque aquella misma noche cogió el expreso para Madrid.  No es que yo compartiera su confianza, ni mucho menos.  Los conocía de sobra y por ello no me había formado muchas ilusiones.  A decir verdad, escasamente ninguna; pero pensé que no diría nada porque uno nunca sabe, y tal vez pudiera ser que...  De modo que allá se fue, creyendo que lograría aclarar todo.  Al siguiente día, es decir, el día de la entrevista, tu madre se las arregló para disponer de un poco de tiempo tras estar con tu hermano, y vino a verme.  Estaba con la otra mujer, la madre de la chica; por aquellas fechas solía ir a todos sitios con ella.

            “—Mi marido me pidió que viniera a verle  —me dijo—, ya que él no puede hoy.  Habría venido yo de todas formas algún día u otro puesto que necesito decirle lo muy agradecida que le estoy por lo que ha hecho por mi hijo.  Mi marido, además, también me ha contado.

            “Sus palabras exactas, ¿sabes?  No las he olvidado.  Era una verdadera señora.  Sentí que el pecho se me llenaba de satisfacción entonces.  Por primera vez en mi vida pensé que tal vez yo valía para algo, ¿sabes?  No que lo piense ahora, que los años te hacen ver las cosas con más claridad.  Finalmente, tres días después, volvía a ver a tu padre de nuevo.

            “—He venido a contarte sobre la entrevista  —me dijo, aunque apenas hacía falta, ya que traía los resultados claramente a la vista en él, ¿sabes?:  era otro hombre por completo.  Como si hubiese estado enfermo o hubiera sufrido un accidente o algo, ¿sabes?  Las ropas arrugadas, los ojos rojos, las manos temblándole.  Un viejo roto era, ¿sabes?

            “—Aquel tío es una maldita víbora —dijo.

            “—¿Se negó a recibirte?  —le pregunté.

            “—Peor que eso.  Sí que le vi, seguro.  Me hizo esperar un rato largo, pero al final mandó que entrase.

            “Entonces siguió explicándome que había una gran mesa al fondo de la gran habitación, ¿sabes?, el suelo todo cubierto con una enorme alfombra muy gruesa; una gran araña colgaba del techo, con todas las luces encendidas, aunque no hacía falta porque dos o tres grandes ventanales daban iluminación suficiente; había además unas butacas enormes y al parecer muy cómodas dispuestas alrededor de una mesita en un rincón, ¿sabes?, y un par de sillas grandes y de respaldo alto dando cara al gran hombre.  Que estaba sentado en un gran sillón, al otro lado de la enorme mesa.

            “—Él  —me dijo tu padre, ¿sabes?— no pronunció ni una palabra, sino que permaneció sentado allí mientras yo atravesaba la habitación.  Ni siquiera respondió cuando le deseé buenas tardes.

            “Bueno, el caso es que, para acortar la historia, ¿sabes?, tu padre se las arregló para recuperar la compostura y logró explicar la inocencia de tu hermano de una manera bastante decorosa, ¿sabes?, mientras el otro seguía escuchando sin decir una palabra.  Sólo cuando tu padre había acabado y se calló y estaba esperando a que el otro dijera algo, ¿sabes?, ya que él no tenía nada más que exponer, sólo entonces, el gran hombre pareció despertar:

            “—Así pues  —dijo—, usted quiere que haga uso de mi capacidad y posición para interceder en favor de un hombre a quien se ha encontrado culpable de traicionar a su Patria en un proceso legal con todas las garantías y provisiones que concede nuestro sistema vigente, ¿no es eso?  —Y antes de que tu padre pudiera decir una sola palabra, ¿sabes?, siguió él:—  Traición a nuestra Patria, a la Patria de tantos y tantos jóvenes como han muerto por todas las tierras de nuestra sagrada España, que han derramado su sangre joven para hacer posible el orden actual, este estado de derecho y de legalidad que...

           “Así continuó largo rato, ¿sabes?, hablando más fuerte cada vez, e irritándose más y más, pasando desde un aspecto aparentemente contenido a un absurdo final.  Por último gritaba frenéticamente, sacudido por algo como rabia, con los músculos del cuello tirantes y abultados como cuerdas furiosas, la voz elevándose hasta un arrebato de cólera total.  De repente, ¿sabes?, se puso en pie con el brazo derecho extendido a todo lo que daba señalando a la puerta, abriendo y cerrando los labios espasmódicamente.

            “—¡Fuera de aquí, asquerosa sabandija!  —chilló cuando al fin pudo recuperar la voz de nuevo, ¿sabes?; que la había perdido por la misma furia histérica que le sacudía.

 

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