El Parte Inglés

 

42

 

LA ÚLTIMA NOCHE

 

            Lo supieron el día de antes, es decir, el 10 de agosto, justo después de que se fueran las visitas; así pues, debió de ser alrededor de las seis de la tarde.

            De una hermosa tarde de verano.

            Como lo fueron todas las tardes de aquel mes hasta bien entrada la segunda quincena.

            Regresaban a los barracones como de costumbre; con una mezcla de sensaciones, por supuesto:  habían estado con sus seres queridos; ahora éstos se habían ido, y eran ellos los que se reintegraban a su rutina habitual con quienes desde hacía un par de meses compartían todo lo que no compartían con nadie más.

            Cada día volvían en grupos de dos y de tres junto con los otros presos que también regresaban del mismo punto de alboroto semicontrolado que era el lugar que desde hacía unos días se había habilitado para las visitas:  una parcela al aire libre al lado de la antigua enfermería; allí los dos grupos, el de presos y el de visitantes, se amontonaban uno a cada lado de una valla de alambre grueso, todo el mundo intentando localizar a sus parientes, cada instante que duraba el tiempo de visitas luchando por hacerse oír y ser oídos, o por ver y ser vistos al menos.  Y todo el rato todos ellos, claro está, siendo atentamente vigilados por numerosos guardias civiles, impasibles y silenciosos, sí, pero con sus fusiles dispuestos.  Eso también.

            No obstante, esa tarde, según iban aproximándose al barracón cuatro para el recuento, iban siendo localizados y, discreta y eficientemente, desviados de su camino normal antes de que alcanzaran el barracón.  Todo se hizo, esto sí hay que decirlo, con mucho tacto, sin que ninguno de los ocho diese origen a ningún alboroto:  dos vigilantes se colocaban a cada lado y con suave firmeza los dirigían hacia la derecha, en donde ya se encontraban los demás.

            Al instante debieron de haber intuido que se trataba de algo muy serio, porque de pronto el número de vigilantes que pululaban por allí se había incrementado.  También se dieron cuenta entonces de que había guardias civiles por todas partes, muchos de ellos ubicados en puntos estratégicos; a otros no los veías hasta que prácticamente tropezabas con ellos.  Además, era evidente que se ordenaba a los demás presos que se metiesen en sus barracones y se quedasen allí, puesto que no se veía a nadie formando los grupos en las puertas, charlando y bromeando como los demás días solían hacer.

            Tan pronto como tuvieron a los ocho juntos, los condujeron ante el mismo teniente coronel Jefe del Campo que les había dado tan calurosa bienvenida al volver del Consejo de Guerra un par de meses antes, y al que desde entonces apenas si habían visto, salvo muy ocasionalmente y aún así de lejos.  Allí, en su despacho, éste les comunicó con su estilo seco y tenso y sin ningún tipo de preámbulo, que serían fusilados al amanecer del día siguiente; hasta ese momento, añadió, estarían confinados en lo que denominó el Cuerpo de Guardia, un sitio que resultó ser una pequeña y sórdida habitación justo al lado de su despacho.  Asimismo, se les denegó permiso para recoger las pocas pertenencias que habían ido reuniendo durante su estancia en el Campo.

            —¿Qué sentido tiene?  —replicó a modo de respuesta.

            También les informó de que sus parientes no serían notificados hasta después del fusilamiento; no obstante, añadió, sí se podría disponer que acudiese un cura para asistirles en sus horas finales.

            Yo he ido conociendo todo esto a lo largo de los años, hablando aquí y allá, con éste y con aquél, y así.  Lo que te expongo desde ahora lo sé porque me lo contó el cura que asistió a mi hermano la última noche que pasó vivo.

            Cuando le conocí era un hombre bajito y delgado metido en los cincuenta ya; llevaba una sotana sucia y gastada y demasiado grande para él; vivía en un par de habitaciones adjuntas a una olvidada iglesia en uno de los pueblecitos del desierto de Tabernas.  Al principio me dio la impresión de que me rehuía; tuve que ir allí varias veces antes de que finalmente accediera a hablar conmigo sobre aquella noche.

            Cuando lo hizo, saqué la impresión bien definida de que estaba incómodo e intranquilo en el rato que pasó hablando conmigo.  No sé; puede que no desease recordar aquellas circunstancias tan duras; o que sólo fuese una persona tímida, lo que indudablemente era:  moviendo las manos sin parar, mirando a todas partes salvo a los ojos, pasando una lengua nerviosa por unos labios finos y relucientes, hablando a trompicones, aunque abundoso, eso sí, como cura que era.  Incluso en un par de ocasiones el rostro se le arreboló y los colores le ardían en la cara.

