El Parte Inglés

 

43

 

FINAL

 

            Según iba pasando la noche y el amanecer comenzaba a empañar la oscuridad, un silencio cansado y resignado cayó sobre la gente reunida en el Cuerpo de Guardia de El Ingenio.  Se iba haciendo evidente, también, que el día que iba a ser el último de sus vidas sería radiante y esplendoroso.  Se oía alguna tos ocasional, el raspeo de una garganta o el murmullo extraño de voces que procedían de la antesala, todo roto de vez en vez por el mismo silencio continuado, íntimo, largo y cruel.

            Lento.

            Entonces, algo después de las cinco, la calma se rompió de repente. Alguien había entrado en la habitación vecina y se escucharon gritos secos mezclados con el ruido de golpes de cosas, y el alboroto de varios pies moviéndose siguiendo órdenes.  Un terror incontrolado engarrotó los vientres de las personas de la habitación cuando la puerta se abrió violentamente y cuatro guardias de asalto entraron y se desplegaron a ambos lados de la puerta cubriéndolo todo con sus armas.

            A continuación, un hombre con uniforme de capitán de la Guardia de Asalto apareció en la puerta y se quedó mirando con sombría resolución la habitación horrorizada.

            —Padre  —dijo— será mejor que salga y espere en el patio.

            Cuando el cura hubo escapado, el capitán sacó un trozo de papel, lo desdobló en silencio y leyó un nombre.  Como nadie pareció moverse, lo leyó de nuevo y, entonces, alzando la vista, preguntó ásperamente:

            —¿Quién es éste?

            Nadie dijo nada esta vez tampoco; sin embargo, siguiendo alguna mirada, él vino a plantarse delante de uno de ellos y le espetó con rudeza:

            —¿Eres tú éste?

            El joven logró asentir con un ligero movimiento de cabeza.

            —¡Sal ahí fuera!  —le gritó el capitán.

            “Ahí fuera” era la antesala, en donde sin mediar palabra un par de guardias de asalto le ataron eficiente y fuertemente, en tanto otros dos guardias más les ayudaban vigilando y cubriendo con sus armas toda la escena.

            A renglón seguido lo llevaron fuera, en donde estaba esperando una camioneta al ralentí.  Ésta era uno de aquellos vehículos ligeros normalmente utilizados en el transporte de tropas, de manera que estaba provista de dos asientos laterales corridos.  En uno de ellos lo acomodaron sin miramiento  alguno.

            Mientras tanto, ya estaban acabando de atar a otro.

            En menos de cinco minutos habían concluido y estaban sentados en la camioneta los ocho, cuatro de ellos mirando a los otros cuatro, todos atentamente vigilados por los cuatro guardias de asalto que habían subido al cajón de la camioneta con ellos.  Y todo había sucedido con tanta rapidez y tan silenciosamente que la paz somnolienta por doquier no parecía haber sido alterada en absoluto, salvo por los ruidos sueltos y la órdenes secas en el, por lo demás, tranquilo amanecer.  Incluso el zumbido de la camioneta al ralentí tenía un efecto tranquilizante y entrañable, como el mismo reflejo de las luces anónimas y desnudas de los límites del patio, o los remotos ladridos de algún perro desconocido, allá lejos, muy, muy lejos en la distancia.

            En una lenta y pequeña procesión los coches, aún con los faros encendidos, enfilaron hacia el lugar previsto para el fusilamiento, atravesando las carreteras que convergían en la ciudad y alguna que otra calle desierta de las afueras: primero, un pequeño automóvil en el que iban el Comandante del Campo, el capitán de la Guardia de Asalto, el cura y el conductor; ninguno de ellos dijo ni una palabra durante todo el trayecto.

            Inmediatamente tras ellos, la camioneta con los presos y los cuatro guardias de asalto vigilándoles.  Sé que mi hermano había logrado sentarse junto a su esposa y durante todo el camino mantuvo sus manos sobre las de ella.

