El Parte Inglés

 

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LA VISITA

 

            Durante toda la mañana siguiente mi madre estuvo tan nerviosa como una novia.  Desde que se levantó, bien temprano, anduvo todo el rato preparándome,  y preparándose, para visitar a mi hermano.  Primero encargó a Isabelita que me cortase el pelo, una tarea que habitualmente hacía mi madre; mientras tanto ella se enfrascó en disponer y arreglar la ropa que yo llevaría esa tarde; y todo el rato canturreaba como para sí una cancioncilla tonta de moda entonces.  Más tarde, un poco después de las once y media, vino la madre de Encarnita y salieron las dos;  con aspecto muy elegante y a la moda iban, muy arregladas ellas.

            —No lo sé con seguridad  —me contestó Daniel cuando le pregunté—, pero como hoy es el 18 de julio, supongo que habrán ido a algún acto falangista.

            Luego supe que Daniel había acertado:  las dos mujeres habían ido a misa  a la Catedral y después de eso a una ofrenda de coronas que tuvo lugar en la puerta de la iglesia de los Dominicos, pues el actual Monumento a los Caídos aún no se había construido.

            Y fíjate:  éste es uno de los recuerdos más dolorosos, y todavía hoy me avergüenza y me apena; éste de mi madre, tal y como me la represento en mi imaginación, bajando de la Catedral a los Dominicos, por aquellas callejuelas estrechas y retorcidas, en medio de toda aquella gente que estaba a punto de asesinar a su hijo...  y ella charlando animadamente con la otra pobre mujer, intentando ambas hacerse agradables y parecer encantadoras a aquellos y aquellas fieras...  las mofas crueles, las burlas disimuladas, el despreciable ridículo de todo ello...

            Sí.

            Eran bastante más de las dos cuando volvió, toda emocionada y locuaz, comentando esto y aquello sobre este hombre o aquella mujer, como si hubieran sido conocidos suyos de toda la vida, casi íntimos amigos a los que acabara de encontrarse en una fiesta, dirías.  Serían observaciones agudas las que mi madre hacía, seguramente, pero hasta esas mismas pequeñeces me parecían aberrantes y brutales; y mientras intentaba con todas mis fuerzas no escucharlas, no lograba evitar sentirme al mismo tiempo profundamente humillado y furioso.

            Sin embargo, finalmente y pese a todas las molestias e importunidades de mi madre, Isabelita logró tener la mesa lista y me enviaron a llamar a mi padre, que no había salido de su despacho en toda la mañana.

            Aquella tarde fuimos a El Ingenio en autobús, un trasto viejo y destartalado era, que nos hizo sudar y medio ahogarnos todo lo que duró el trayecto hasta allí.  Cada diez o veinte metros, o al menos así me lo pareció entonces, se paraba, siempre para que entrase más gente, gente que desde el mismo momento que entraba ya estaba sudando y despidiendo un olor fuerte y nauseabundo, ácido por aquí y como a rancio al instante siguiente.  En una de estas paradas se subió Encarna y se unió a mi madre y desde ese momento no dejaron de hablar entre ellas, completamente ajenas a todo lo demás; si acaso, para saludar brevemente a éste o aquélla, quienes por otra parte no sabían qué decirles a ellas.

            El autobús nos dejó delante de El Ingenio, e incluso antes de que nos bajáramos nos dimos cuenta que algo pasaba.  En primer lugar, había demasiadas fuerzas de la ley y el orden:  la Guardia Civil, con sus uniformes verde oliva y negro tricornio; la Guardia de Asalto, de gris pedernal y gorra de plato, algunos de ellos montando caballos inquietos que a duras penas lograban controlar asiendo fuertemente las riendas; además, por supuesto, de los guardias normales, cuyo número aparentemente también se había incrementado.  Se habían dispuesto delante de la entrada principal, como para impedir el acceso al Campo.  Por otra parte, también estaban los gritos y chillidos procedentes de un abundante grupo  de gente situada enfrente de ellos; escuchando los gritos me di cuenta de que algunos eran de disgusto, de rabia los más.

            De pronto, cuando estábamos bajando del autobús, (de hecho mi padre todavía estaba dentro), algo sucedió, no sabría decirte exactamente qué, pero todos los infiernos parecieron desatarse:  caballos cabalgando a toda velocidad por todos sitios con guardias terroríficos aullando y blandiendo porras que utilizaban para golpear salvajemente a todos los que se le pusieran a su alcance, en tanto que otros, hombres enormes también, silenciosa y concienzudamente corrían detrás mismo de ellos completando la tarea.