            —Él mandó por mí porque fuimos compañeros en la escuela, como seguramente sabrás  —explicó—; luego él continuó estudios de enseñanza media y yo me fui al Seminario y al sacerdocio, de modo que nuestros caminos se separaron.  De hecho, cuando aquel atardecer llamaron a la puerta de la casa de mi tía, donde yo vivía entonces, allá en la calle del Pueblo, no había oído de tu hermano desde hacía años, sí.  Al principio no lograba entender qué es lo que querían de mí.  Me habían ordenado tan sólo unos días antes y realmente era un crío aún, sí.  En realidad me asusté mucho cuando mi tía subió muy alarmada para decirme que abajo había una pareja de la Guardia Civil buscándome.  No que yo hubiera hecho nada mal, entiéndeme; pero en aquellos años, cuando te decían que había una pareja de guardias civiles esperándote abajo, de alguna manera sentías que el corazón te daba un vuelco.  Además, ellos tampoco aclararon demasiado las cosas, ya que tan sólo dijeron que tenía que acompañarles inmediatamente para pasar la noche asistiendo a un hombre muy enfermo; añadieron, eso sí, que me traerían de vuelta a casa sano y salvo al día siguiente.  Había un cochecito negro en marcha junto a la acera y me abrieron la puerta para que entrara.  Apenas habíamos subido cuando el coche arrancó y salió a toda velocidad calle Alfareros abajo hacia la Puerta de Purchena, luego por la calle Murcia a la calle Real del Barrio Alto, atravesamos Los Molinos y no paramos hasta llegar a El Ingenio, unos veinte minutos después de haber salido de casa.  El coche se detuvo en la entrada y, después de inspeccionarlo los guardias, entró en el patio central, que estaba desierto excepto por unos pocos vigilantes por aquí y por allá.  No eran aún las ocho de la tarde cuando me condujeron ante la persona que estaba al mando del Campo, un sujeto delgado y seco que me soltó de buenas a primeras, y sin que yo recuerde que me saludara siquiera:

            “—Hay unos criminales que vamos a fusilar mañana al amanecer; uno de ellos ha pedido su asistencia para que le dé ánimos.  Está ahí.

            “Diciendo eso, cruzó la habitación hacia una puertecita en el rincón, la abrió y, haciéndose a un lado para dejarme pasar, quedó esperando a que yo entrase.

            “Reconocí a tu hermano en el mismo instante en que le vi.  Estaba junto a la chica, cogiéndole una de las manos, sentados en unas sillas viejas y medio desvencijadas, callados los dos.

            “Me dirigí hacia ellos.  Él levantó la mirada y me vio.  Estaba muy trastornado, por supuesto, pálido, no podía parar de tragar saliva aunque dudo que le quedara saliva alguna en la boca reseca.  Después de unos segundos me dijo:

            “—Nos van a matar al amanecer y no nos dejan avisar a nuestros padres. Pensé que a lo mejor tú podrías decírselo.

            “Yo ni me acordaba de la religión en aquel momento, ni me acordé en mucho rato; sólo estaba estupefacto, estremecido y horrorizado por la monstruosidad de lo que me estaba diciendo.  De todas maneras, inmediatamente accedí a todo lo que me pedía y él me dio instrucciones sobre lo que tenía que hacer al día siguiente.  Luego, no sé por qué, para llenar el silencio me supongo, seguimos hablando de los buenos tiempos que habíamos pasado juntos en la escuela y gradualmente, y seguramente también porque ni siquiera mencionamos asuntos religiosos, algunos de los otros que estaban allí empezaron a tomar parte en la conversación.  Al poco rato dos o tres más estaban charlando; sin embargo, la chica seguía callada.  Estaba mortalmente pálida y asustada, obviamente. Cuando le pregunté a ella si podría hacer alguna cosa, susurró algo que tuvo que repetir dos o tres veces porque yo era incapaz de entenderla:  hablaba en voz tan baja.  Finalmente, tu hermano pareció comprender.

            “—Dice  —me explicó mientras ella volvía a caer en su mutismo, las manos en la falda, lloriqueando calladamente mientras miraba al suelo, que era donde las lágrimas estaban cayendo sin parar—, dice que si tú podrías arreglártelas para que ella viera a su padre.

            “—¿Ahora?  —le pregunté, sorprendido.

            “—Sí  —dijo tu hermano—.  Él también está preso aquí  —me explicó.

            “De manera que salí y pasé la petición a un capitán que estaba al cargo de la guardia en la antesala; al principio él no quería ni oír hablar de ello, pero yo seguí insistiendo hasta que por último él dijo que consultaría con el comandante; estuvo fuera un par de minutos y cuando volvió anunció categóricamente que eso era completamente imposible.  A decir verdad, todavía tengo la sospecha de que no consultó con nadie, ya que estuvo tan pocos instantes fuera de la habitación. Fuera, sí.

            “Y ella era nada más que una pobre chiquilla horrorizada, sólo eso, totalmente incapaz de entender por qué estaba allí, abocada a tan tremendo destino.

            “A eso de las diez de la noche les trajeron alguna comida, a decir verdad una cena realmente abundante que nadie probó y que durante largo tiempo siguió allí, en el centro de la habitación.

            “En algún momento a lo largo de la noche, debían de ser alrededor de las tres o las cuatro de la madrugada, tu hermano se me acercó.  En aquel momento yo estaba un poco separado, no mucho ya que la habitación era muy pequeña; pero sí me había ido cerca de uno que llamaban el Inglés y estaba hablando con él de algo, ahora no te sabría decir de qué.  Tu hermano parecía extremadamente serio y muy pálido.  Llevaba a la chica cogida de la mano, sí, a la chica, que seguía con la vista baja, como si le diera vergüenza.  Aunque por lo menos había dejado de llorar.

            “—Miguel  —me dijo tu hermano—, queremos pedirte un favor.

            “—Lo que sea.

            “—Queremos que nos cases.

            “Era la última cosa que esperaba oír en aquel momento.  Luego después, más de una vez he recordado aquellos instantes y te digo que no sé exactamente cuáles fueron las razones de tu hermano para hacer aquello.  Pudo ser que quisiera que los dos abandonaran este mundo como marido y mujer; o quizás utilizó aquello como un recurso para distraer a la chica, para que no pensara en lo espantoso de su situación...  No sé; de todas manera, funcionó porque desde el instante en que se convirtió en su esposa, ella pareció más tranquila y más serena y afrontó el final con dignidad...

            “El primer matrimonio que celebré, y no pude haber imaginado una situación más difícil.

 

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