El Parte Inglés

 

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EPILOGO

 

            La semana pasada fui a Casa Puga, que es uno de los mejores bares de Almería, si no el mejor como debes saber.  Normalmente no voy a bares, porque no me gusta ni la gente que va allí ni el ruido; sin embargo, en esta ocasión tuve que ir ya que acompañaba a uno de los amigos de mi tío, un hombre llamado Antonio, habiéndome llamado mi tío desde Granada para pedirme que le enseñara la ciudad.  Como tengo una deuda tan grande con mi tío Eduardo, intenté llevar a su amigo a los mejores sitios de la ciudad; uno de ellos, por supuesto, Casa Puga.

            Desde el mismo momento en que entré en el bar intuí que algo iba horriblemente mal, aunque no supe qué podía ser hasta que le vi:  estaba allí con otros dos más, viejos también como él, bebiendo vino y charlando alegremente al final de la barra atestada de gente; uno de los codos apoyado en el mármol; de vez en cuando se llevaba el vaso de vino a los labios; la enorme nariz más roja de lo que yo nunca se la había visto, sí.  Pero era él, sin duda.

            —¿Qué va a ser?  —me preguntó el camarero.

            Pero yo no le estaba prestando ninguna atención; en lugar de ello me fui al final de la barra y agarrando al sucio canalla por el brazo le obligué a que se volviera y me diera la cara.

            —¡Maldito hijo de puta!  —le grité—.  ¡Jodido cabrón!

            Mientras, intentaba ahogarle sin lograrlo, su cuello escapándoseme a manotazos que daba él.  Los dos que le acompañaban intervinieron al momento, junto con alguien más de allá al lado; se pusieron por medio y me lo apartaron un tanto.

            —¡Debe estar loco!  —chillaba nervioso el cuervo—.  ¡No le conozco, no sé quién es!

            —¡Vaya si me conoces, hijoputa!  ¡Tú eres el que asesinó a mi hermano!

            Entonces sí que noté en sus ojos la luz de que me había reconocido; aunque él seguía diciendo:

            —¡Está equivocado!  ¡Yo no sé quién es este tío!

            Pero mientras tartajeaba estas palabras, yo sentía su alegría y su contento satisfechos descansando por debajo, latiendo allí, ocultos muy dentro de él.

            Le dije lo que pensaba, y pienso, de él; dije en voz muy alta lo que había hecho para que todos lo supieran.

            Cuando me arrastraban a la puerta entre el amigo de mi tío y algunos más, acerté a oír que alguien le explicaba a otro allá atrás a qué se debía todo el jaleo:

            —No te puedo decir exactamente  —le decía— porque no lo sé.  Parece que ése de ahí dice algo sobre una guerra del siglo pasado; y de un hermano suyo, o algo así...  La verdad es que no lo sé.

            Sí:  no lo sabía.

            No lo sabía en absoluto.

 

 

El asunto de El Parte Inglés existió realmente en Almería hace unos sesenta años.  Ocho personas fueron fusiladas y noventa y dos más fueron enviadas a prisión por la justicia de Franco.  Los sitios que aquí se describen son verdaderos, sí.  Sí.  Y eso es todo.  Los personajes son siempre ficticios, y cualquier parecido con los hechos reales es puramente accidental, por supuesto.  Por supuesto.  Por supuesto.

 

 

 

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15-XI-12
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