            Al principio nosotros, es decir, la gente del autobús, seguimos bajando, ya que todo había sido tan inesperado y repentino que la mayoría de nosotros no había tenido tiempo de darse cuenta o de reaccionar; y los que aún estaban en el autobús seguían empujando.  Entonces, cuando de golpe la carga se hizo más evidente, algunos se agarraron a chillar y unos cuantos a llorar al mismo tiempo, otros empezaron a empujar con fuerza en un intento frenético por bajarse del autobús antes de que la policía llegase allí, y algunos de los que ya habían bajado para entonces, aterrorizados de repente, comenzaron a recular y a intentar subirse de nuevo, seguramente en la creencia errónea de que estarían más a salvo en el autobús.

            A mí me pilló en medio de todo aquel pandemónium.  Una vieja fea y aterrorizada me agarró histéricamente de la pechera de la camisa con una mano mientras que no dejaba de golpearme en el pecho con el otro puño nudoso, y sin cesar en un griterío como de loca muerta de miedo hasta que por último me hizo caer al suelo.  Allí me arrastré enloquecidamente buscando cobijo y salvación bajo el autobús.

            Todavía sigo creyendo que si no hubiese sido porque el conductor del autobús abrió su puerta y salió de estampía el primero, quizás que yo no estaría vivo hoy día; porque me quedé allí, acurrucado contra una de las ruedas traseras, bastante más de veinte minutos, que fue el tiempo que le llevó a los policías sentirse satisfechos.  Para entonces no se veía a nadie salvo ellos, los de verde y los de gris, con sus temibles porras y sus gritos amenazadores, yendo de aquí para allá, sin destino aparente y mirando por todos sitios con ojos amedrentadores, como si esperaran que un ejército de enemigos estuviera al acecho, en vez de un tropel de gente aterrorizada huyendo.

            Llevaría allí acurrucado lo que a mí me pareció una eternidad cuando un corpulento guardia de asalto, uno de los que estaban pasando sin cesar, se detuvo en seco y se quedó quieto mirando hacia donde yo estaba escondido.

            —¡Tú  —ordenó—, sal de ahí!

            Como yo no me movía, porque no podía, él se agachó y empezó a hurgar con la enorme porra negra, sin parar de susurrar:

            —¡Vamos, hijoputa, sal de ahí, jodido cabrón!

            A la larga me forzó a salir de debajo del autobús; le daba a la rueda por una parte mientras con la otra mano intentaba agarrarme, lo que finalmente consiguió y entonces me sacó a rastras, tirando de mí con una fuerza increíble.

            Apenas me tuvo delante levantó la porra para golpearme en la cabeza; yo no podía hacer nada sino quedarme allí, quieto, paralizado de miedo, abriendo y cerrando la boca y temblando violentamente.  Él pareció dudar unos instantes, recorriéndome con la mirada desde la cabeza a los pies.

            —Pero, si eres sólo un niño  —dijo por fin; para añadir inmediatamente:—  Y te has meado, además.

            Eran bastante más de las ocho y media aquella tarde cuando logré llegar a casa.  Mi padre, que había llegado un rato antes, había salido de nuevo a buscarme y no volvió a regresar hasta bien entrada la noche.

            Esta vez mi madre también venía con él.

            Años después conocí la causa de la carga policial.  Muñoz de Escalona me lo dijo:

            —Aquel día era 18 de julio, ¿sabes?, y ellos, es decir, los parientes y amigos, intentaron aprovecharse de esa circunstancia para meter en el Campo artículos no permitidos, ¿sabes?, oh, nada peligroso sino cosas sin importancia para hacerles a los presos la vida en él algo más cómoda, ¿sabes?  Los guardas se negaron y en menos de diez minutos ya estaban allí los verdes y los grises.  Y apenas habían llegado, ya estaban dando leña, ¿sabes?  Debió de ser entonces cuando vosotros llegasteis.

            La mañana siguiente, bien temprano, mis padres me mandaron de nuevo a Laujar para el resto del verano.

            Sin haber visto a mi hermano.

            Como antes, Daniel me acompañó.

 

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