            Por último, otra camioneta similar en la que iba el pelotón de fusilamiento. Eran doce en total; guardias de asalto, fíjate, a los que se les había asignado la tarea no sé por qué, ya que habiendo sido condenados en un Consejo de Guerra entiendo que, lógicamente, deberían haber sido soldados quienes llevaran a cabo la tarea.

            Cuando llegaron a la explanada delante del portón ornamentado del cementerio de San José (que había sido un lugar habitual para las ejecuciones durante la Guerra Civil, y que desde el fin de ésta se había venido utilizando profusamente para este mismo propósito), descubrieron que, sorprendentemente, había algunas personas ya allí.  Y lo que es más:  parecían estar esperándoles, ya que tan pronto como se detuvieron los vehículos aquéllos avanzaron ruidosamente y dando traspiés hacia los recién llegados.  Allí se quedaron, cinco o seis  en total, muy alegres ellos, haciendo sin parar crudas observaciones a gritos, chistes groseros y riendo constantemente mientras los presos eran obligados a bajar con las manos atadas, saltando torpemente desde el extremo abatible de la caja de la camioneta al suelo.

            —Nunca como entonces  —me contó Miguel, el cura— me he sentido tan avergonzado de los seres humanos.  No sólo por aquellos sinvergüenzas que estaban allí burlándose de los pobres que iban a fusilar, sino también por los mismos policías armadas que no hicieron nada por echarlos de allí.  Por el contrario, los saludaron y recibieron como si estuviesen acostumbrados a su presencia en tales ocasiones, o como si fuesen su amigos incluso, que a lo mejor sí que lo eran.

            Fue una tarea espantosa, por supuesto, separar a cuatro presos y obligar a los otros cuatro a colocarse delante de los faros de los vehículos y contra las tapias del cementerio, ante el pelotón, en donde permanecieron durante unos breves segundos, gimoteando y temblando incontrolablemente, como un puñado de conejos asustados, o de corderos, o de chiquillos.  Que es lo que en realidad eran.

            Inmediatamente, unas voces tajantes, fuertes, y los tiros.  Que fueron recibidos con vivas y gritos exultantes por el pequeño grupo que contemplaba el fusilamiento.

            —Tu hermano  —me contó el cura— estaba en el segundo grupo, junto con la chica.  Y  —añadió— se comportaron tan dignamente como uno se puede comportar en esas circunstancias.

            Recuerdo que, como parecía que no iba a decir nada más, yo le indiqué:

            —¿Sabe, padre?  Dicen que uno de aquéllos que estaban allí, mirando el fusilamiento, ¿sabe?, aún se comportó peor que los otros.

            Al pronto él pareció sorprendido, y luego avergonzado; pero como yo seguí preguntándole, y dudando, y ayudando y ofreciendo detalles incluso, al fin saqué la historia completa:

            Cuando colocaron a Encarnita, a mi hermano y a los otros dos delante de los faros y contra la pared, a punto de fusilarlos estaban ya, uno de los del grupo de espectadores, uno alto, con la nariz grande, vestido de falangista, se adelantó dando traspiés, envalentonado por los gritos y la risas de los otros.  Siguió avanzando lentamente, con dificultad, hasta que se vino a encontrar delante de los presos, aterrorizados y maniatados como estaban ellos.  Entonces, entre las risas de casi todos y la silenciosa aquiescencia de la gente al mando, se desabrochó la bragueta, sacó su miembro, y comenzó a orinar, todo el rato inclinándose hacia atrás y hacia adelante, como si se fuera a caer, lo que no llegó a suceder.

            Finalmente acabó, y mientras sacudía su extremo, barbotó en voz alta:

            —Habría sido una lástima que la señora se fuese de este mundo sin haber visto una real polla.

            El cura me contó que en ese momento fue y se colocó delante de los paralizados presos y reprochó a los verdugos comportamiento tan perverso.

            Muy valiente, él, a gritos.

            Lo cual, claro está, es lo que me dijo.

            En absoluto.

 

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